Razones para creer

¿Qué es el alma sin Dios sino una inmensa sala de espejos en los que, de forma interminable, abrumadora, se multiplica hasta la infinidad la imagen de nuestro propio yo?

Muchos preguntan a los cristianos por qué vamos a misa o hacemos oración y esperan una respuesta que en cierto sentido  justifique  su vida apartada de los sacramentos y en general, de Dios.

Si se respondiera “porque me gusta” en cierto modo aplicaríamos un razonamiento sencillo y ligero que no incomodaría en absoluto, debido, básicamente, a que, siendo una cuestión de gustos, cada cual aplica su propio criterio personal de apetencias con lo que mis razones son absolutamente insípidas para quien me preguntó.

Si se respondiera que “por obligación” ya que es un mandato de la Iglesia, ese acto de obediencia para el que escucha igualmente carecería de valor, es más, no es una explicación que para nada le afecta, pues el  que no se siente obligado por la Iglesia no entiende de preceptos, y su sentido del pecado -si lo tuviera- , o a lo sumo de lo que es el mal, sólo tiene en cuenta al prójimo, nunca a Dios mismo, con lo que este argumento sería como verter agua en una tela impermeable.

Si se respondiera que “por tradición”, bien personal o bien familiar, igualmente daría un motivo para que la conversación muriera sin ningún género de incomodidad, siendo esta respuesta tan lamentable como las anteriores, en el sentido de que resulta superficial y vana.

La razón por la que un cristiano acude a misa puede ser muy variada y en los tiempos que corren, caso de no tenerse firmes los cimientos de la fe, es decir, las ideas claras, la más leve adversidad, cambio de criterio o una simple nueva amistad, puede derruir por completo el escaso tiempo que una persona dedicaba a Dios. Así pues, la pregunta que sigue resulta crucial que nos la hagamos.

¿Cuál es la razón de mi fe?

En primer lugar ha de tenerse en cuenta que los escritos que figuran en “Los siete círculos” no pretenden erigirse en una plataforma teológica que buscan soporte en elaboradas construcciones intelectuales. Todos sus argumentos tienen en cuenta algo que todos tenemos en común, nuestra propia experiencia y  el conocimiento de que las almas somos, en lo íntimo, idénticas.

Y ahora hagamos unas consideraciones previas.

Desde que nacemos toda persona desarrolla sus aptitudes condicionadas por un potente foco de decisión; nuestro egoísmo. Todo lo que el niño y más tarde el adolescente desarrolla, viene condicionado por “lo que apetece hacer”. Es un instinto que guía todo lo que hacemos, decimos, pensamos. El ámbito familiar, educativo, y de amistades viene determinado en grandísima medida por ello. Un adolescente forma su personalidad por ese determinante de la conducta; el ego. En esa oscuridad del alma en la que todo se reconduce por el propio interés  el concepto de amor es absolutamente borroso, casi indiscernible del egoísmo. Queremos a nuestros padres porque tenemos necesidad de su afecto. Nuestras amistades nos brindan entretenimiento, diversión, forjan nuestra personalidad. Elegimos a las personas que van a ser nuestras amistades en función de que nos hacen sentir bien. A menudo se respeta más a los amigos que a los propios padres o hermanos precisamente porque el criterio por el que un adolescente actúa no se basa en hacer feliz al “otro”, y así, puesto que mi familia no puede abandonarme puedo obrar egoísta y bruscamente con ella. Por el contrario las amistades pueden mudarse con facilidad, y si a un adolescente le “interesa” una amistad, la cuidará de mucha mejor manera a como trata a su propia familia. Pero rara vez un adolescente piensa en hacer felices a sus padres o a sus amigos sinceramente porque el comportamiento con su propia familia ya muestra claramente cuáles son sus pautas de conducta. Cuando llega la madurez, si la persona no ha evolucionado y su concepto de amor está inconscientemente limitada a un deseo que tiene más que ver con la “necesidad propia” que con el deseo sincero de “hacer feliz al otro”, las relaciones de pareja estarán muy presumiblemente avocadas al fracaso. Esta errónea idea de lo que es el amor que vemos en medios de comunicación, películas, libros, nos empapa y satura de tal modo que nadie se da cuenta de lo insultantemente pobre que es este concepto equivocado de amor, el cual muchas veces tiene más componentes de egoísmo que de otra cosa.

