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El abismo del odio

La ecuación de la vida (III)

Es tan poderosa la fuerza de nuestro corazón cuando desea algo que incluso puede entregar la vida… para destruir otra.

Siempre me ha costado comprender el origen de un sentimiento tan destructivo como el odio. Tal vez, y en primer término, porque yo mismo consciente de su poder maligno y corruptor, lo he erradicado en mí mismo tan pronto lo he sentido medrar. Sin embargo lo veo prosperar tanto a mi alrededor a la vez que me parecían tan opacas sus raíces…

El presente artículo abunda en la misma línea que los dos precedentes, pero en este se intenta explicar cómo, cuando nuestro deseo de felicidad es tan hondo y acuciante a la vez que la divergencia con la realidad resulta más abrupta, nuestro interior se predispone para dar fruto a los peores males de la humanidad, aquellos que nos convierten en verdaderos demonios.

Para empezar hemos de darnos cuenta que el odio tiene muchos hermanos menores: La antipatía, la murmuración, la calumnia, la venganza, el desprecio, la envidia… y en general, todo sentimiento negativo hacia el prójimo. En nuestro mundo de hoy en el que el discernimiento entre el bien y el mal está obscurecido y el lenguaje de lo “políticamente correcto” da amparo a la mentira, al morbo y a la calumnia, expresar públicamente este género de sentimientos no  solo no está mal visto, sino que hasta se aplaude y se secunda. Lo vemos cuando un político sin escrúpulos es capaz de despertar antipatías y crear conflictos hacia otros países, otras regiones,  en el seno de su propia ciudadanía…, propiciando en su demagogia el enfrentamiento, la guerra, el terrorismo. Lo vemos cuando un líder religioso consigue hacer de su fe una causa de guerra y muerte o cuando el presidente de un equipo de fútbol alienta a los hinchas más radicales.

Para comprender esta perversión del hombre que nos endemonia y hace capaces de desear la destrucción de un semejante, tanto por su reputación- calumnia- como físicamente- agresión- nos apoyamos de nuevo en esa idea simple que nos servía para presentar esta serie de artículos; la ecuación de la vida.

Todos sentimos -la mayoría inconscientemente en cuanto se refiere a cuáles son los mecanismos que lo originan- esas divergencia entre lo que nos gustaría que fueran las cosas y lo que verdaderamente son. Ahora bien, en ocasiones, nuestro egoísmo es capaz de atribuir a otras personas la causa de esa divergencia: tenemos entonces un culpable. Y en la medida que ese culpable resulta un obstáculo para nuestra felicidad deseamos su destrucción. Este deseo abarca desde las ofensas más leves -antipatías, murmuraciones- a otras más graves -como la calumnia o la agresión física-. La denominada “violencia de género” no obedece sino a la frustración que siente el cónyuge al ver fracasada su relación sentimental y sentir que su visión de felicidad futura queda irremisiblemente destruida. La desesperación de este sueño truncado le lleva a cometer, guiado por el odio y la venganza que se generan de este profundo desequilibrio interno, terribles actos de maldad dirigidos hacia quien se considera culpable de su desgracia. En otras ocasiones el otro es una persona más afortunada, encarna aquello que nos gustaría para nosotros mismos, y si permitimos que la envidia prospere en nuestro corazón ésta se apodera de nosotros y da pie a sentimientos malignos que incluso pueden desembocar en acciones perversas.

A menudo estos malos sentimientos se empozan en nuestra alma, y la amargan. La primera víctima del odio es el que odia. ¡Pero cuán culpable es aquel que incita en otros este sentimiento! Su maldad es ciertamente satánica.

Y para abundar en esta línea que expongo es necesario considerar un aspecto adicional  de nuestra naturaleza, imprescindible para comprender por qué tantas guerras y conflictos sociales: nuestra capacidad de trascender del yo.

Es fácil darse cuenta de que muchas veces los sentimientos de aversión que podemos experimentar no tiene un objetivo cercano, sino uno más lejano e inasible. Puede ser a los que pertenecen a un partido político opuesto a nuestra ideología, a los aficionados de un equipo de fútbol rival, a la gente de un país adversario, o a la del propio país pero de otras regiones. Puede orientarse a los que desde una fe determinada detestan otras religiones o a los ateos… o estos últimos que detestan a cualquiera que profese una fe. Esta intolerancia se manifiesta en insultos, descalificaciones, desprecios. En ocasiones estos odios se incitan de tal manera y resultan tan intensos que devienen en el asesinato, terrorismo, guerra.

¿De dónde surge esta capacidad de odiar al que ni siquiera conocemos?

