Humildad

¿Y qué más? Parece que este es el final del camino… y sin embargo creo que no es más que el principio. Ahora empiezas a descubrir que apenas has iniciado algo. Cuanto más ahondas en el conocimiento propio más y más comprendes lo lejos, lejísimos, que estas de tener el alma limpia, lejos de estar lleno del amor de Dios… era tanta la distancia que tenías por recorrer desde un principio que caso de haberlo sabido inicialmente, te habría parecido imposible llegar, y ahora que has dado los primeros pasos apenas puedes decir “Señor, ayúdame a acercarme más a ti” Apenas una fracción del alma ha conocido Su amor porque entiendes que toda una vida plegada al interés de uno mismo no puede cambiar de un día para otro… Todo lo hecho hasta la fecha ¡apenas es nada! Sólo comprendiendo y asumiendo esta lejanía, partiendo de que nada podemos hacer sin El, entendiendo que nuestro esfuerzo agotador apenas ha servido para acercarnos unos titubeantes pasos a El, es cuando te abrazas a la humildad, ¡no hay más remedio!, reconoces tu infinita incapacidad, buscas descansar en El y descubres ¡todo lo que aún queda por limpiar del alma! Pero sonríes también, porque descubres su magnánima misericordia, tienes fe en que seguirá mostrándote el camino y que no hay otra cosa que merezca la pena… no hay otro camino, no quieres volver a aquel erial del exterior de tu fortaleza interior, desabrido, frío. ¿Y cómo continúa este camino? ¿Cómo se limpia el alma?… Se trata de examinar la conciencia, con más intensidad, con mayor hondura… ya no te basta estar simplemente descansando en la paz interior, pasivamente, ahora quieres exprimir cada instante… buscar el amor en cada acto, en cada gesto y en cada palabra… y de no ser así arrepentirse por ello. Descubres que como hebras de algodón, en los hilos de las buenas acciones o pensamientos se enredan otros que tienen un fin particular, egoísta… Pedir luz para ver, entendimiento para discernir el mejor obrar y pensar, acudir a la confesión humildemente para pedir perdón… así se limpia un alma. Sí…ya habíamos hablado de la rectitud de intención antes, pero ahora, como un artista pintando un lienzo, no le basta el blanco o el negro, hay un sin fin de colores distintos y busca aquél que es el perfecto, el idóneo.

Sigue en: La Eucaristía, el ofertorio

Más sobre este tema: El misterio de la humildad

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