Séptimo círculo

Entrega.

Si algo se ha aprendido el que ha vivido estas experiencias de vida interior es lo difícil y angosto que es este camino. Una vez que nos adentramos en el castillo, fortaleza interior alegoría del alma humana, hemos descubierto que no hay una vereda recta, que cada puerta está escondida, que los márgenes que seguimos son difusos y es fácil perderse, y que caso de no estar prevenido es más probable estancarse que progresar… y a pesar de todo esto, es toda una aventura que merece la pena vivirse… y es que la vida cuando no hay Dios es gris, oscura, plana.

La paz interior es un tesoro que descubrimos y que da un sabor nuevo a la existencia, proporciona una plenitud que no hemos conocido y es algo que ya no querremos abandonar. Quien la haya degustado una vez comprende que la naturaleza espiritual del hombre forzosamente sólo puede saciarse en la búsqueda de Dios, y que esa búsqueda nos lleva al prójimo, nos lleva a descubrir a las otras almas con un cariño y un amor que sólo esta luz interior puede proporcionar. Muchos son, también hay que reconocerlo, los que albergan un amor desinteresado en su corazón y no conocen ni buscan a Dios, pero creo yo que tarde o temprano El se dejará sentir en las vidas de los que son rectos en su corazón, y es que estas personas han elegido sin saberlo el camino acertado, un camino que lleva a la luz.

Y llega el momento de hablar de la última prueba, una prueba que que se hace seguramente evidente para el que haya leído todos los capítulos hasta la fecha, porque indudablemente este camino tiene una lógica, un progreso, y de lo más sencillo y menos doloroso hemos ascendido escalones y cuestas hacia lo más alto de la fortaleza interior llevándonos a pruebas y dificultades mayores,  y es que cuando el alma ya se ha desnudado de todas las cosas que le rodean en esta vida y las ha sabido conducir hacia Dios, se enfrenta al último de los desapegos, esto es, todo lo que hace referencia al cuerpo que nos retiene y en última instancia, a la vida misma. Y de nuevo habrá de hacerse un último esfuerzo, un anhelo de satisfacer Su voluntad por encima de todas las cosas, y ese descanso en El tan absoluto y sincero no puede sino servir para hacer una vida plena y dar testimonio de El.

En este círculo se presenta al alma el último miedo y el alma ha de aprender a vencerlo. Así como en el círculo anterior se hacen sentir mil diversas cosas a las cuales el alma está sujeta y el temor a la pérdida de las mismas nos sacude con diferentes experiencias del temor; la muerte de un familiar, la pérdida del trabajo, la pérdida de la juventud, la penuria económica…. en este círculo el alma se enfrenta al temor de la muerte, del conocimiento de la finitud de la vida, y sobre todo, el comprender cómo es nuestra propia alma, no con nuestros propios ojos, sino bajo la mirada divina, una mirada a la que nada podemos esconder ni de ninguna manera podemos engañar.

Cuando ahora miro atrás desde el inicio de este camino interior me doy cuenta de como he sido conducido irremisiblmente desde la puerta del acceso a la vida espiritual hasta este último punto. Cada “círculo” fue puesto delante de mí como el maestro que guía al alumno más lento, a fin de que pudiera comprender y aprender lo que expongo en estas páginas tan torpemente. Aquí, en este final del camino,  no te enfrentas realmente al temor de la propia muerte, pues desde que aprendes a buscar a Dios ya era ese un temor que había empezado a desvanecerse. Ahora, lo que te hará perder la paz interior es el saberse que seremos juzgados por nuestras vidas. La pregunta a la que te enfrentas es…Si pudiera ver mi alma con los ojos de Dios… ¿cómo sería? Hasta el último de nuestros pecados se nos haría visibles. ¿Cómo es mi alma realmente? ¿Soy verdaderamente ese ser resplandeciente que me gustaría o más bien soy como un leproso, desagradable a la vista y tumefacto? Realmente es un don “vivir” la experiencia de este conocimiento interior, y durante un tiempo, en los que aún hoy me maravilla en la forma en la que esta cuestión se presentó tan insistentemente en mi vida, esta consideración angustió mi alma. Y es que, por más que intentes luchar por mejorar y acercarte a Dios, y por más pasos costosos y decididos que des en Su dirección, sólo El es Santo, sólo El es Perfecto… y entonces sometido a esa pregunta, a esa consideración de lo que uno es verdaderamente a Sus Ojos, experimentas el Santo Temor de Dios, conoces de la mirada de Su justicia. Y descubres que nada puedes hacer por tus propios méritos, sólo puedes rendirte y acogerte a su Misericordia, y abrazada a ella, completar el camino a lo más profundo de tu alma, donde alcanzas una definitiva paz, en donde cristaliza el cambio de tu vida por el que sólo podrás fijar en adelante la mirada del alma en Dios mismo, en todo momento, en todo lugar.

Este cumplir la voluntad de Dios, no lo olvidemos, consiste en dar sentido al mandato: amar a Dios por encima de todas las cosas… y eso no es otra cosa sino llenarse de amor. No es un sometimiento vacío y angustioso, es una entrega plena y dichosa a un amor que desborda el alma, se desparrama sobre quienes nos rodean y llena de paz nuestros corazones. En este amor no cabe ni la más mínima sombra del miedo.

Lucas 14,26  ;  Si alguno viene a mi y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos y hermanas, y aún también su propia vida no puede ser mi discípulo.

Sigue en: Humildad

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