Dulce arrepentimiento

Cuando una persona ha vivido mucho tiempo alejada de la fe, y además ha caído en el abismo del egoísmo, habrá experimentado lo que significa vivir sin sentimientos. El corazón, endurecido, apenas es compasivo, apenas siente el amor… me refiero el amor altruista, capaz de una entrega sin reservas… un amor puro. Se ha vivido entre la angustia y el miedo, lo más una existencia vacía en busca de sensaciones… pero insensible.

Y con la conversión recupera poco a poco esa capacidad de sentir, de ver brotar en su corazón sentimientos que parecían extintos, actitudes que parecían imposibles hacía un tiempo. Y esa sanación interior es una vuelta a la vida. Y quizás uno de los sentimientos más intensos que se tienen, una vez que se ha contemplado con el tiempo todo lo que ha cambiado  interiormente, es el del dulce arrepentimiento.

Arrepentimiento. Una palabra que tampoco goza de demasiada buena prensa, pero cuánto bien obra en el interior de una persona. Hasta hace un tiempo el ego me justificaba. Era difícil que pudiera admitir que había cometido un fallo y si lo hacía, los atenuantes eran más que considerables. Pedir perdón era una formalidad diplomática. ¿Qué pienso ahora? Pienso que tantos años vividos de una forma tan vacía y en los que tanto bien podría haber hecho y sin embargo he dejado de hacer, me llenan de un dulce e inefable pesar…no es abatimiento, ni mucho menos pena, es amor puro… es encontrar y sumergirse en la verdadera fuente de la humildad. Así como antes el ego justificaba mi vida y esta se entronaba en una soberbia insensible, fría, inhumana, el arrepentimiento te lleva a vivir en el paraíso de la humildad… ah, comprender que importante es cada momento de nuestra vida me llena de gozo ahora, pero también de un profundo sentimiento de pena que me impulsa a vivir cada instante que queda por delante con un empeño y una profundidad tan insondable como la gracia de Dios me permita alcanzar.

Hace poco leí la parábola del hijo pródigo, el ejemplo por antonomasia del arrepentido. Dios nos espera con los brazos abiertos y experimentar ese perdón es glorioso… pero por su dramatismo y envergadura es quizás una experiencia que no vivamos a diario pues entiendo que hace referencia más bien al momento “puntual” de la conversión de un pecador que descubre la bondad de Dios. Pero no es la única parábola, sino que hay otra muy especial que merece la pena también tenerse en cuenta. Es la viuda que pierde una moneda y no para de buscar hasta hallarla y cuando la recupera alborota en todo el vecindario para que sus amigas sepan la noticia. En comparación con la parábola del hijo pródigo parece más insignificante una moneda que un hijo, pero sin embargo la enormidad del júbilo que transmite parece desproporcionado y es que, entiendo yo, la moneda representa los pequeños pecados de cada día, los descuidos del alma que a pesar de su empeño, deja de fijar la mirada en Dios.. Por torpeza,  no damos importancia a estos fallos, pero Dios nos indica que del arrepentimiento por los mismos habrá gran júbilo en el cielo, es decir, aún pareciendo pequeño es mucho lo que importa.

Sí, el dulce arrepentimiento no sólo es un sentimiento inefable de amor que puede experimentar el que se ha convertido y mira su vida pasada, también es algo que contemplado a diario, en las pequeñas cosas que te apartan del amor, te permiten crecer en tu interior como si tus intenciones hubieran sido plenas en amor, como si hubieras obrado tan correctamente como ahora habrías deseado.

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2 Respuestas a “Dulce arrepentimiento

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