Cambiar mi pasado

Un anciano miraba a un niño jugando en la plaza y se maravillaba de cómo él mismo, en su niñez, era una persona muy diferente, alegre y despreocupada, para el que todo extranjero y desconocido era un amigo. Con los años ese espíritu se perdió… no sabría decir en qué momento exactamente, el mundo se volvió hostil hacia él… o,  tal vez, ¿fue él mismo quién se volvió hostil hacia el mundo?

La vida espiritual es realmente poderosa; es capaz de cambiar la influencia que ejerce sobre ti tu pasado.

Con los años es fácil empequeñecerse. Los golpes que recibimos de la vida y de cuantos nos rodean nos convierten en personas desconfiadas de los demás, recelosas de todas, tan prevenidas y tan “fuertes” que es cierto que cada vez es más difícil que nos hagan daño, pero por lo mismo, la vida se nos escapa sin sabor, sin amor. Muchas veces sucede que tardamos en reconocer los síntomas. Desgraciadamente es mucho más fácil atribuir los errores y las malas experiencias a otras personas antes que cargar con ellos nosotros mismos, asumir que dentro de nosotros algo anda mal, que de alguna forma hemos tomado una decisión interior – sin darnos cuenta – equivocada.

También son muchos los que se atormentan por su presente achacando las actuales circunstancias a sus propios errores pretéritos, o bien injustificada o bien exageradamente.

Seguramente entre estos extremos se encuentre la verdad. En la vida a menudo se entrelazan los errores propios, las circunstancias negativas e incluso la mala fe de cuantos nos rodean. En ese enorme maraña de situaciones enredadas donde unos errores conducen a otros, parece difícil poner orden y establecer un único culpable, pero lo que sí es indudable es que ese nudo que se forma nos atraganta y nos impide mirar nuestro presente con la alegría de un niño, con sencillez, con entusiasmo.

A menudo confiamos la solución del entuerto al tiempo. “El tiempo todo lo cura”. Muchas veces por el propio olvido, porque nos cansamos de pensar en lo mismo, otras veces porque la realidad ofrece nuevos retos y problemas que nos impiden centrarnos en nuestro doloroso pasado. ¿Nos hemos curado? Por supuesto que no, en tanto perdure latente en nosotros la amargura o el rencor, el remordimiento o la frustración.

Y la clave para deshacer este nudo reside en nosotros mismos. Hemos pasado media vida echando la culpa a los demás,… o nos hemos regodeado en nuestros propios errores, sin que de ninguna manera esos planteamientos nos ayudaran lo más mínimo. ¿Quieres ser mejor persona y librarte de los fantasmas de tu propio pasado? Puedes hacerlo, el pasado puede cambiar la influencia que ejerce sobre ti, y está en tu mano el poder hacerlo, he ahí el poder del espíritu, he ahí la fuerza del amor.

¿Cómo hacerlo? El amor es la sal de la vida. Si los daños que has recibido hacen que tu vida se amargue no es sino porque ante esas circunstancias no supiste vivir el amor. Sin embargo aún estás a tiempo.

Ante los daños que has sufrido de las demás personas tienes que descubrir tu capacidad de perdonar sinceramente y llenarte de amor.

Ante el daño que tú mismo has causado has de aprender a llenarte de amor en el arrepentimiento sincero y en tu capacidad de pedir perdón humildemente.

Ante los propios errores y el castigo autoinflingido has de aprender a perdonarte a ti mismo, sustituyendo tu preocupación excesiva por ti mismo por la capacidad de amar y darte al prójimo.

Y ciertamente te aseguro que a través de estos medios del alma, tu espíritu rejuvenecerá, tu ánimo se recuperará y los lastres del pasado dejarán de serlo porque  el mal sufrido se transformará en un bien,  incluso en mayor medida, porque sucede que, en la vida de espíritu, cada vez que se supera una dificultad en el amor, el alma se ensancha, te llenas de amor, más del que tenías antes de sufrir el daño. Tanto el que perdona como el que se arrepiente tiene que estar lleno de amor, no hay otra manera.

¿Dónde aprendes a amar? El milagro de llenar el corazón de amor ocurre en el tiempo de la oración. Es el momento de soledad y silencio en el que viendo cómo eres en la Presencia de Dios, que es Sumo Amor y Suma Bondad, se muestra todo aquello en ti que no es amor ni bondad y obtienes la gracia necesaria para ejercer en tu interior el perdón al prójimo o el arrepentimiento por tus actos. En la luz de su Espíritu comprendes cuál es el camino del Amor y descubres qué argumentos no son sino mera fachada que uno mismo erige para exculparse o autocastigarse. Este es verdaderamente un camino más real que la vida misma, más pleno, más intenso. El día que se perdona a alguien que nos ha hecho mucho daño es recordado como una fecha inolvidable. El día en que nos arrepentimos sinceramente de algo que hicimos mal puede marcar tu vida para bien.

Este camino interior, si lo sigues con recta intención, habrá de llevarte al encuentro de los Sacramentos, en especial el de la Confesión, en donde nuestra alma  se purifica y donde el arrepentimiento recibe como premio el perdón de Dios. Sin que descubras la necesidad de este importantísimo Sacramento tu vida de amor encontrará tarde o temprano una barrera infranqueable  que te impedirá progresar: la soberbia.

Marcos 10, 15;  Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.

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