¿Por qué me enfado?

Dos hombres conversan.

El primero monopoliza la conversación. A menudo descalifica a las personas a las que se refiere, se burla de su ignorancia y las desprecia. En su discurso no duda en hacer comentarios provocadores hacia su interlocutor, pues conoce bien sus opiniones y en qué puntos resulta vulnerable. Sus palabras contienen veneno… un veneno que se destila, incesante, desapercibido, en su corazón.

El otro… escucha, aguarda, paciente, tranquilo, espera.

Las personas nos enfadamos, perdemos los papeles, nos indignamos. En ocasiones lo justificamos por las circunstancias, en otras  por nuestro carácter. Algunas personas rara vez se dejan llevar por su malhumor, otras  se ven arrastradas por su ira de manera tan continuada que diríase viven en un estado cuasi permanente de indignación y malos modos.

Pero cuando pasa la borrasca, a menudo, si somos lo suficientemente maduros, reconocemos, aún cuando sólo sea para uno mismo, que nuestro enfado estuvo fuera de lugar y que tal vez podríamos haber expresado nuestro malestar, descontento, o frustración de forma  sosegada, y por tanto constructiva.

Mucho más preocupante es el caso de aquella persona, que una vez ha pasado la tormenta, sigue auto-justificándose, amparando con razonamientos egoístas su comportamiento exacerbado,  propiciando de paso futuras y tal vez peores actitudes, puesto que ni siquiera existe en ella propósito de enmienda. Con su actuar daña al prójimo pero aún así se sigue estando dispuesto a perpetuar el mal en sí mismo.

Es llamativo observar cómo en nuestra sociedad abundan individuos en los que el estado de enfado y frustración ha medrado tanto en su forma de ser que podría decirse están llenos de odio. (Basta con recorrer mensajes de twitter, leer comentarios de noticias, etc… y en seguida descubriremos hirientes provocaciones, insultos y descalificaciones personales) No pueden hablar de determinados conceptos, instituciones, personas, ideas, sin incurrir en el insulto y la burla. En su diálogo abundan los epítetos personales dirigidos a sus interlocutores con ánimo de ofender, porque es a menudo a través de las palabras y del propio comportamiento, como se muestra lo que una persona verdaderamente cultiva en su interior. No es propio de una persona serena, que vive en paz interior y que sabe de la felicidad, incurrir en la descalificación al interlocutor o perder los papeles en un debate, determinada circunstancia, etc… y podrá como mucho alterarse brevemente, víctima de provocaciones o de adversidades, pero para el que vive en paz y sabe recuperarla es ciertamente difícil que los enfados lo dominen. Para aquel otro que vive descontento sin embargo, el enfado, el insulto, la ofensa, el reproche, la amargura, la calumnia… no son sino muestras permanentes de lo que lleva en su interior. Como no hay otro bien en él mismo, esos son los frutos de amargor que se cosechan.

Sin embargo lo dicho hasta ahora no es sino una apreciación muy superficial del tema que tratamos. Realmente… ¿por qué me enfado?

Resulta muy sencillo para la persona que percibe la naturaleza espiritual del alma dar una respuesta: Me enfado porque la realidad no se adapta a lo que mi ego reclama.

El Ego…. nuestro demonio particular, nuestra fuerza de gravedad interior, que de forma malsana y equívoca, persigue nuestra felicidad. Establece una suerte de espejismo por el cual sólo existe el bienestar en la apropiación, en la satisfacción de nuestros deseos, caprichos, necesidades. Es un instinto de conservación multiplicado. Todos convivimos con él, puesto que forma parte de la propia naturaleza del alma, cual pecado original, nacemos con él.

Es interesante observar los enfados adolescentes. En ellos, su personalidad incipiente es incapaz de asumir la responsabilidad adulta. Cualquier exigencia u obligación se transforma en una pena insufrible, cualquier adversidad, por más leve que sea, puede propiciar una rabieta descontrolada. En esas personalidades en formación el Ego se erige a menudo como único foco posible de bienestar y el “obligar a pensar en los demás” a menudo debe imponerse con incentivos o castigos.

