Cuarto círculo

Creo que ya he comentado anteriormente que los círculos no son sino una alusión alegórica, una forma de referirme a los obstáculos o descubrimientos que se hacen en la vida interior. No significa para nada ni una forma esotérica o algo que tenga un significado geométrico… ya que en vez de círculos podía referirme a puertas o a escalones o cualquier otra cosa que implicara avanzar un grado. Cada lección, intensa, bien aprendida, nunca será olvidada, tal vez lleguen pruebas más difíciles donde habremos de ejercitar lo que hemos aprendido de nosotros mismos y de lo que es la vida de espíritu pero la dinámica habrá de ser siempre la misma. Eso sí, una vez aprendida una lección, analizada en la oración, vivida con intensidad, la experiencia real se convierte en una experiencia espiritual y eso es algo que jamás se olvida, queda grabado a fuego en el alma.

Así que hasta la fecha hemos descubierto el valor de la vida de espíritu en primer lugar, y en segundo hemos descubierto la necesidad de la recta intención, de la libertad que ello implica en cada instante, de esa dualidad Ego Dios que habita en nosotros. Y hechos estos descubrimientos, reencontrándonos en el camino, descubrimos que las circunstancias de la vida nos apartan de esa hermosa y delicada paz del alma. En esta ocasión la irrupción del desasosiego tal vez proceda del mundo exterior, y es que, como bien sabemos, la relación con quienes nos rodean están sujetas a multitud de factores y circunstancias, como pueden ser nuestro propio ánimo, el ánimo del prójimo, y la enrevesada realidad que también propicia malas situaciones. ¿A qué me refiero con todo esto? Al hecho de que nuestra interrelación con el mundo va a provocar, por muy recto que sea nuestro ánimo, que resultemos ofendidos por otra persona.

Antes de acceder a la vida de espíritu el sentido común me llevaba a apartarme de todo aquel que de una forma u otra me ofendiera. También comprendo que siendo otro mi carácter podría haber sido de los que no les importa tener un cruce de palabras o incluso peor, llegar a responder  la ofensa con más violencia. En cualquier caso ambas soluciones conllevan un considerable desgaste interior. O bien la frustración que intenta sofocarse con el olvido, o bien la ira alentada por el orgullo. Ninguna de las dos es el camino del espíritu, pues esta es una vía cuyo principal síntoma es la paz del alma, el sosiego interior. Descubrir que has perdido la paz es evidente cuando sucede…pero no es tan fácil descubrir como se retoma el camino, aunque Jesús nos lo dice claramente. No sólo perdonarás sin límite al que te ofende “setenta veces siete”, sino que incluso llegarás a poner la otra mejilla. ¿Cómo? ¿es ese el camino del espíritu?.

La respuesta es sencilla y rotunda, Sí. Basta meditar en ello en presencia de Dios. Descubres que cuando resultas ofendido es tu ego realmente el que se siente ofendido, tu orgullo, tu soberbia. No hace falta que te insulten, simplemente puedes sentirte ofendido porque esperabas la llamada de un amigo, esperabas que una amiga se interesara por ti…. hay mil situaciones diarias que encajan en esto aunque a veces para comprender esta lección necesitamos una sacudida más fuerte. En la oración descubres que , como siempre, cuando la mirada del alma se centra en el ego siempre hallarás fuentes de sufrimiento ” me ha insultado…. se ha olvidado de mi… nadie se acuerda de mi… me ignora… NADIE ME QUIERE..” la variedad de pensamientos es infinita pero la dirección en la cual se producen en inequívoca, nuestro ego. Pero hemos descubierto que podemos mirar en otra dirección, hacia Dios, y esa mirada del alma esta cargada de amor, no se dirige hacia nosotros sino hacia el prójimo, no le interesa nuestro orgullo… ¡ni siquiera le interesa como nos sentimos!. Esa mirada nos exige en primer lugar un profundo deseo de perdonar a la persona que nos ha ofendido…. y en segundo lugar nos exige tratarla con cariño, acercarnos a ella, comprenderla. Si nos ha ofendido con mala fe incluso es digna de compasión, porque ese resentimiento con el que obra esa persona indica una fuente de sufrimiento interior, una persona que aleja a los demás de sí mismo es una persona que forzosamente ha de sentir falta de amor y cariño… ha de sentir un gran vacío interior, y ¿por qué actúa así? ¿cómo la puedo ayudar? ¿cómo me puedo acercar a ella? Considerar estas cuestiones en la oración será un medio de crecer realmente en amor al prójimo, primero porque perdonamos y segundo porque nos centramos en desear y conseguir un bien para el prójimo, incluso quien ha obrado con mala fe hacia nosotros. La recta intención será clave en estas situaciones porque como hemos dicho muchas veces antes el Ego es poderosísimo, insistirá en mostrarnos la ofensa, se volcará en hacernos sentir mal, nos mostrará nuestra autoestima maltratada…. pero esa mirada del alma no conduce a Dios, nos encierra en nosotros mismos, nos daña, nos aisla, nos aleja del prójimo. La recta intención, la mirada del alma centrada en Dios nos llenará de amor, de perdón sincero, de un intenso ánimo por ayudar a quien nos ha hecho daño. Descubrir y vivir esto es una de las experiencias más plenas de la vida interior.

Sí, el cuarto círculo tiene que ver con el perdón, pero no sólo es el perdón que de corazón deseamos hacia quien nos ha hecho daño, voluntaria o involuntariamente, sino también con el de pedir perdón al prójimo cuando somos nosotros los que hemos cometido la ofensa, el descuido o el daño,  pero también  con otro tipo de perdón mucho más desapercibido que estos dos más evidentes, me refiero al perdón de uno mismo. De pedir perdón y perdonarse hablamos a continuación.

Sigue en: Perdonar, pedir perdón

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