Lo que me apetece, lo que debo… y lo que quiero

Ya lo dijo un sabio, el hombre es el mayor de todos los misterios.

¿Por qué hacemos lo que hacemos?

A menudo me observo, y observo a los demás para comprender por qué actuamos como lo hacemos, por qué dejamos de hacer lo que nos correspondería o cumplimos nuestras obligaciones con desgana, y cuál sería nuestro comportamiento ideal ante las visicitudes e imprevistos del día a día.

Está claro que a menudo el adolescente, o  la persona inmadura,  tiende a descuidar las obligaciones y las responsabilidades. La razón de esto es la influencia de nuestro egoísmo, que pretende imponer siempre la regla de “lo que me apetece”, y dado que no se puede hacer varias cosas a la vez, se ocupa  el tiempo de las obligaciones con pasatiempos y entretenimientos que agradan, y se deja para un “después” que parece no llegar nunca, las responsabilidades. Estas personas, al recordar lo que deben hacer- o cuando surgen los problemas derivados de su pereza o desidia- a menudo estallan con arranques de mal humor para defenderse de lo que su conciencia les recrimina, o caen en la amargura y la depresión. Lo que apetece hacer con frecuencia no coincide con lo que se debería, y eso genera una penosa vida interior, lo cual entraña una curiosa paradoja, pues buscando la felicidad haciendo lo que apetece, no encuentran a la postre sino una profunda inquietud y desazón.

Y si bien al adolescente o al niño se le pueda educar vía castigos o incentivos para que al menos obre lo que le correspondería, al adulto que no es capaz de cumplir con lo que de él se esperaría en los distintos ámbitos de la vida, es más difícil de encaminar, y con frecuencia estas reglas de comportamiento derivan en situaciones de sufrimiento que incluso afectan a todo el entorno familiar. En estos casos es habitual que muchas veces se rehuya de la posibilidad de examinar su vida con objetividad y optar por cambiar aquellas actitudes erróneas. Hace falta valentía para encararse con uno mismo, y en ese trabajo la práctica de la oración es una medio formidable, porque con el sosiego y la paz de la presencia divina, con su luz, puede entenderse con claridad nuestras motivaciones incorrectas, nuestro afán egoísta, y así encaradas, ponerles remedio.

Se debe tener en cuenta de que las obligaciones de una persona incumben  un terreno muy amplio, y con demasiada frecuencia las personas tendemos a volcarnos más en una faceta y descuidar otra. Una persona puede ser un excelente profesional en su trabajo, pero tan volcado en el mismo, que deja de lado su familia, su ámbito doméstico… hasta el punto de traicionarlo o abandonarlo por completo… , y quizás todo se derive de las inclinaciones personales de cada uno, pues está claro que para gustos no hay nada escrito. Lo que sí sucede es que nuestro ego tironea de nosotros en pos de lo que más nos gusta, de lo que más nos llama. Por ello el comportamiento “irresponsable” puede abarcar a personas serias de apariencia responsable.

En segundo termino de la evolución de la persona encontramos al hombre o la mujer madura, pero no por arzón de edad, sino de comportamiento. Es la que sabe cuáles son sus obligaciones en todo tipo de ámbitos y las cumple bien y con orden, sabiendo disponer de su tiempo y sabiendo asignar a cada cosa la posición y prioridad debida. Ha sometido la consigna de “lo que me apetece hacer” a un segundo termino por lo menos, y sus deberes de todo tipo, laborales, familiares, religiosos, se cumplen solícitamente. Estas personas gozan de la paz que brinda una conciencia tranquila, pero dependiendo del gusto con que realicen esas obligaciones su vida será más o menos sacrificada, más o menos abnegada… más o menos antipática.

En tercer y último lugar se encuentra la más elevada de las razones y la más plena realización personal, aquella del que descubre que todo cuanto se hace en la vida puede hacerse por una razón de Amor. Esta razón nos realiza y lleva verdaderamente, es una experiencia, … y también es una motivación que debe crecer interiormente, debe permitirse que florezca en nuestro interior, pues es obra que el Espíritu Santo debe realizar en nuestra alma. Supera por completo el termino “obligación” o la palabra “responsabilidad” que entraña un cierto sentido de carga, de deber, y aún haciendo lo que debe, y más, el alma las percibe como una posibilidad de darse, de alegrar al prójimo, de compartir.

Esta “razón” es la que mueve a cumplir todo cuanto se hace, incluso lo que es obligación, como lo que es “apetecible” por una razón de amor, es decir, buscando un beneficio y una ayuda, un ánimo de brindar felicidad al prójimo y lleva a la persona que la descubre a preocuparse intensamente por los demás y a participar en voluntariados y obras de misericordia. Para ello esta persona repasa cada día en la oración lo que hace, para comprender sus motivaciones, para eliminar pautas egoístas, para dotar a todo cuanto hace de dulzura y comprensión, pues ve en cada instante del día una oportunidad para manifestar el amor.

Sin embargo, esta razón noble, elevada, que impulsa al alma a “subir” en busca de Dios mismo, puede apagarse y marchitarse en nuestro interior. Como todo lo que acaba haciéndose como una rutina, puede volverse rutinario, y así la ilusión con la que partimos tiempo atrás, desvanecerse como una niebla de la mañana. Habríamos descendido un peldaño en esa evolución del espíritu. Habríamos pasado, desapercibidamente, del “querer obrar por amor” al “tener que obrar por obligación”. Lo que antes nos llenaba se tornará en una carga, lo que antes nos brindaba alegría, ahora sería fastidio, lo que antes era amor ahora será vacío.

De la misma manera de la que en primer termino descubrimos a Dios en nuestra vida y que El es Amor, y que todo cuanto nos conduce a El nos llena y  hace plenos, tenemos que revivificar nuestra alma en nuevos renacimientos, en los que siempre,…. y me atrevería a decir, sólo con la práctica de la oración, pueda nuestra alma redescubrir esa Verdad, con mayúscula, cegadora y resplandeciente, que nos dice que estamos hechos para amar a Dios sobre todas las cosas, con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra mente, con todo nuestro corazón.

Lucas 10, 40-42; Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude.
Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.

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2 Respuestas a “Lo que me apetece, lo que debo… y lo que quiero

  1. Es una lección,porke la rutina y la falta de estímulo va creando tristeza en el alma,la oración me servirá para aclararme las ideas,para crear armonía en mi vida,gracias,me ha gustado mucho.

  2. me ha encantado. gracias

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