¿Qué tiene que ver esto con la fe?

La fe es  el camino que nos lleva a la transcendencia, esto es, la transcendencia de uno mismo. Sólo cuando un alma mira a Dios es capaz de ver a los demás, no como personas de las que “obtenemos” satisfacciones, sino como almas a las que podemos brindar felicidad. La fe es un camino corto que nos lleva ante un muro casi infranqueable, pero que todo creyente ha de esforzarse en atravesar, porque lo que hay más allá de ese obstáculo casi insalvable es el Amor. Y hablo de un amor que se define más bien como una actitud vital, ante la pareja, ante la familia, ante los amigos, ante los compañeros de trabajo, ante todo el mundo, incluso los enemigos. El que experimenta esta luz, esta Verdad, comprende inmediatamente que sin esta vivencia, toda su vida anterior, incluso sus buenas acciones, sus actos de amor que entendía eran sinceros y verdaderos, no eran sino pobrísimas acciones en cuanto a generosidad, y que bajo su superficie se escondían las más prosaicas razones del egoísmo. Este Amor del que hablo es el que descubre aquél que tiene la experiencia del encuentro, del descubrimiento, de  Dios, en su vida.

Así pues, aquel que asiste a la Santa Misa, y en general  todo aquel que practica la oración, no hace sino transcender su propio yo, mirar a Dios con el alma, experimentar el verdadero Amor, y nutriéndose de El, se evidencia cuánta paz y plenitud alcanza un alma que comprende su esencia espiritual, porque obrando conforme es nuestra verdadera naturaleza es como se entiende únicamente cuál es el medio para realizarnos auténticamente como personas. El impulso que siente el alma en esos momentos de transcendencia viene determinado por un anhelo del corazón que eleva al alma, y este es el de amar a Dios por encima de todas las cosas, con todas nuestras fuerzas. En esos momentos en los que nos transcendemos, el alma se desprende del lastre de su egoísmo y se nutre de la gracia para que su vida vaya cambiando, poco a poco, sí, tal vez, pero cambiando sin duda alguna, llenándose de un Amor que pacifica, completa, llena… se sacia… ya no habrá ni hambre ni sed del espíritu…. a la vez que se desentiende  de un egoísmo que nos empequeñece, hace mezquinos, angustia y destruye. Por eso el verdadero cristiano es ante todo “el humanista”

Descubierto el Amor el alma en oración se va desprendiendo poco a poco de sus apetencias egoístas. Dios nos desarma. Todos nuestros deseos egocéntricos se disuelven ante la luz de su mirada, como una niebla dispersa por los rayos del sol. La serenidad interior se afianza, el consuelo  es perenne, la insatisfacción desaparece, el amor crece. Surge el deseo de ayudar al prójimo, de cambiar nuestros defectos, de que nuestra vida se llene de paz para poder dispensarla, de servir verdaderamente al prójimo. Y el voluntariado se convierte en una necesidad del espíritu, no en un sentido egoísta, sino motivado por el deseo de coherencia entre lo que el alma ha descubierto y aprendido, y lo que hacemos en la vida.

¿Por qué voy a misa y hago oración? Porque en la transcendencia del espíritu se halla la liberación sin parangón de nuestro implacable egoísmo y la recompensa gozosa de un Amor pleno.

Juan 5, 35:  Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.

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Una respuesta a “Razones para creer

  1. MMM AHORA ENTIENDO LO QUE ME PASA, GRACIAS

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