El arte de la paciencia

El profesor recibía la visita en su biblioteca de su alumno en su primer día de instrucción. Con parsimonia le fue explicando las diferentes ciencias que abordarían en los próximos años de estudio, mientras señalaba aquí y allá voluminosos libros y colecciones  cuya extensión aturdía al pupilo. Éste, abrumado, se sentía incapaz de someterse a semejante tarea, una vez hizo recuento del gran esfuerzo que se esperaba de él. Pero el profesor le sonrió finalmente y le dijo,

-No te abrumes, hasta la tarea más complicada y ardua tiene un comienzo y un final. Olvídate del largo camino y céntrate en lo más sencillo… en dar simplemente, el primer paso, comenzar.

Cuando una persona se plantea el reto de ser “mejor”, y me refiero en el término más amplio de la palabra, que abarca por supuesto el sentido ascético, este deseo de ser bondadoso y honesto aunque nos pueda dar una cierta tranquilidad y bienestar, también puede diluirse entre lo efímero e inconcreto, y así quedar en un simple propósito borroso e incongruente. Así mismo ocurre para el cristiano, que aún teniendo claros los beneficios de la humildad, puede enfrentarse a esa aspiración sin saber exactamente “cómo ser humilde”.

Por supuesto entendemos en seguida que esta virtud abarca actitudes fácilmente discernibles tales como no considerarse superior, no menospreciar a nadie, buscar un trato afable y de cariño con las personas… pero estos buenos deseos, por su falta de concreción y madurez interior, pueden ser barridos por un soplo en nuestras visicitudes del día a día y nuestro carácter indomable.

Ha de saber el cristiano que la humildad y el amor son las dos caras de la misma moneda

El humilde a nada se aferra,

el que ama todo lo da.

Ser humilde… ¡qué difícil se antoja concretar cómo mejorar en esta virtud! Sin embargo existe una virtud mucho más discernible y práctica, ya que el día a día nos ofrece multitud de ocasiones de ponerla por obra.  Me refiero al ejercicio de la paciencia.

Y es ésta una tarea fácil y  fructífera.

Fácil, porque en cuanto notamos el nervio interior propio de la impaciencia -como si fuera una alarma – podemos ponernos a la obra para transformar nuestro fuero interno. Fructífera, porque su aplicación nos enseña de inmediato a ser comprensivos, cariñosos, misericordiosos, dialogantes….

Puesto que nuestro corazón está hecho para amar, alcanzamos la plenitud cuando vivimos en una actitud de amor al prójimo y a Dios. Y el que ama y esta dispuesto a darlo todo, es necesariamente humilde – pues no guarda nada para sí- Por tanto, no se puede amar verdaderamente sin esa disposición interior  a renunciar a cuanto fuera necesario que es propia del humilde de corazón, (o pobre de espíritu).

Y la paciencia es un ejercicio pleno de humildad porque exige renunciar a…

… lo que nos gustaría fueran las personas y no son, cuando se comportan de una manera que no nos gusta

… lo que nos gustaría fuera nuestra realidad y no es, cuando sucede una adversidad

… a tener la razón cuando conversamos con otro y no le convencemos o no nos gustan sus razones, cuando discutimos con vehemencia

Y como siempre decimos, la renuncia no es mera represión interior, mero sacrificio doloroso sin contrapartida. Es un acto de amor… ¡ah! aquí la oración tiene un valor extraordinario, es el Espíritu quien ha de enseñarnos como trocar la renuncia en amor, para que cuando la pongamos por obra nuestro corazón quede henchido y en paz, y no rabioso y reprimido.

Y esto es importante. A menudo visto desde fuera, muchos miran a los cristianos como personas reprimidas y autosacrificadas, cuando lo cierto es que toda verdadera virtud que nos acerca al Señor, colma y da paz. La mera autorepresión y autocontrol  es un puro tormento de un ego silenciado exteriormente pero rabioso y explosivo en nuestro interior. Con frecuencia despacho con personas, que carentes de Dios, buscan en sus amigos de confianza alguien en quien desahogar sus rabias y frustraciones. Si han ejercido aparentemente la paciencia o cualquier otra virtud, no han sabido ejercitarla por amor -porque no tienen a Dios en sus corazones- y en su interior el veneno se va destilando hasta que rebosa en forma de malos deseos y frustraciones. Pura rabia contenida.

Así pues el ejercicio de la paciencia en este sentido amoroso requiere de una visión trascendente, requiere de la presencia divina en nuestro interior, para que, ofreciéndole nuestra contrariedad, tornemos la adversidad en bondad y amor, y así sepamos ver con cariño al que nos inoportuna o desobedece, o sepamos ofrecer aquel infortunio que nos retrasa o incomoda en un acto de desprendimiento de lo que nos gustaría hacer y no podemos.

Pero quizás uno de los frutos más apreciados de la paciencia es que aprendemos a escuchar. Porque la paciencia nos obligará a callar cuando percibamos que nuestro ánimo se enaltece, y a afrontar la conversación con espíritu sereno. Así se discierne de bueno todo lo que dice el otro, evita prejuzgar, se acallan las objeciones que acuden raudas a ridiculizar o al menos a rebatir los argumentos del otro, y permite comprender de buena fe lo que se nos dice. Y si incluso así, viéramos que nos interpelan de mala fe, el tiempo en el que callamos y aplacamos nuestro ánimo servirá para tamizar nuestras palabras con bondad y compasión.

La paciencia obra un milagro espiritual, congela el tiempo, detiene los impulsos instintivos y permite que las razones del espíritu prevalezcan sobre las razones meramente humanas y egoístas. Evita que después lleguen esas lamentaciones que tanto nos amargan acerca de lo que “hicimos” o lo que “dijimos”.

Y siendo paciente se es automáticamente manso y humilde. Aprender esta sencilla virtud produce de inmediato el fruto de estas otras virtudes y, ¡qué extraordinariamente sencillo puede resultar al menos callar! esperar a que el ánimo se sosiegue y halle el corazón buenas razones y mejores palabras.

Considera además que la primera manifestación de la sabiduría es la paciencia. Sólo el necio habla casi sin pensar.

Ante la falta de paz…¡paciencia! No incomodes, ni apresures, ni seas vehemente. No presiones, ni discutas, ni impongas. Considera que ni la idea más valiosa puede ser causa que justifique una falta contra la caridad, cuanto menos ideologías políticas, teorías de cualquier género, y menos aún, el propio criterio.

De hecho, podría decirse que la humildad es una consecuencia de la paciencia. El que aprende a ser paciente acaba necesariamente siendo humilde, y el que es humilde ama, está lleno de Dios porque está vacío de sí.

Y como decíamos al principio, quien se hace el propósito de ser más humilde parece que afronta una tarea compleja, difícil de concretar y discernir, pero en cambio resulta mucho más asequible proponerse tener paciencia con el prójimo, callar, y saber esperar hasta recuperar la paz, para afrontar la vida.

Ser paciente…, es un buen primer paso para llenar nuestro corazón de amor.

¡Cuán ciertas son las palabras del Señor!

Mateo 11, 29-30; Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.

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