Perdonarse

Un aspecto tal vez menor, que pasa quizás más desapercibido en relación al perdón, es el que da título a este comentario, el perdonarse.

El ego es un imán realmente poderoso, y la vida espiritual está sujeta a él de la misma manera que los aspectos materiales o sentimentales o cualesquiera otros de nuestra existencia. Así, de la misma manera que descubrimos en el segundo círculo – y recuerdo que esto de los círculos es una expresión meramente descriptiva sin ningún tipo de consideración esotérica- que nuestra primera desviación del camino se produce cuando el goce de la vida espiritual se convierte en un fin en sí mismo y así intentamos complacernos y disfrutar de la paz de espíritu a través de los medios que deberían servir para acercarnos a Dios, sucede también que el ego puede tironear al alma en una dirección completamente opuesta, para mostrarnos cuan miserables, inconstantes e ineficaces somos. Y tan negativa puede ser una desviación como otra.

En el primer caso la clave reside en comprender que la paz del alma es una consecuencia de nuestra búsqueda de Dios, no un fin en sí mismo. En el segundo caso sucede algo parecido, es decir, el descubrir que nuestra naturaleza es débil es una consecuencia de nuestra vida de fe, de nuestro ánimo de llegar a una meta, que es Dios… pero la meta no es que nosotros seamos absolutamente perfectos, cuestión que nunca lograremos plenamente. Cuando descubramos nuestra inconsistencia en los propósitos, nuestra debilidad frente al pecado, nuestra dificultad en superar malos hábitos es fácil que el ego nos tironeé, nos aguijoneé mostrándonos nuestra incapacidad en la senda de la vida espiritual, en una palabra, nos lleve al camino de la desesperación al final del cual sólo queda el abandono de la vida de fe. Lo importante siempre es no olvidar qué es lo que queremos, qué es lo que perseguimos, no olvidar que buscamos a Dios, que mantenemos la mirada del alma fija en El y que queremos crecer en amor y  no cejaremos en ese propósito… y si equivocamos el camino basta con pedir perdón a través de la confesión,… pero también hemos de perdonarnos a nosotros mismos, porque ese perdón interior no es sino la aceptación, la comprensión de nuestra debilidad que siempre nos va a acompañar. Ese perdón, que forzosamente debe venir acompañado del sincero arrepentimiento porque sino no sería auténtico perdón, nos librará de que la mirada del alma se dirija hacia nosotros mismos atraida por el ego, hacia nuestras podredumbres que nos llenarán de remordimientos que no conducen a ningún sitio, de escrúpulos vanos y dudas infructuosas, y sobre todo, de una desesperanza que nunca proporcionará nada bueno porque la vida espiritual es plena salvo que la contemplemos desde una perspectiva egocéntica, momento en el que empezaremos a descomponerla, a corromperla, y en el que indudablemente, desaparecerá cualquier atisbo de paz.

No comparto aquel mensaje que suele resumirse en “hay que aprender a amarse a uno mismo”. El amor propio, el Ego, es insaciable y basta que intentemos mimarlo para que nos devore. Son demasiados instintos y tendencias naturales las que nos llevan a pensar en nosotros mismos y en nuestro provecho y gloria. Sucede de nuevo que los extremos nunca son buenos y por eso el autoflagelarse contemplando nuestros fallos e incapacidades es tan perjudicial como el deleitarnos en complacernos y ensalzar nuestra concepción de nosotros mismos. Como en todo, el punto intermedio resume la virtud, y ese punto se encarna en la aceptación de nosotros mismos, con absoluta paz, conscientes de nuestras virtudes pero también de nuestras carencias, y de que, por muy buena que sea nuestra intención y nuestro afán, no estaremos exentos de cometer errores… Cuando eso suceda, la aceptación de nuestra naturaleza débil nos llevará a ese perdonarse a uno mismo y a la paz de espíritu, nunca a la desesperanza y la frustración.

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