La fuerza del deseo

Un hombre amasó una gran fortuna. Sin embargo, considerando los avatares de la vida y los vaivenes de los tiempos continúo su ardua labor, y a través de negocios diversos logró multiplicar sus bienes. Aún así, transcurrido un tiempo estos le supieron a poco. Consideraba que sus múltiples propiedades estaban sujetas a posibles amortizaciones, que sus riquezas dinerarias bien podrían depreciarse, y aún siendo considerado por todos como persona opulenta dueña de extraordinarios recursos, renovó con más ímpetu su esfuerzo acaparador.

Y un día, ocupado y preocupado en esos menesteres…falleció.

A menudo las personas viven en un absoluto desequilibrio, como una báscula cuyo uno de sus brazos soporta un gran peso que no está compensado con lo que se halla en el plato opuesto. Lo curioso y llamativo de esta situación es que con frecuencia quien vive de esta manera no es consciente de su desequilibrio, y si acaso alguien se lo indicara, su reacción es la ofuscación, molesto con aquel que pone el dedo en una llaga dolorosa. Pero es que incluso hay otros, que siendo conscientes, justifican de alguna manera su desequilibrio, sin darse cuenta que su afán no es sino un precipicio en el que abisman su vida, en el que se entretienen, un vacío en el que vuelcan sus fuerzas, su energía… todo cuanto son o pudieran llegar a ser… y todo ello a cambio de… ¿la felicidad? No, indudablemente no.

Y ese objeto de deseo irresistible puede ser cualquier cuestión, tan variada y diversa como personas caminan sobre la Tierra. Y esto resulta asombrosamente llamativo, porque aún en esa enorme diversidad, existe un elemento común, claramente idéntico, discernible para aquel al que le guste y se esfuerce en desentrañar los misterios del alma humana, las claves ocultas de nuestra naturaleza. Y este elemento que nos define y que nos iguala, es la enorme y poderosa fuerza que nos impele a actuar y obrar conforme el deseo por algo se apodera de nosotros.

Y este deseo, como decimos, abarca cuestiones tan dispares como personas y gustos existen, desde la cuestión más frívola a la que nos parece más honesta y honrosa, pero que sacada de quicio, deja inmediatamente de serlo. (Y ni siquiera comentamos aquellas otras que por su naturaleza son de entrada malignas) Recientemente he visto a adolescentes que pierden los papeles simplemente por sugerirles que quizás prestan demasiado tiempo y atención al seguimiento de su grupo musical favorito, o personas que no pueden dejar de pensar y hablar de su trabajo porque en él lo vuelcan todo, todo su tiempo, toda su capacidad de interesarse por algo. No se excluye de esta lista desde los hombres de ciencia para los que el conocimiento y el saber parece una cuestión de vida y muerte, incapaces de dejar de pensar en ello, como tampoco nos olvidamos de los fanáticos del deporte que sus alegrías y tristezas vienen condicionadas por lo que hagan el equipo de sus sueños. También los hay obsesionados de la política, identificados con una ideología de tal manera que hacen de su discurso una defensa vehemente o incluso violenta,- síntomas de que ese afán pernicioso ya está fuera de control-, o incluso peor aún, los que han volcado su capacidad emocional en una consigna política. Da igual de qué afán se trate… es muy habitual que cuando encontramos satisfacción o gusto en algo nos volquemos en esa cuestión hasta un punto que podríamos considerar enfermizo, porque empiezan a descuidarse el trato con las personas que tenemos junto a nosotros y a quienes deberíamos amar y anteponer mucho de nuestro tiempo y nuestra energía. No es raro que las relaciones de pareja, sean del nivel que sean, se deterioren y rompan precisamente por ello, primero porque no se cuidan, y segundo, porque habitualmente esas obsesiones son causa de división. No cuidamos la salud de nuestra alma, nuestro bienestar espiritual porque la mayoría de las veces somos absolutamente ciegos, y nos comportamos como el adolescente, que cuando descubre un nuevo videojuego rápidamente se engancha al mismo y es capaz de hasta dejar de comer con tal de seguir un rato más frente al monitor (otro ejemplo más de adicción descontrolada).

