Sobre la misericordia

Un sacerdote, interpelado por un grupo de parroquianas, era requerido para que conviniera con ellas que Dios era, ante la posible contradicción entre misericordia y justicia, sobre todo Justicia. El sacerdote, para zanjar la cuestión les refirió una parábola como sigue. Un señor disponía de dos administradores. Uno de ellos era recto y justo en sus decisiones y cumplía los pactos a rajatabla, mientras que el otro era reconocido por su bondad y mansedumbre. Así, en los malos tiempos, sucedía que los trabajadores, al acudir a su respectivo administrador, pese a exponer las enfermedades y adversidades que habían padecido y que justificaban el no cumplir su cupo, obtenían del primero el castigo escrupuloso según la ley y el contrato, mientras que el segundo atendía las explicaciones y las daba por buenas, y su administración era magnánima. Entonces el sacerdote concluyó preguntando: ¿Y ustedes, buenas señoras, a qué administrador reclaman para sí? ¿Al justo o al misericordioso?

Esta escena que nos recuerda el debate entre Justicia y Misericordia divina, lo hemos vivido y revivido, de una forma  u otra, en más de una ocasión  en ambientes cristianos… muchas veces al amparo del comentario de la parábola del hijo pródigo. ¿Será posible que el hijo despilfarrador no tenga siquiera una amonestación y sea tan bien recibido? Muchos se identifican con el hijo fiel, que ve en la celebración del regreso del hijo arrepentido, una ofensa o un agravio al menos, a su fidelidad abnegada.

Sucede en los cristianos que intentan asumir de forma más o menos comprometida unos valores, unos principios y unas obligaciones religiosas, pero que, inmersos en el mundo, rodeados de hedonismo, viven una sacrificada renuncia a una y otra apetencia, que ante tanta vida esforzada se busca al menos el consuelo que brinda este razonamiento: “viendo lo que hace la gente, y viendo lo que hago yo, está claro que no nos puede corresponder lo mismo, yo obtendré el premio en tanto los otros el castigo”

En los tiempos de Jesús abundaban estas mismas personas. Criticaban el hecho de que El no estuviera en su compañía, sino en la de aquellos que consideraban pecadores. No sólo prejuzgaban, sino que además demostraban la mezquindad de su alma, no comprendían la ley del Amor por la dureza de su corazón, y no se daban cuenta que en su ausencia de misericordia e hipocresía cometían aún mayor pecado que a quienes criticaban. Esto es lo que hacían los fariseos y a ellos seguramente iba destinado el reproche de Jesús representado en el hijo fiel, pero fiel en los actos, no en el corazón, con el que concluye la parábola del hijo pródigo.

Y estos pensamientos son muy inconvenientes para la persona que quiere llenar su corazón de amor, y en suma, de Dios. De hecho, el tenerlos, implica ya una ausencia en su corazón del verdadero Amor.

Primero porque prejuzga, muchas veces sobre personas que conocemos, que incluso presumen de ateas o irreligiosas, que viven egoístamente -o al menos eso nos parece- y que tienen cualidades, pero sobre todo, defectos, que nos encanta repasar en nuestro fuero interno, o aún peor, con los demás. Es un decir “viendo lo mal que lo hacen estos, yo mismo debo ser excelente”. Pero ante este prejuicio hallamos dos advertencias clarísimas de Jesús. La primera tiene que ver mucho con esta parábola que referíamos como introducción y que se ampara en una máxima de Jesús;  en la medida que juzguéis seréis juzgados

En segundo lugar nos recuerda al pasaje evangélico  en el que se nos plantea el símil de estar viendo la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el nuestro. Es el pecado lo que debemos repudiar en nuestro corazón, nunca al pecador, nunca al hombre.

El camino de la misericordia y la compasión es el único que conduce a Dios y va en un sentido diametralmente opuesto al que emprenden esos pensamientos que nos justifican como mejores que los demás. No atañe a cada uno discernir si la limosna que da el vecino es suficiente o excesiva, si su comportamiento es caritativo o no, si lo que hace es bueno o malo…  porque incluso para el que se equivoca, quiere el Señor, un juicio de compasión. ¿Acaso no eran ciertas las acusaciones que se vertían hacia la mujer adúltera? ¿Y no logró Jesús con su piedad evitar no sólo una pena capital, sino hasta la más mínima condena? ¿De qué da ejemplo Jesús, de justicia o misericordia? A esa magnanimidad del corazón ha de aspirar el verdadero seguidor de Cristo.

¿Cómo hallarla? ¿Cómo insuflar en nuestro espíritu estas razones que no son humanas sino divinas? A veces se considera la fe cristiana de una manera muy frívola; “la fe no implica sino una serie de creencias acerca de cosas que no deben hacerse porque lo dice la Iglesia”. Esa pobre imagen la comparten incluso cristianos “superficiales”. Pero lo importante de la fe es que la transcendencia nos lleva a descubrir el Amor, y éste da plenitud y sentido a la vida, todo cuanto se hace puede hacerse por Amor, y en este discernimiento de lo que es Amor y no lo es, se descubre el bien y el mal, se comprende las razones de la bondad, y el poderoso influjo del egoísmo, …. incluso aún más sobre aquél que no puede contrarestarlo porque no conoce a Dios. Y fruto de ese conocimiento de esa debilidad intrínseca del género humano, surge el genuino sentimiento de compasión hacia el prójimo.

Y por otro lado… si no tuviéramos en cuenta a nadie más, si fuéramos juzgados tal y como somos… ¿no es cierto que nuestra vida no es en muchos sentidos, sino un mar de acciones egoístas salpicadas por escasos actos de amor que logramos realizar esforzadamente y que en no pocas veces empañamos por lograr una insignificante vanagloria mundana? Y en esa consideración… ¿no descubrimos que somos nosotros los primeros que hemos de solicitar para cual mismo la misericordia que a veces tanto nos cuesta dispensar a los demás?

Pues es verdaderamente Dios infinitamente Misericordioso e infinitamente Justo, y El, en su Justicia perfecta, aplicará a cada cual la misma misericordia que él mismo haya dispensado a los demás, pues también El es perfecto en Misericordia.

Lucas 6,37: No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados.

Mateo 7,1-2; No juzguen, para que no sean jugados. Porque con el juicio con el  que juzgan, serán juzgados, y con la medida que midan, se les medirá. 

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