La parábola del hijo pródigo

Es el alma humilde

resplandeciente lago espejado

que sobre sus aguas mansas

destella y acaricia

luz de misericordia divina

¿Cómo es el Amor de Dios? ¿A qué se puede comparar?… porque… ¿es acaso la lógica del hombre y de su sentido común vara con la que medir lo inmensurable? Para el alma que se adentra en el Amor, poco a poco, lentamente, va descubriendo cuán diferente resulta la lógica del espíritu, la sustancia que nos conforma y define íntimamente, de la lógica del mundo… la lógica que nos satura por cada uno de los sentidos, que despierta nuestros instintos animales, y que, encandilando nuestro entendimiento, nos anula para aquello elevado a lo cual estábamos destinados.

Así, al andar el sendero del Amor que a Dios conduce, se descubre una y otra vez esa pugna entre la materia y el espíritu. La primera nos seduce con un  felicidad efímera que no es sino un triste espejismo, apenas se alcanza ya se está disolviendo en la yema de los dedos. La segunda, por intangible, ¡cuán esquiva resulta!, y es que es verdaderamente angosto y estrecho el camino que nos lleva a Dios y por ende a la dicha, plenitud y gozo.

Es así como Jesús nos explica el desengaño del hijo pródigo. Es este hijo ingrato y deseoso de los placeres del mundo, irrefrenable en su deseo de las cosas materiales. Precisamente su calificativo definitorio, la prodigalidad, es revelador: tuvo todo lo que el mundo le pudo ofrecer, todo lo probó, todo lo degustó, de todo se colmó. Y también, como bien sucede con  las cosas temporales del mundo, aquellos goces y bienes llegaron a su fin. Y el hijo que lo ha tenido todo y que de improviso ve detenida su carrera vertiginosa de entretenimiento y se ve obligado a someterse a una dolorosa introspección, se encuentra con los elementos de juicio para comparar y valorar aquello que ha pasado por su vida. Y así comprende entonces esa lógica espiritual que le dice para lo cual está hecha el alma. Y en  soledad y silencio realiza un doloroso descubrimiento: Vale más el más humilde de los dones del espíritu, el vivir bajo el amparo del Amor Paterno, que cualquiera de las seducciones que le arrastraron lejos de El.

Y este entendimiento hiriente, que como una luz poderosa ilumina su alma y le advierte de la enorme traición cometida, le lleva a postrarse en la más humilde de las oraciones: no merezco nada, Padre mío, déjame estar simplemente a tu lado como el último de tus siervos. Un sentimiento puro de humildad en el que deberíamos detenernos en la oración, pues, ¡qué agradable debe resultar a Dios oír a un alma pronunciar esas palabras!

¡La humildad! ¡Cómo sortea todas las trampas del ego! Bien podría haberse sumido en la desesperación… el descubrir que la infamia de su traición bien merecía un repudio paterno definitivo. ¡Cuántas veces nosotros mismos en nuestra debilidad caemos en desánimos y tentaciones de abandonar todo? Y esta parábola de Jesús nos recuerda la cualidad del amor de Dios; inquebrantable, incondicional. Sólo requiere que acudamos siempre, siempre, siempre … a El.

Así pues la humildad nos salva doblemente, en primer lugar porque nos muestra la actitud correcta del que descubre sus imperfección en el amor, el sendero del dulce arrepentimiento que nos lleva al abrazo de nuestro Padre. Y en segundo lugar porque nos libra de pesares y angustias que tienen su raíz en la soberbia y el orgullo y cuyo fin es el desalentarnos y desilusionarnos en nuestro avanzar espiritual.

¿Y a quienes se asemejan aquellos que, estando siempre cerca del Padre, no se alegraron del arrepentimiento de su hermano? Muchos son los que observan desconcertados la “injusticia” de ver qué bien recibido era el hermano “vividor” pero arrepentido, en tanto que aquellos que “siempre” habían morado en la casa del Padre, parecía que no obtenían premio explícito y se indignaban con esa aparente discriminación.

Y es que, como siempre, ¡la lógica del espíritu es tan diferente a nuestro torpe juicio mundano! Jesús deja en evidencia con esta parte de la parábola, el mezquino corazón de muchos fariseos y escribas, hombres del templo, cercanos supuestamente a Dios, conocedores de sus mandamientos, pero que, precisamente por ello, se habían hecho hábiles en el manejo de la doctrina para medrar en poder e influencia. No se trataba pues de “estar” en la casa del Padre y aparentar cumplir su ley en los aspectos formales, -en lo que hoy día se diría es obrar según lo políticamente correcto-   sino de conocer y emular su magnánimo corazón paternal, del cual ellos, evidentemente carecían, y así, eran incapaces de alegrarse de los prodigios, conversiones, arrepentimientos, que la predicación de Jesús obraba ante sus ojos.

Esta parábola no nos habla sino de cómo llegar verdaderamente al corazón inmensamente misericordioso del Padre; a través de un corazón humilde… conocedor siempre de su imperfección, de sus continuas debilidades, pero que aún así, no cesa de repetir …

Lucas 1,  21: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.

y  cuando es el corazón el que dice estas palabras El nos abraza aún con más cariño y amor

Lucas 1, 22-24   Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado

Más sobre este tema: Pedagogía divina

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2 Respuestas a “La parábola del hijo pródigo

  1. De mi alma a la tuya, esta reflexión: el mundo, lo material y todos sus placeres son también divinos, espirituales, porque todo es Creación. Los dualismos ya están superados. Gocemos de la vida, de la belleza, seamos felices…es la única forma de salvarse, de vivir la Salvación del Dios liberador.
    Mi alma sigue preguntando en qué lugar del mundo se levanta la montaña de los siete círculos desde la que escribes…

    • Serenas Reflexiones

      Alma, Alma, una pregunta me inquieta al leer tu comentario… el mundo, lo material y todos sus placeres… ¿son también divinos? Creo que no es tan fácil… ¿es la materia lo que sirve al espíritu o es al revés? Todo depende de la intención con lo que cada cosa se emprende, y no es ni mucho menos lo mismo el egoísmo que el amor… y eso ya es una importante dualidad.

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