“Dios me rechaza”

Un amigo, en confidencia, me dijo hoy; “A veces siento, como si Dios me rechazara…”

Este pensamiento entrecomillado con el que se inicia la entrada es posible que más de un lector le pueda… escandalizar, o al menos, parecer imposible que un cristiano en sus cabales pueda albergar semejante idea, pero quizás debiera tenerse en cuenta que, este pensamiento que aquí viene expresado negro sobre blanco, con palabras claras, preciso e inteligible, muchas veces mora en nosotros de forma desapercibida, camuflada en un sin fin de raras sensaciones… cansancio, abatimiento, cierta desmoralización en la lucha ascética, aderezado todo tal vez por una forma rutinaria de entender la vida de piedad a la que indolentemente nos hemos acomodado, vida de piedad que asumimos  como  imprescindible, pero a la que le falta sal.

Víctimas de nuestros propios errores, de nuestro carácter que nos gustaría dulcificar, carentes de aquellas virtudes y talentos que percibimos en otros y que, por más que porfiamos, parecen imposibles de incorporar a nuestra forma de ser, puede llegar a darse en nosotros esa sensación mezcla de apatía y tristeza, que sin ser nítida y clara, mora en nosotros como un fantasma interior. No le ponemos nombre…. pero aquí sí hemos querido desenmascarar ese sentimiento negativo y destructor. Partiendo de nuestro juicio humano y comprendiendo cuántas y cuántas veces parecemos tropezar en la misma piedra, ese hastío en la lucha que vemos en nosotros, con nuestro limitado juicio humano, se lo endosamos al Padre, incorporamos a nuestra imagen de El un juicio de intención – que sería ciertamente nuestro propio juicio – y nos decimos, en un susurro interior que carece de palabras, pensamientos invisibles pero que obran el poder del desánimo, “como no va a estar cansado de mí, si yo mismo lo estaría” y nos olvidamos que el Padre es, ante todo, misericordia.

¿Y cómo comprender esto mejor?

Jesús nos lo explicó con parábolas una y otra vez, pero la falta de costumbre de meditar la Palabra, unida al hecho de que muchos cristianos no practican la oración, hace que el tesoro de sus enseñanzas no nos enriquezca como debiera.

Si recordamos la parábola del señor que perdona una gran deuda a un siervo que le suplica compasión y que a su vez éste no supo aplicar el mismo criterio a quién le debía poca cosa y obro con toda la fuerza de la ley contra él, comprendemos cuál es la naturaleza de la misericordia, el cómo la alcanzamos y experimentamos verdaderamente. La parábola finaliza explicando que el señor, al ser informado de cuán mezquinamente había obrado el siervo al que había perdonado, cargó todo el peso de la justicia sobre él.

¿Qué nos viene a decir Jesús a través de estas palabras? ¿Tal vez que Dios espera a cargar sobre nuestros hombros todo el peso de su justicia cuando obremos mal? No, todo lo contrario. Nos indica que Dios aplicará la misericordia en nosotros en la medida en la que nosotros seamos capaces de dispensarla a los demás… ¡todo un portento de sabiduría! Siendo nosotros magnánimos  y misericordiosos sentiremos en nuestro corazón la benevolencia y gracia de Dios. Como siempre, la verdadera sabiduría no pertenece al ámbito de un razonamiento lógico, sino incumbe más bien a la naturaleza, difícil de entender sin la gracia, característica del espíritu humano, porque  la misma experiencia de la misericordia no obedece siquiera a un acto, bien sea de perdón, de aceptación, de compasión o caridad… sino que es mucho más profundo, tal cual nuestra faceta espiritual, y obedece a la intención con la que realizamos dicho acto. Para comprender la misericordia de Dios en nuestra vida, su dulce amor desinteresado y constante por nosotros, hemos de practicar nosotros mismos la misericordia en nuestras vidas con recta intención.

Ah… ¡parece tan difícil! … pensaréis algunos… y más bien habría que exclamar… ¡qué fácil es!  … fácil siempre que se practique la oración, que se vea la película de nuestra vida, del día a día, con sus visicitudes, encontronazos, problemas y errores, a la luz de la presencia divina, y nos preguntemos humildes, abandonando todo tipo de orgullos y prejuicios… ¿qué habría hecho Jesús en mi lugar? y…¿qué haría él ahora en mi lugar? Y ante la luz de su figura se desvanecerán todos esos caminos fáciles que nuestra soberbia nos mostraba, y sólo quedará uno, que nos parecerá al principio difícil de recorrer, pero será sin duda el que nos llene de felicidad, porque es un camino lleno de amor…. lleno de misericordia.

Mateo 18, 23-34: Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes. Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía.

 

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