Sólo comprendiendo nuestra capacidad de trascender el yo y el constante deseo que subyace en todo lo que deseamos de buscar la felicidad se comprende esto, pues de la confluencia de ambas fuerzas surge esta capacidad de mal, esta perversión del hombre, que es su capacidad de odiar, de generar conflictos de todo género.

Cuando un líder político, religioso, o de cualquier índole, desarrolla un discurso en la que la felicidad del individuo se refleja en una meta imaginaria, cuando un hincha de fútbol anhela para su equipo todo género de triunfos, cuando una ideología determinada dibuja en el horizonte futuro un escenario de dicha y felicidad si sus tesis son puestas en marcha… a menudo todos esos idílicos escenarios en los que una persona proyecta su felicidad -no ya en lo que atañe a su persona, sino que trasciende a un ente mayor; su país, su comunidad, su equipo- su deseo de realidad  ideal, tienen el contrapeso de contar con adversarios que van a oponerse a dicho proyecto que se convierten involuntariamente en enemigos… y todo aquel que contribuye con su discurso a señalar pueblos, razas o gentes, a poner rostro a los que se consideran obstaculizan ese paraíso terrenal soñado, a indicar con su dedo pútrido un enemigo imaginario que va a ser víctima de antipatías, rabias, desprecios… se convierte en verdadero demonio sobre la tierra, ya que sus palabras siembran el mal, emponzoñan corazones, destruyen la convivencia. Son verdaderos enemigos de la paz. Desgraciadamente, muchos de estos discursos se desarrollan con el más exquisito de los lenguajes… pero siembran descontento, antipatía, animadversión,… odio. Causan división, y cómo el más vil de los parásitos, parece que se alimentan de ella.

Y cuando la gente se ha aferrado a un sueño, bien sea personal, bien sea social, ¡cuán difícil resulta desprenderse del mismo! Cuánta gente ha ido en pos de un objetivo y después de otro… y aún cercana a  la tumba no se da cuenta que ninguna de sus metas mereció la pena. La Historia nos enseña que lo mismo sucede con las historias de las naciones. ¡Cuántos líderes prometieron tantas panaceas para procurar después tantas miserias! Pero no se aprende, y la gente primero fija sus sueños en el señuelo que le indican, y a continuación sus corazones se pudren de odio ante los enemigos imaginarios, que como muñecos de feria, el titiritero manipula ante sus ojos.

Las sociedades se dividen una y otra vez. A menudo las consignas políticas se basan en generar antipatías hacia otros partidos o grupos sociales. La televisión vomita constantemente programas en los que la antipatía , el enfrentamiento y la calumnia proporcionan el morbo que alimenta almas enfermas que ven en la infelicidad de otros un malsano consuelo.

Las personas habitualmente desconocen los resortes de su vida interior. No son conscientes de cómo evoluciona su ánimo ni sus sentimientos, y ven éstos como fenómenos dados, pero evitan escrutar por qué y cómo se producen.

¿Por qué existe tanto mal en el mundo?

Observo personas amargadas por su pasado, pero no sólo de su pasado personal, sino incluso por el de su país, por los capítulos de la historia que han sucedido ya y que no podrán ser alterados. Lo que “ha sido” es distinto de lo que “me habría gustado que fuera”. Este mecanismo inserto en lo más profundo de nuestra alma es terriblemente sencillo de conocer y muy fácil de manipular por líderes sin escrúpulos.

Recuerdo las palabras del Señor “pocos son los que transitan por la senda estrecha”. Ese camino de verdadera Sabiduría, de Paz, de Amor… un camino amable y dulce, que no evita los acantilados de la vida, sino que los afronta con valentía ¿por qué resulta tan antipático de andar? Él nos prometió la Vida, y la mayoría elige la muerte… ¿por qué?

Como siempre todo razonamiento de índole espiritual carece de la capacidad de demostración de un silogismo matemático. Lo que sí puedo testimoniar es una experiencia.

La vida de oración permite la entrada de una luz divina en nosotros. Es una luz de paz y amor, de sabiduría y entendimennto, que aleja de inmediato toda sombra de mal a su paso, no consiente que nada maligno se enmascare en su presencia. La paz de Dios es incompatible con odios, antipatías… siquiera el más leve resquemor. Ante su Presencia los malos sentimientos se desmoronan y el odio y la antipatía se desvanecen. El Amor de Dios nos llena de verdadera paz.

¡Y cuán agotadora es la vida cuando nuestro corazón no halla verdadero reposo!

Tanto mal en el mundo porque son tan pocos los que oran.

¡Y es tan raro encontrar un corazón bondadoso y lleno de paz en alguien que no le busque a Él!

Juan 14, 27; La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo.

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