El espíritu indestructible; la fortaleza

El maestro que conocía bien a su pupilo más irascible y de carácter volátil, quiso hacerle comprender lo erróneo de su actitud por lo que le planteó la siguiente cuestión.

-¿Quién consideras que tiene un espíritu más fuerte? Aquel que cuando llega la adversidad es presa del miedo, o de la rabia y la ira, o de la impaciencia… y que reacciona atolondradamente impulsado por esos sentimientos, o aquel otro que domina su espíritu y con mente serena y ánimo decidido emprende aquello que considera debe hacerse. ¿No sabes que al primero lo llamamos necio y al segundo sabio?

Es frecuente ver cómo se considera, por error fundamentalmente, o más bien incluso por falta de reflexión, a una persona como “fuerte” cuando es capaz de resistir los reveses de la vida sin inmutarse porque esa persona es incapaz de amar. Es una fortaleza seca y áspera, recia, de dolor sordo y callado. Más de uno, cuando ha recibido un desengaño importante y decide que “esto no va a volver a pasarme” adopta una actitud de enroque – y valga este símil ajedrecístico- ante los demás. Nuestra confianza en el prójimo se reduce completamente, nuestra capacidad de amar y entregarnos desaparece, y en esa suerte de proceso de petrificación que acometemos nos sentimos “fortalecidos” y seguros en nuestra inexpugnable castillo interior. Muchas veces sucede esto sin que la persona sea realmente consciente. Achaca después el que sea incapaz de sentir nada por los demás a que son los demás los que no le inspiran sentimiento alguno.

Craso error. Es verdad que el que no ama no siente, pero vivir sin sentir no es vivir… es morir en vida. Ese tipo de fortaleza ya le he experimentado y es la insensibilidad del que carece de compasión y misericordia, es la impavidez del que ya no sabe amar, el mutismo del del que no sabe consolar porque su corazón hace tiempo dejó de latir… Esa es la fortaleza del que adopta como máxima vital el lema “solo me importa yo mismo” y atrincherado en ese pensamiento cree que podrá esquivar los sinsabores y adversidades de la vida. Y no sólo no los esquivará, sino que los afrontará desde la más miserable de las soledades. No le aguarda nada bueno al que acomete la vida desde esa triste idea.

No, ahí no reside la indestructibilidad del espíritu humano.

¿Y cuál es esa fortaleza a la que me refiero? ¿Cómo la identificamos? Tal vezla breve descripción con la que iniciamos este artículo nos sirva de referencia. Entendemos la fortaleza como un atributo del hombre sabio, capaz de dominar sus impulsos destructivos; miedo, odio, ansiedad… y con ánimo sosegado es capaz de afrontar su vida en todo momento.

Hoy día, en el que el hombre desestima todo esfuerzo intelectual por asumir un planteamiento vital que no sea el del mero consumismo, el remedio cuasi universal para afrontar la vida es el meramente farmacológico: “Tengo un problema, acudo al psicológo y que me narcotice para ver si supero este mal trago” No tenemos respuesta existencial, ante el sufrimiento y la angustia sólo sabemos tomar pastillas.

El cristiano sin embargo tiene un tesoro a su disposición, un planteamiento vital que es capaz de reconducir cualquier sinsabor y convertirlo en un acto de amor y de entrega. A través de la oración redescubrimos la indestructibilidad del alma que descansa en Dios, que es capaz de convertir en amor toda renuncia a nuestro interés particular, y que de esta manera, transforma lo que podría ser simple abnegación o puro estoicismo o sufrimiento ante la adversidad,  en un bien para sí mismo, el amor pleno, pues el que es capaz de amar es capaz de desprenderse en todo de sí, incluidos pesares, temores, rencores y todo género de sentimientos egoístas que nos hacen sufrir. La raíz de la fortaleza reside en la capacidad de renuncia a uno mismo, lo que nos conviene o nos interesa o nos apetece, en aras de hacer un bien al prójimo… es una capacidad de renuncia que es amor.

El alma indestructible se completa con un don adicional, aquel que nos permite comprender cuál es el orden de cosas más convenientes para el alma, aquellas que son de Dios, antes que aquellas que son del mundo, a las cuales nos apegamos con facilidad pero como un veneno que se infiltra en nuestro cuerpo, enseguida son fuentes de malestares; de temor cuando pensamos que podemos perderlas, de ansiedad y frustración cuando sentimos que no las conseguiremos. El don de la fortaleza se completa con el don de la ciencia, que iluminando este discernimiento interior de lo que conviene al alma de lo que no, es capaz de descubrir la paz cuando las adversidades del mundo turban nuestro espíritu.

Es la fortaleza el don que nos entrega el Espíritu cuando el alma decide anteponer a la satisfacción de su propia voluntad, la voluntad de Dios.

Lucas 6, 47-48; Todo aquel que viene a mi, y oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién es semejante. Es semejante al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó, y puso el fundamento sobre la roca, y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa pero no la pudo mover porque estaba fundada sobre roca.

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