La renuncia a uno mismo

Hemos visto que la estrecha puerta que permite acceder a la vida espiritual estriba en comprender que el amor a Dios,  y por ende, al prójimo, es lo que realmente merece la pena hacer en la vida, es lo que colma el alma. Es en cierto sentido un salto en el vacío, porque no vale un deseo a medias, un convencimiento parcial, el decir, “bien, tiene algunos aspectos positivos”… es un salto tan radical que aparejado a ese convencimiento hay otro fundamento que puede expresar con otras palabras ese mismo anhelo, renunciar a uno mismo.

Esta renuncia  a uno mismo apareja multitud de conotaciones negativas porque puede interpretarse con un sin fin de argumentos o razonamientos que no son correctos. No es un negarse a sí mismo porque sí, una especie de sentimiento autodestructivo, ¡todo lo contrario!, como ahora vamos a ver, se trata de negar el Ego que cada uno de nosotros lleva dentro. Negando el Ego es como podemos crecer en amor, como podemos llevar a la máxima expresión la capacidad de ser Humanos, o lo que es lo mismo, es lo que da pleno sentido el sentirse hijos de Dios. Pero una cosa es acceder a la vida espiritual con ese anhelo, y otra muy distinta vivir esa renuncia, y eso es precisamente lo que descubirmos en este nivel de dificultad, en concreto vamos a experimentar vencer sobre nuestras inclinaciones y deseos.

Hemos llegado a una situación en la vida en la que debemos renunciar a algo que nuestro Ego ansía con mucha intensidad y esto ocasiona un conflicto interno, un conflicto que nos hace perder la paz, y que, como ya hemos dicho antes, es síntoma inequívoco de que debemos aprender a dirigir la mirada del alma en la orientación apropiada. Pueden surgir infinidad de situaciones donde uno renuncia a un plan, por ejemplo, que le apetece más y decide hacer caso a lo que nos plantea nuestra pareja, una amistad, un compañero de trabajo. (Merece la pena hacer un inciso y es que, hablando de trabajo, no es lo mismo ceder en una cuestión que nos afecta personalmente, que ceder en materias profesionales en las que debemos obrar representando los intereses de otras personas, nuestra empresa, la Administración pública… obviamente) Ceder es en parte un síntoma de renuncia a uno mismo y también una señal de madurez. Estas pequeñas renuncias es posible que no nos alteren porque el día a día de una persona minimamente amable,  madura, obliga a vivir de esta manera. Pero sucederá tarde o temprano que lo que se nos plantee ceder sea algo que no estamos dispuestos a renunciar… bien sea porque se han acumulado ya muchas pequeñas renuncias, bien sea por una ilusión personal, o por un criterio propio hondamente arraigado… y en esa intensa lucha que se librará dentro de nosotros habremos de vivir un acto de entrega, generosidad, amor… en el que gratuitamente, deseando el bien de la otra persona, de su otro interés opuesto al mío, cedamos.

Como en todas las cuestiones del espíritu sabremos que hemos obrado correctamente cuando en nuestro interior vivamos de nuevo una intensa paz que contraste con la turbación vivida anteriormente. No sirven las componendas “en la próxima me salgo yo con la mía” porque podreis apreciar que ese tipo de pensamientos apenas procuran algo de paz, dejan resentimientos que no cicatrizan bien, y a poco que se saque el tema se producen nuevos escarceos.

Es aquí, en este grado, cuando se aprecian las palabras de Jesús, “mi yugo es suave y mi carga ligera” y es que cuando se vence uno a sí mismo no solo el sentido de humanidad y de capacidad de amar crece, sino que contemplando las diferencias entre una forma de obrar y otra se observa que una procura paz y la otra siembra discordia. Si salimos vencedores por imposición dialéctica habrá una herida, un conflicto mal cerrado entre  las personas que dirimían sus diferencias y esa herida se convertirá en un muro de incomprensión y muy probablemente en fuente de nuevas disputas. Si negociamos un acuerdo “ahora me toca a mi, después te toca a ti” parece justo, es razonable según el sentido común, pero no deja de ser la negociación entre dos Egos. No es un acto de amor y por tanto no es perfecto, no procurará una auténtica paz a ninguna de las partes.

Renunciar a la propia voluntad en favor del prójimo es algo que hecho sinceramente nos hace generosos de corazón, con mayor capacidad de amar,… no puede compararse la dicha de vencerse a uno mismo con la satisfación que pueda dar el ver cumplido nuestro deseo. Cuando aprendas a vencerte en este terreno, sinceramente, sin resquemores ni reservas, habrás dado un importante paso en tu vida interior.

Sigue en: Voluntariado, obras de misericordia

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2 Respuestas a “La renuncia a uno mismo

  1. Pingback: Todo lo que te lleva a Dios te da paz « Siete círculos

  2. Gracias por este excelente post. La renunciación como un acto de amor muy generoso de almas sublimes rendidas en el altar de Dios.

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