Educar en valores cristianos (II)

El hortelano observaba preocupado el joven árbol frutal que el viento abatía y amenazaba con quebrar. Su tronco parecía inclinarse con cada ráfaga en una dirección distinta, y su copa,  que se tambaleaba , agitaba estridentes sus ramas que habían dejado de estar sobriamente erigidas hacia el firmamento.

Nuestra sociedad está apoyada sobre valores cada vez más materialistas y egocentristas. Incluso la solidaridad y el altruismo se ejercen muchas veces desde perspectivas que no son las del amor… aunque lo aparenten. A menudo nuestras donaciones desinteresadas cumplen una mera función de acallar la propia conciencia y poco más. Raras son las personas que dedican su tiempo a los demás desinteresadamente, las que se preocupan por colectivos marginales, las que no quieren obtener ningún tipo de rédito, ni político ni de prestigio, ante los demás… Las que saben que su abnegación tiene por contrapartida, exclusivamente, el Amor.

Y es esta filosofía egocentrista y materialista, que se respira por los cuatro costados, en medios de comunicación, en todas las facetas del entretenimiento de nuestra sociedad, de la que se empapan nuestros hijos a diario, ya que son la televisión, los videojuegos  y las redes sociales los lugares desde los que constantemente infiltran en sus corazones estas consignas materialistas: el tener, el poseer determinados bienes sin los cuales la felicidad no es posible, el llevar un determinado género de vida en el que la premisa principal es hacer lo que me apetece.

Quizás una de las tareas más difíciles para el padre o el educador es desembarazarse él mismo, antes que nadie, de los lastres que el propio egoísmo impone en las relaciones personales, sobre todo, cuando en éstas existe un nivel de autoridad o responsabilidad de una persona sobre un menor. La autoridad muchas veces parece que nos exime por completo de hacer autocrítica y comprender nuestras motivaciones…. ¡y qué importante es esto!

Bien sea padre, bien sea un profesor, el que quiere comunicar una serie de valores a un hijo o a un escolar, la primera consideración que cabe hacer es la motivación que le lleva al ejercicio de esa autoridad de educar. ¿Es un afán de inculcar una disciplina, un orden moral, una serie de virtudes y valores, conforme estimo yo mismo qué es lo correcto, o … se trata de que el niño adquiera una serie de aptitudes ante la vida cuyo principal beneficiario será él mismo? Dicho de otra manera más explícita: quiero que el menor sea y se comporte según mi gusto y criterio, es decir, porque mi egoísmo reclama que él sea conforme me gustaría… o quiero que verdaderamente adquiera esos valores para su propia felicidad.

Todos tenderemos rápidamente a identificarnos con la segunda opción, porque por supuesto queremos que sean nuestros niños personas de provecho, buenas para la sociedad, generosas y virtuosas pero… hay un síntoma que puede ayudarnos a discernir por completo si nuestras intenciones son tan rectas como superficialmente estimamos. El criterio es el siguiente: ¿hasta que punto nos desasosiega el comportamiento inmaduro de nuestros hijos? Su desorden, pereza, mentiras, indisciplina, desobediencia, irrespetuosidad, egoísmos, malos resultados académicos… ¿nos inquietan y nos enfadan? ¿Imponemos castigos ante estas actitudes enfadados y con falta de paz interior? ¿Sentimos preocupación e indignación ante estas situaciones? Porque si es así habrá que asumir, que pese a todo, es el egoísmo quien gobierna nuestra autoridad como educador. Es el egoísmo el que nos fustiga interiormente al ver que la imagen ideal que nos gustaría ver en nuestros hijos se deshace por completo, y ante ello, sufrimos y optamos por transmitir ese sufrimiento a nuestros hijos a través de castigos, amenazas y sermones. Cuando el egoísmo gobierna al progenitor que educa, a menudo estas medidas resultan inconstantes, pues se apoyan más en su estado anímico que en otra cosa. El niño, que percibe esta inconstancia se adapta a este ritmo de estados de ánimo y castigos eventuales, y su actitud no varía en absoluto. Toda esta intensa labor de enfados y castigos las percibe el niño como  tormentas  y tempestades, que a veces llegan, a veces no, y con paciencia las soporta, sabedor que es la necesaria contrapartida a los excesos que ha cometido.

En el otro extremo se encuentra el progenitor indiferente, que también,  por egoísmo, no quiere ni dedicar tiempo ni  sufrir las contrariedades que supone una labor educativa; instruir, sermonear, establecer límites, imponer medidas disciplinarias y castigos… y por laxitud interior y por conveniente displicencia, prefiere emitir un benévolo juicio de que el tiempo se ocupará de que el niño vaya adquiriendo mejores cualidades. Evidentemente en este extremo el esfuerzo educador brilla por su ausencia.

¿Dónde hallar las correctas motivaciones que han de llevar a una persona de fe a transmitir valores y a educar a un niño en valores con cierta efectividad?

En primer lugar nadie puede dar de lo que carece. Si no tienes amor en tu corazón no lo podrás transmitir. Si éste es el principal valor que posee un cristiano ha de ser ése por tanto su principal objetivo a transmitir.

