De la dirección y el consejo espiritual

Porque no anhela más el viajero sino hallar con quien compartir sus viajes.

No es el ánimo del que escribe estas líneas erigirse en maestro de nada ni de nadie. Más bien, como el viajero experimentado que ha recorrido una y mil veces un país, y que conoce sus agrestes montañas y las sorpresas que depara sus territorios, y al que su ánimo impele a relatar al que quiera oírlas sus venturas y desventuras, a fin de que cada cual extraiga sus conclusiones y propósitos y que con el deseo de realizar un buen viaje, se pertreche adecuadamente, vienen estas consideraciones, que… como todo en lo espiritual, están sometidas ineluctablemente al crisol de la propia experiencia y a la libertad de nuestro juicio.

Hablaba con un amigo recientemente, y compartíamos las experiencias de nuestra adolescencia. Allá en aquellos años, ambos, por las visicitudes derivadas de una educación cristiana, de uno u otro modo, tuvimos nuestro director espiritual. Recordando y confrontando aquellas experiencias uno comprende cuán equivocados y tergiversados pueden acabar estando aquellos propósitos que en principio son nobles y loables, pero que contaminados por lo general, por la propia vanidad innata y por mil aspectos que nada tienen que ver con el bienestar del alma, no se consigue lo que se persigue, esto es, que el alma halle un solaz de paz y amor, que encuentre a su Señor. De hecho, en mi caso, el remedio fue peor que la enfermedad y como consecuencia de ello me aparté durante muchos años de la fe.

Estos errores de planteamiento en la dirección espiritual obedecen en primer lugar a la “banalización” de dichas conversaciones, y digo banal, no porque los asuntos que se tratan sean frívolos, sino porque, siendo como son los temas espirituales los más elevados que puede considerar una persona, a menudo he observado por diversos testimonios,  se convierten en cálculos aritméticos: he rezado tanto tiempo, he acudido a la santa misa tantas veces, hace tanto tiempo que me confesé, estas fueron mis faltas… y la charla espiritual se convierte en todo menos en lo que debería ser esta conversación bien entendida: dos amigos que hablan de Dios. Cuando no es así esta conversación se burocratiza, el que debiera acudir en busca de consejo acaba como el que se presenta a un examen en el que la buena nota supone “quedar bien” con el que le escucha, y el éxito de la conversación se mide por la vanagloria con la que superamos la prueba, casi matemática, en la que hemos acabado haciendo un simple ejercicio de aritmética espiritual.

El que guía debiera considerar que el amor de Dios no se mide por una determinación estoica en cumplir un plan de vida religioso mensurable que puede estar apoyado en mil razones que nada tienen de amor y mucho de otras cosas. El amor a Dios se deduce por la paz de espíritu y la ausencia de temor, esto es la experiencia de la fe, algo que es verdaderamente inefable, pero que sirve para mantener las más animadas y entretenidas conversaciones que imaginarse pudiera… pero si el que guía carece de esa misma experiencia… ¿acaso no sucede que de lo que habla no es sino de lo que puede comprender?… “¿cuántos rosarios rezaste?”… y todo el bien que esta conversación debiera procurar se malbarata. Y cuando el pupilo desea hablar de la mística de la oración, tal vez sucediera que el mentor se sintiera perdido por carecer de esa experiencia y sólo se sintiera cómodo lejos del lenguaje del corazón y más próximo al de la contabilidad.

Con frecuencia hablo con personas que sufren algún género de desamparo por razón de actividades solidarias, y la fe es tema recurrente en las conversaciones. En ellas me limito a animarles a hacer oración cuando no la practican… y con los que me dicen que sí, que hacen oración diaria, comparto la experiencia que puede leerse en estas páginas. Siempre hay momentos en los que se reviven anécdotas de la vida interior, como dos viajeros que reconocen haber estado en un paraje espectacular y contraponen sus recuerdos y emociones, o en los que se realizó un paso complicado entre las más elevadas cumbres y el vértigo parecía a punto de derrotarnos…. También sucede que muchas veces se descubre que un alma no ha transitado o ha descubierto todo una región del espíritu que habrá de procurar el descanso y la paz que tanto anhela, y entonces se intenta orientar en la dirección correcta para que emprenda el mejor camino posible a fin de que su viaje concluya con un feliz termino. Así entiendo deben ser estas conversaciones que aquí se exponen en sentido figurado. ¿Qué es una montaña rocosa de difícil superación?… tal vez perdonar a quien nos ofendió gravemente. ¿Qué supone atravesar un páramo de arenas movedizas y paralizantes? … tal vez ser capaces de renunciar a algo que nos corresponde para ceder a la voluntad de un amigo, familiar, pareja… ¿Qué supone iluminar el alma sino encontrar a Dios? ¿Qué es la manifestación del estado de nuestro espíritu sino nuestro grado de desdicha o felicidad? A cada una de las grandes visicitudes que nos depara la vida, el Espíritu Santo nos aguarda con sus valiosísimos dones, auténticos tesoros del alma por los que merece la pena minusvalorar todo lo demás de esta vida. De esto trata el consejo espiritual.

La senda del espíritu cuenta con una brújula, difícil de entender y a la que prestamos poca atención, que es nuestra propia paz interior. Su ausencia, es señal de que equivocamos el camino. Es bueno encontrar a alguien con quien hablar, pero no de contabilidades religiosas o incluso farisaicas, sino de lo que realmente nos preocupa y nos aqueja, de la luz con la que vivimos, o de las tinieblas que padecemos.

Lucas 6, 39; Y les decía una parábola: ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo?

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