Voluntariado y activismo

Un hombre que disponía de un hermoso solar, hablaba con frecuencia de los proyectos que tenía para el mismo. Cada día, con una nueva inspiración, añadía y retocaba lo que allí debía de hacerse, de tal manera que su propia discurso alimentaba sueños e ideales…. Pero una desazón le atormentaba, porque en su interior, cuando terminaba los discursos y explicaciones, se daba cuenta de lo trabajoso que le resultaba la mera idea de poner, simplemente, la primera piedra.

Muchos son los cristianos que tienen una experiencia profunda de Dios. Estos comprenden perfectamente aquel salmo que dice; El obra en mí maravillas, porque ciertamente sucede, que al echar la vista atrás y contemplar los años vividos, se comprende que en tanto no se ha confiado en sus propias fuerzas, sino en las de El, todo se ha podido. Y observa los cambios que se han ido produciendo en su vida, y en las obras de misericordia en las que se participa… de cómo en un inicio todas las dificultades para emprenderlas se antojaban insuperables… y ahora se sorprende todo cuánto hace en Su nombre, muchas veces sin apenas esfuerzo, con alegría, ligeros como un gorrión. Y en ese cambio, y en esa ligereza del alma, se maravilla uno mismo de cómo El conduce y gobierna al que es dócil a sus inspiraciones.

Así la Iglesia rebosa de infinidad de iniciativas caritativas, no porque tenga ningún afán de protagonismo social, sino porque sus miembros, movidos por el amor, inician todo tipo de actividades cuyo fin es el alivio, el consuelo, la piedad, la misericordia, el amor… con nuestros semejantes. Todo tipo de colectivos marginados y olvidados son atendidos, y cualquier cristiano o simpatizante que se esfuerce mínimamente, buscando la información, podrá ponerse en contacto con todo género de organizaciones; atención a huérfanos y niños abandonados, mujeres maltratadas, enfermos de sida, enfermos terminales, asilos para mayores sin recursos, atención a presos y en procesos de reinserción, menores con problemas, jóvenes embarazadas … y por supuesto, ayuda a los pobres y sin techo. Y todo esto prestado tanto por religiosos como por laicos sin ningún género de contraprestación a su trabajo. La mayoría de estas acciones son desconocidas para buena parte de la sociedad, e incluso los medios de comunicación, en un gran ejercicio de hipocresía, a menudo gozan cuando hay ocasión de  descrédito para la Iglesia, olvidando el esfuerzo silencioso,  discreto y abnegado de millones de personas en todo el mundo en pro de una sociedad más justa y solidaria.

Y este obrar es, o debe ser, muy diferente de lo que podríamos denominar  activismo, que a menudo abusa de formas ostentosas, pero que pocas veces da fruto. (Nos referimos al concepto de activismo más como actividad que promueve una ideología o doctrina que en otro sentido). Voluntariado y activismo tienen puntos de intersección, porque ambos buscan operar un cambio social y puede suceder que en el seno de las diversas organizaciones caritativas de la Iglesia personas que se iniciaron como voluntarios desarrollen actitudes más propias del activista.

El activismo no se apoya en la oración, sino más bien en la propia vanidad. Así sucede que, dado que es la propia ambición personal  su intención principal, todo lo que pudiera hacer él mismo personalmente como voluntario le parece escaso e insuficiente -no es humilde, pues el humilde sabe que poco puede hacer, pero aún así no se excusa y obra en consecuencia y con paz-. Abusa de las reuniones y bajo la intención de la organización, lo que se busca es el deleite del mando. Al activista le cuesta muchísimo delegar y necesita exponer públicamente, a menudo en primera persona, los logros o las intenciones que se pretenden.  Habitualmente con este modus operandi se frena el trabajo de los que verdaderamente buscan a Dios, y no se trabaja como el verdadero amor exige, con discreción.

El que ora y siente y descubre el Amor de Dios en la oración, sin ningún afán protagonista, con aversión a las reuniones donde puedan exponerse sus méritos, desea el verdadero agrado de Dios. Sabe cuánto mal se esconde en la vanagloria por las obras de misericordia, y pronto aprende a guardarlas en su corazón, y si alguna vez habla de ellas es a las personas a las que pretende inspirar, y esto ocurre en muy muy contadas ocasiones.

El que actúa en voluntariados impelido por el amor, aprende a superar obstáculos insuperables. Y los primeros son los que surgen en el propio fuero interno personal. Vistas de lejos, hasta la labor de voluntariado más sencilla tiene un aura  idílico, de ensueño, pero cuando llega la hora de la verdad siempre nos asaltan multitud de tentaciones acerca de la idoneidad de lo que queremos hacer, de argumentos que apuntan a la inutilidad o inconveniencia de lo que pretendíamos. Sólo el alma que mira a Dios y descubre a Jesús en el prójimo puede deshacerse completamente de todo tipo de prejuicios, y dar el paso sin vacilación, lleno el corazón de amor.

A diferencia del activista que agota gran parte de sus  fuerzas en reuniones y discursos, ideas y proyectos, el que ora, hace y actúa, calla y ama. A menudo asume una responsabilidad tras otra pero siente que sobre sus hombros no hay peso alguno, porque el amor hace todas las tareas ligeras y amables.

Mateo 18, 5; Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como éste, a mí me recibe

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