Los temores del mundo

Y el caminante se detuvo en un último recodo, allí donde el sendero de montaña, en un abrupto requiebro, permitía una mirada de despedida al valle que quedaba atrás para siempre. A sus pies, resonaban los vocingleros gritos de guerra de las muchedumbres enfrentadas, clamaban los clarines que anunciaban la batalla, retumbaba la maquinaria infernal del perpetuo conflicto…

Y el caminante siguió su camino…. y todo quedó atrás y olvidado.

Vivimos en un mundo donde sobreabunda la información. Ya no sólo es la televisión y la radio… nuestro simple teléfono móvil, y especialmente internet, todo contribuye a que estemos hipercomunicados, no sólo con nuestra familia, amigos, compañeros de trabajo, conocidos…. sino con el mundo entero. Esta hiperconexión con el mundo en su totalidad  genera un exceso de información que apenas podemos digerir. Hoy en día estamos acostumbrados a saber lo que sucede de interés en cualquier lugar  casi al instante. Y no sólo es saber, la red nos ofrece mil posibilidades de acceder a información de primera mano; vídeos de aficionados que se cuelgan en internet, prensa local, redes sociales… existen mil maneras de obtener uno mismo información sobre lo que acontece en todo lugar en todo momento.

Y teniendo en cuenta las características de la curiosidad humana, esta facilidad para la información lo que procura es un extenso conocimiento de todo género de desgracias y tragedias que suceden por el orbe entero…de toda índole, no sólo catástrofes naturales, sino crisis económicas, desempleo, enfermedad… todo mal ajeno despierta nuestro interés, morboso interés, podría decirse,… y no es que el mundo esté peor que nunca, simplemente sucede que somos muchos, muchísimos, y lo sabemos todo. Así, sumadas estas circunstancias, diariamente, sucede, que recibimos una avalancha de malas noticias.

Y no sólo es este cúmulo de tragedias. Los medios de comunicación han de repartirse el pastel de las cuotas de audiencia.  Y… ¿cómo conseguir la mejor cuota? Obviamente los códigos deontológicos salen perjudicados en un mundo donde la competencia por el público es despiadada. Los medios tienden a ser sensacionalistas y partidarios porque la dinámica del mundo les impele a ello. Y los medios no sólo han de atraer al público a través de titulares que nos remuevan e inciten a su lectura-audiencia, sino que además generan corrientes de opinión, pues en dichas corrientes ganan algo que es incluso aún más importante que la audiencia, y esto es el Poder. Poder con mayúscula, esto es, la capacidad de influir en las decisiones políticas, la capacidad de ser tenido en cuenta, temido, de ser influyente, considerado por las multinacionales a la hora de invertir en su publicidad o por las instituciones públicas para desarrollar  suculentas campañas de sensibilización.

Pero tal vez lo peor de la información que nos rodea, envuelve, devora… no es este cúmulo de circunstancias que ya de por sí tienden a causar desasosiego, esto es, el saber todo lo malo que acontece en el mundo, y la tendencia hacia el sensacionalismo que tienen los medios de comunicación al difundir la noticia… sino, que, por el mismo motivo que los propios medios han de destacar de la competencia, son precisamente los medios de comunicación los altavoces que irradian, como una pestilente marea que ahoga a toda la sociedad, las proclamas que envenenan los corazones de los hombres…. y es de este tema del cual quería versar especialmente este artículo, con el fin, de que expuestos los elementos más nocivos que contaminan nuestro corazón, seamos capaces de aplicar el antídoto que más nos convenga.

En este mundo saturado de información, tal vez lo que más desasosiega, crispa, envenena, llena de odio, divide, enfrenta, corrompe, en suma, los corazones de los hombres…. es el debate político. La comprensión de esta verdad resulta manifiesta para aquel, que como el que escribe estas líneas, es capaz de mantenerse durante largo tiempo desconectado de esta red de información sobreabundante. Si tú, lector, fueras capaz de apartarte por largo tiempo de los medios de comunicación, comprenderías el desasosiego diario que la información que recibes causa en ti. Mil preocupaciones, sobre la situación de tu país, de tu región, de tu ciudad… pero sobre todo, las envenenadas consignas que se lanzan entre sí políticos de unos y otros partidos,( de las cuales uno participa subconscientemente como agredido o agresor)…. muchas veces con ánimos disfrazados, siempre manejando, manipulando, la opinión pública… ¡qué ridículamente fácil resulta esto hoy día! Tras ellos se esconden asesores de marketing que buscan la mejor manera de desprestigiar a quienes no piensan de la misma manera- sus adversarios y enemigos-, calculan las palabras, los tiempos, la imagen… utilizan el lenguaje más hipócrita de cuántos se han inventado: “lo políticamente correcto” tras el cual se maquillan las mayores tropelías, y siempre, siempre, incitando al odio, sembrando el miedo, la división, apoyándose en los más primitivos instintos humanos, olvidando la caridad y fomentando el más despiadado de los egoísmos… pues es en el egoísmo donde, cuantos menos escrúpulos tiene un personaje político, más sentimientos de adhesión consigue levantar.

¡Ah!… la verdad es que sufro, cada vez que descubro tras discursos y proclamas, este lenguaje del miedo, estas palabras de veneno, que infiltradas en los corazones, los llenan de odio, recelo, resentimiento, división… ¡qué terrible que por una simple consigna nuestra alma se pudra en el odio, se enfangue en el miedo!  En esta sociedad sin Amor, es el Odio el que campea por medios de comunicación y proclamas políticas…. y con horror se descubre a veces que incluso personas de fe, y con elevada responsabilidad, alientan y justifican estos mensajes malignos.

Y no se trata de aislarse del mundo, de ignorar cuánto acontece, de negar la realidad… sino de… ¡cuántas energías, temores, miedos, preocupaciones nos genera este mundo de conflicto…. y no hacemos nada! Pues en el temor y la preocupación nos agotamos, en el odio y la frustración nos consumimos. Cuántas energías malgastadas para nada. No, el que conoce el Amor sabe de sobra que su corazón lleno le mueve en busca del prójimo, del necesitado, del marginado, del abandonado…. y … ¡qué maravillosa recompensa aguarda al corazón desprendido que vive para el prójimo!: Él. Y para vivir en esta plenitud sobran todas las consignas del mundo, todo su morboso sensacionalismo, toda su fanática intransigencia e inhumanidad….

Y cuanto más se camina por la senda del Espíritu, más lejos se está del Mundo, de sus consignas y debates, y por ello, como el que sube una alta montaña y mira el valle que quedó a sus pies, y ve las guerras y las batallas que allá abajo se libran, siente  que el corazón se llena de una profunda compasión por esas almas sufrientes, pero también de una absoluta certeza; no, no es para eso para lo que están hechos los corazones de los hombres.

Lucas 20, 25; Entonces les dijo: Pues dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios

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