Y es asombrosa la capacidad de nuestra alma de adherirse a lo que considera apetecible, tanto que cuando uno se para a pensarlo con cierta objetividad y, digamoslo así, “lejanía” de sí mismo, más sorprende aún la constancia y fuerza con la que surge, su insistencia invisible pero siempre latente, que nos encadena y sujeta con pesadas argollas, y ante la cual, si no estamos prevenidos, somos absorbidos, consumidos, hipnotizados por el mismo. Si tuviéramos que diseccionar esta “capacidad de desear” podríamos decir de ella lo siguiente. En primer lugar, su naturaleza intrínseca es egoísta, se trata de algo que queremos ver cumplido para nuestra particular satisfacción (no hablo de las razones que uno pueda dar de viva voz a sí mismo o a los demás para quedar bien, sino las que verdaderamente subayacen en nosotros, en nuestro corazón y que sólo uno mismo, en verdadera conciencia, y Dios, conocen). En segundo término, la naturaleza del deseo por algo yace latente, permanente, desapercibido, en nuestro corazón. Si no sabemos descubrirlo, sacarlo a la luz, comprenderlo, su insatisfacción generará en nosotros ansiedad, mal humor, desánimo, tristeza. Por último, da igual el tiempo que le asignemos, las fuerzas que le apliquemos, la energía que consumamos, siempre nos pedirá más, más tiempo, más esfuerzo, más dedicación.

Cuando JRR Tolkien describía el poder del anillo único en su famosa trilogía épica, al hablar de la capacidad de ese objeto mágico de imponerse a la voluntad de quien lo portara para corromper su corazón y de seduciéndolo inicialmente para hacer el bien, atraerlo a las acciones y deseos más oscuros y malignos, no hacía sino retratar metafóricamente nuestra propia naturaleza, que cuando sucumbe ante un deseo irrefrenable (ese anillo único que cada cual forja en su interior), acaba siendo envenenada y corrrompida, pues esto sucede cuando nuestra afición por algo, nuestro gusto o nuestra inclinación natural a lo que sea, se impone con una magnitud de fuerza tan intensa que desordena estrepitosamente nuestra vida, porque en primer lugar, este deseo del que hablamos, cuando tiene una naturaleza insana, la tiene porque fundamentalmente se trata de satisfacer un afán egoísta. No se me ocurre ni por mis vivencias ni por lo que veo cuando se obra por amor, se pierda el equilibrio, se deterioren relaciones personales, o se actúe mal (porque como siempre hay que puntualizar que si tales consecuencias se produjeran habría que cuestionar seriamente cuáles eran las razones que nos movían) Y volviendo al hilo que planteábamos, una vez que una persona hace que el gusto por una afición u ocupación, por la cuestión más frívola, o aparentemente loable y honesta, se configure en el primer objetivo, en el máximo anhelo, en aquello que en suma, es su prioridad, irremisiblemente estará condenada a la insatisfacción permanente. Los raros ratos en que logre disfrutar del tiempo que le consumen se verán rápidamente contrarrestados por insatisfacciones de todo género, víctima de la condición que impone todo acto egoísta; porque, he aquí la verdad opuesta, nada, salvo el amor, nos llena y da paz de espíritu (y no hablo de “sentirse tranquilo”, sino de verdadera dicha) Se convierte así ese tiempo en un puro entretenimiento en el que distraemos al alma, apagamos provisionalmente cualquier inquietud, señuelo con el que aplazamos preocupaciones, sinsabores, desdichas, miedos… que así vemos aparcados y olvidados momentáneamente. Es un triste vivir, sin duda, pero en el que muchos, muchísimos, agotan sus días. Porque muy a menudo observo que es inútil intentar hacer ver a estas personas que la raíz de su insatisfacción está precisamente en lo desordenado de sus deseos, en esa diana equivocada en la que han elegido apuntar con su vida.

Toda esa fuerza, toda esa capacidad, toda esa luz, tristemente apagada, consumida, agotada, en nosotros mismos, sin poder siquiera comprender que estamos hechos para brillar como la más rutilante de las estrellas, y esto sólo sucede cuando amamos verdaderamente, desinteresadamente, bondadosamente, y la fuerza de nuestro anhelo y el objeto de nuestro deseo está mucho más allá de nosotros mismos, … está en Él.

Realmente cuando un alma dirige en oración la fuerza de su deseo a la búsqueda y el encuentro del amor de Dios…

¡qué vacío e insulso parece todo lo demás!

pero sobre todo…

¡qué dicha y paz incomparables!

Mateo 13, 45-46; También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, y que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía y la compró.

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