Eucaristía, el ofertorio

La celebración de la Eucaristía  es el centro de la vida de un cristiano, o al menos así debería ser. Muchas veces he acudido, como muchos otros, pendientes de escuchar las palabras de un sacerdote en la homilía porque tal vez espero  que me conmuevan, o porque posiblemente hagan una interesante reflexión que me permita aprender… en suma, más pendiente del sermón que de ninguna otra parte de la celebración porque quizás resulta más cómodo, y el resto de la celebración requiere una actitud interior más activa, pero sobre todo, ahora lo entiendo así, un largo camino espiritual… Una aclaración: largo no quiere decir forzosamente muy dilatado en el tiempo. He leído testimonios de conversiones donde, desde el primer instante se percibe la abismal profundidad de este sacramento.

Creo que a medida que una persona va profundizando en la fe cambia drásticamente la percepción de la eucaristía. De esta manera, y llegado un grado como el que describo, en el que se ha comprendido e interiorizado, no desde un punto de vista meramente intelectual, sino que abarca un compromiso de la voluntad que ha cristalizado en la idea de lo que se desea en esta vida es cumplir la voluntad de Dios, que el anhelo de amarlo por encima de todas las cosas es cierto y real, es entonces como digo cuando se empieza a comprender que el alma no es mero asistente pasivo a la celebración del sacramento, sino que participa, interiormente, y cada vez más activamente.

¿En qué varía la actitud? Sobre el altar tiene lugar la repetición incruenta del sacrificio de Jesús en el Calvario. Es un acto de sacrificio, una ofrenda a Dios  Padre para el perdón de nuestros pecados. Y… dado que se desea acercarse a Dios en cada momento del día, en cada circunstancia de la vida, en cada intención del corazón, será este compromiso nuestra humilde ofrenda interior con la que asistimos a la celebración y que ponemos a los pies de Dios  en ese momento en el que tiene lugar el ofertorio. Nos sumamos al sacrificio de Jesús para el perdón de los pecados, humildemente, pero participamos de ese acto de entrega. Y este anhelo de participar, de presentar esa ofrenda que comprende todo lo que somos y anhelamos, es tan fuerte, es tan hondamente sentida en nuestro corazón, que efectivamente, en la oración se percibe que el alma desea que llegue ese momento, se es consciente de los días que faltan para la celebración de la Eucaristía, ya no se trata de un rito al que acudimos de testigos, de una obligación semanal impuesta, ni mucho menos, es una celebración esperada que no duda en repetirse en acudir más de un día a la semana. La eucaristía se convierte en el centro de nuestra vida porque es el signo por el que concretamos nuestra actitud de vivir para Dios.

Por supuesto este es tan sólo un aspecto de la Eucaristía, pero es el primero del que tal vez pueda percatarse un alma para comprender de una manera más profunda, más interior, este sacramento y así comience a adquirir su magnífica y resplandeciente relevancia.

Ah!… considero que cada uno de los pasos que se dan en la vida interior no son sino gracias, que siendo bien aprovechadas, permiten recibir a su vez nuevas gracias… de esta manera, al avanzar un paso en la comprensión y vivencia de la Eucaristía – en este caso el ofertorio-  se está en disposición de comprender, valorar y experimentar las gracias derivadas de la Comunión,… o lo que representa la Consagración, y así sucesivamente.

Más sobre este tema: El amor en la Eucaristía

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s