El yo divinizado

Y un hombre dijo “yo soy la luz del mundo”… y en este lenguaje figurado, que pocos se esfuerzan por entender, se oculta una gran verdad. Mas el que la desentraña, descubre, que ciertamente, sólo  el Verdadero Amor, ilumina.

¿Qué es el pecado?

Tenemos una noción muy negativa de este concepto, no por su significado, sino por el contexto que evoca; remordimiento, ausencia de libertad, coacción, imposiciones moralistas… muchas cosas negativas. Pero…. ¿qué significa realmente esta palabra?

Para comprender su verdadero significado hemos de estudiar el alma humana.

Todo ser humano, en su faceta espiritual, experimenta una fuerza constante, que como un viento, lo imple a actuar, a moverse, a hacer cosas, a desear “algo”… aunque ese deseo pueda significar, en el colmo de la pereza, la desidia y el vacío, no desear nada. Esta fuerza del deseo por lo apetecible es universal, y cada individuo la experimenta de formas muy diversas, dependiendo de las elecciones y gustos personales, uno puede ambicionar ser una persona de prestigio y reconocida y otra ser admirada por su belleza. Unos ambicionan poder y dinero, otros disponer de tiempo libre para sus aficiones, otras… la mayoría, resolver los problemas que nos aquejan.

Lo importante es descubrir que, sea cual fuere el deseo principal, -porque siempre hay una ambición primera- y aquellos otros secundarios que imperan en nuestra consciencia, descubramos que tras ellos se oculta una intención, y esta es lograr nuestra propia felicidad a través de la materialización de dichas ambiciones. Desde el pensamiento o deseo más lujurioso, al más intelectual o filosófico, todos procuran habitualmente el lograr una satisfacción personal… ese suele ser el común denominador de la mayoría de los deseos del ser humano, porque es nuestro ego nuestro foco de atención.

Y en este sentido, hasta cierto y moderado punto, es lícito que las personas, en un orden razonable y natural, satisfagamos las necesidades de nuestro cuerpo y nuestra mente, es decir, no es sólo  una cuestión de moderación en lo que nos es lícito (razonable), sino de orden en lo que verdaderamente según nuestras circunstancias  nos corresponde (natural)- Pero cuando no existe contrapeso en nuestro corazón a lo que el ego desea, es muy habitual que dichos deseos se desborden de manera insaciable e incontenible incluso en las cosas que podían sernos lícitas o se adentre en el terreno de lo que ya de por sí era incorrecto o desordenado. Así el alma humana, en la insaciable búsqueda de su propia satisfacción, se interna en una cueva de oscuridad y vacío, el pecado. Oscuridad, porque está lejos de la luz que es Dios, y vacío, porque estando lejos de Él, nada la puede llenar.

Y por contraste a esta oscuridad existe el descubrimiento, la experiencia, del que es capaz de enfocar las energías y fuerzas de su deseo, sus intenciones, o como gusta decir en este blog, su mirada del alma, en Dios. Y descubre que este mirar, no para sí mismo, sino hacia Dios, es Amar, pues amar no es sino mirar a los demás como miraríamos hacia nosotros mismos, preocupando y sintiendo lo que los demás sienten, preocupándonos por consolar y hacer felices a quienes nos rodean. Y en el velar y el mirar por Dios cambia incluso lo que hacemos por nosotros mismos por necesidad, porque aunque tenemos necesidades imprescindibles, ya no estamos irremediablemente atadas a ellas, ya no resultan tan importantes. Y en el descubrimiento del Amor se ilumina nuestra alma, pues se descubre lo que antes era oscurísima caverna, en las que nuestras intenciones mezquinas y egoístas nos atormentaban y disminuían.

Y también sucede, y resulta aún más significativo, que las relaciones humanas, que cuando se carece de Dios tan a menudo están instrumentalizadas egoístamente, ahora, al ser tamizadas por la presencia divina, prestan mayor atención a lo que uno da, a lo que uno procura al prójimo, más que de lo que del otro recibe. Y en esto se nota y percibe como el corazón se llena de amor, de un amor de intención pura, divina.

Y  es de esta delicada manera, que sin dejar de ser uno mismo, cuando el yo se libera del ego, no se vacía, se diviniza….

Y esto no lo procura  sino la vida de oración.

Juan 8, 12; Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la Luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la Luz de la Vida.

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