De adultos el Ego abarca aspectos de  lo más dispares dependiendo de ideologías, trabajos, circunstancias, etc… pero en lo básico sigue siendo el motor y detonante de nuestras pérdidas de control; ira, odio, resentimiento, frustración, amargura, indignación… El país va mal por culpa de determinado líder o ideología, y rápidamente nuestro humor se oscurece con un simple titular de prensa, con los amigos nos imbuimos de un pésimo humor, nuestro lenguaje se llena de improperios y acusaciones. Los problemas laborales rápidamente se vuelcan en terceras personas, nunca en nosotros mismos, y despotricamos a rabiar. Algo no nos resulta como nos habría gustado en nuestra vida afectiva, una contrariedad, una adversidad grande o pequeña, y en esa dicotomía existente entre la realidad y lo que nos gustaría, el Ego clava sus garras afiladas en nuestra alma provocando un dolor que genera malos sentimientos, y estos se destilan en nuestro corazón. Si no somos conscientes pueden envenenarnos por completo hasta el punto de que no sepamos relacionarnos con los demás, especialmente con las personas de más confianza, sin incurrir en esa retahila de malos modos, ofensas, insultos y calumnias… y que ante cualquier contradicción o adversidad ese malestar interior se descontrole en una impetuosa tormenta de improperios.

Así pues esos malos sentimientos, acumulados en nuestro interior, fermentados, alimentados por nuestro interminable diálogo interno, crecen, medran, y finalmente se vuelcan en las personas con las que convivimos o con las que fortuitamente tropiezan con nosotros. Cuán habitual es que un padre o madre llegue a su casa y descargue la tensión del día – que no es sino todo ese cúmulo de pequeñas contrariedades y adversidades que hemos padecido- con los propios miembros de su familia por circunstancias nimias de forma desproporcionada, o de igual modo un trabajador con sus compañeros, o un jefe con sus empleados…

¿Qué hacer si reconozco que mi carácter me vence, si sé que mis enfados son desproporcionados, incluso duran días y días, y no hallo manera de sosegarme, disculparme, tener en suma, control de mí mismo?

En estos textos de estas páginas se considera como primera la siguiente premisa; pudiera decirse que la naturaleza humana goza de tres niveles, el material, el racional y el espiritual.

El material se relaciona con nuestro cuerpo físico, nuestra salud y vitalidad. El racional con nuestra capacidad intelectual de toda índole, y finalmente el espiritual con nuestra capacidad de ser felices y plenos… o vivir en la depresión y la amargura. Es por tanto nuestro estado de ánimo algo que incumbe plenamente a esta esfera.

Conocer dicho ámbito es crucial. Para el que que lo ignora y se desentiende de la faceta espiritual -o no desarrolla esta como debiera-la felicidad y la paz interior apenas serán vivencias esporádicas que se logran ocasionalmente- casi fortuitamente- cuando un conjunto de circunstancias vitales parecen resueltas o al menos bien encaminadas… y nuestro ego se aplaca. Y aún así siempre se cernirán sombríos nubarrones y así esta felicidad y esta paz no pasan de ser experiencias efímeras.

En el ámbito espiritual se ha de descubrir que ese estado ambivalente, felicidad-amargura, tiene su equivalencia perfecta en dos actitudes vitales opuestas Amor-Ego.

El ego es fácilmente percibido…. ¡al menos en los demás! Cuán a menudo calificamos a alguien diciendo: “que egoísta es fulanito”. Si nos examinamos bien, comprenderemos que nuestra vida gira en torno a la búsqueda de nuestro propio bienestar… somos egoístas. Y el que empieza a indagar y estudiar su faceta espiritual no tardará en descubrir y experimentar que el Ego no brinda ni paz ni felicidad ¡nunca! Pero sin embargo al tener en el Ego nuestra única referencia de vida interior estaremos sujetos en mayor medida a ese terrible desencadenante de nuestro mal carácter. Esa diferencia que siempre existirá entre lo que es nuestra realidad y lo que el ego desearía que fuera será fuente de amargura interior, detonante de nuestros enfados, ataques de ira, mareas de odio.

Ahora bien… no es el único descubrimiento que debemos hacer. Existe otro foco de atención, y tenemos libertad de orientar nuestra alma en esa dirección, es la dirección del Amor… de Dios. Es buscándole a El como se le encuentra… y hallándolo es cuando se comprende, verdaderamente, que es nuestra naturaleza espiritual plenamente realizada cuando el alma, llena de amor, se funde en todo con El.

Y el que esta lleno de amor cosecha frutos de amor.

Lucas 6, 43-44; No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto. Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas.

Más sobre este tema:

Este camino que te indicamos es el de la Sabiduría, la del propio conocimiento en primer termino, y la de la experiencia de Dios en segundo. Si realmente consideras que te interesa emprender este viaje te invito a leer la siguiente entrada:

La senda espiritual.

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