En segundo lugar si tu fe está sólidamente cimentada has de saber por ti mismo que sólo en Dios el alma se realiza plenamente, y que en el egoísmo sólo se haya insatisfacción. Todas las felicidades que nos promete el ego se desvanecerán conforme parezcan alcanzadas las metas propuestas, sean cuales fueran.

En tercer lugar la sabiduría espiritual nos indica cuán importante es la intención con la que hacemos las cosas. Por tanto no se trata tanto de juzgar en ocasiones el comportamiento de un niño, -qué es lo que hizo mal- sino de comprender el error de sus motivaciones y actitudes y acudir a corregir éstas desde su raíz -es decir, por qué hizo lo que hizo-.

Así pues, ¿cómo proceder con el niño que obra equivocadamente?

Ante todo, descartando toda actitud de enfado y crispación, porque procede de nuestro ego insatisfecho, el sentirse defraudado con lo que nuestro hijo ha hecho. En una actitud de sosiego, de amor, se ha de comprender cuáles son las motivaciones del niño para obrar como lo hace. En general, desde que una persona empieza a formar su identidad, tiene como único asidero su ego como formador de criterios. Salvo una educación muy virtuosa a muy temprana edad, es raro encontrar casos en los que un niño no se deje arrastrar por actitudes egoístas en una u otra dirección. El que no es irresponsable, es desordenado, el que no es aplicado en las tareas del colegio es indisciplinado en casa, etc… etc… Se ha de comprender que el o los defectos que puedan tener un niño es consecuencia del egoísmo que está creciendo en él.

Comprendido esto se puede aplicar el remedio. Primero hablando y razonando con él, en segundo lugar imponiendo los correspondientes castigos si fuera necesario. En ésta última cuestión, lo que ha de lograrse y medirse con el castigo, no es una pena temporal e indiscriminada de privación de algún bien importante para el niño o adolescente (un juego, un móvil, salir con amigos… lo que fuera) sino ha de venir supeditada a un cambio de actitud en él.

Esta cuestión planteada es mucho más importante de lo que parece. La imposición de un castigo sujeto a un tiempo determinado preestablecido tiene muchos defectos. El primero es que ya da igual la actitud del niño; si ha sido perezoso o desobediente lo será siendo igualmente, porque la pena impuesta nada tiene que ver con la actitud que él mantiene en el presente o en el futuro. El castigo se transforma en una pena que se ha de pasar y nada más. El segundo es que la rutina de imponer castigos hace que el niño se planifique de cara a futuras sanciones. No se puede despreciar su inteligencia. Bien retrasará las malas noticias, bien calculará con sus amistades cómo puede compensar el tiempo de sanción que se le imponga, bien se dará un atracón del objeto de sanción antes de que se le prive de él, etc… Conocida la norma, la utilizarán en su provecho como les convenga.

La imposición de un castigo ha de tener una duración supeditada a los cambios de actitud del niño. Es decir, el niño ha de percibir lo erróneo de su actitud egoísta, sea cuales sea el defecto en cuestión, explicando con serenidad y cariño la actitud correcta que se espera de él. A la par, ha de quedar claramente establecido que no se le reintegrará el bien objeto de la sanción salvo que sus progenitores o educadores adviertan un cambio sustancial en su comportamiento. Por ejemplo, un niño que insulta a sus padres o es irrespetuoso en las contestaciones que les da, debería demostrar durante un tiempo más que prudente que ha comprendido el sentido de la sanción. El tiempo no debe establecerse de antemano para evitar que todo sea un puro fingimiento condicionado a ese periodo temporal. Ha de ser un plazo que permita verificar que, sistemáticamente, cuando se daban las circunstancias que propiciaban su mal comportamiento, el cambio de actitud es manifiesto. Ha de demostrarse tener una decisión firme e inalterable por parte del que educa, de tal manera que obligue al menor a esforzarse sinceramente en demostrar que algo está cambiando en su comportamiento. Ni que decir tiene que el niño que está habituado a padres inconstantes en sus determinaciones tanteará una y mil veces el terreno con el fin de negociar y anticipar el fin del castigo. La firmeza es tan imprescindible en este terreno como necesario explicarse siempre con sosiego y sin enfados que conviertan el castigo en un enfrentamiento personal.

He obviado hablar de la necesidad del arrepentimiento y del pedir perdón. Es necesario inculcar estos valores, pero muchas veces esta actitud no se da sinceramente y se convierte en una pantomima exterior tendente a evitar sanciones y castigos. Como hablamos de actitudes equivocadas damos por hecho la reincidencia constante en determinados defectos. Ante eso, la sabiduría del espíritu nos dice que es la intención, la actitud del niño, la que debe corregirse.

Es esa la aplicación que deben perseguir los padres, con sumo cariño, pero con absoluta firmeza, de la misma manera que se instala una estaca  junto a un joven arbolito, enterrándola en tierra con delicadeza para no dañar las raíces, pero es vara firme que sirve para que el futuro tronco se yerga recto y seguro hacia los cielos.

Artículo precedente: Educar en valores cristianos (I)

Mateo 13, 52; El les dijo: Por eso todo escriba docto en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas

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