Los pilares de la fe

Es la mariposa nocturna un insecto imprudente, pues a menudo, hipnotizada por el brillo de una llama, se aproxima tanto a ella, que se consume en el fuego.

En la vida espiritual se da una circunstancia contradictoria. En nuestra más íntimas profundidades del ser somos conscientes de que nos falta algo para que nuestra vida sea completa. Esa búsqueda constante a la que estamos impelidos, ese necesario e irrefrenable buscar del fin de la propia existencia conduce a muchos hacia la trascendencia. Sin embargo, en más de una ocasión, cuando una persona se abre a los caminos de la espiritualidad, habitualmente no cuenta con medios para guiarse, los razonamientos de nuestra mente a menudo nos conducen por caminos equivocados, y ante tanto desconcierto y la falta de madurez y sabiduría  espiritual, muchos abandonan al poco de haber iniciado el recorrido por este nuevo Reino, tan incomprensible como invisible… pero que sin embargo experimentamos en nuestro corazón.

Indudablemente deben existir cristianos más perseverantes que estos primeros, pero cuyas creencias se traducen en una vida espiritual plana, porque aunque cumplen con ciertos preceptos y prácticas piadosas, su fe permanece sin fruto, porque esa fe no les ha conducido al gran descubrimiento de la vida espiritual; el Amor de Dios. Sin este descubrimiento el alma difícilmente puede volver a nacer, a vivir una verdadera conversión que transforme su vida. Quizás viven pendientes de que Dios cumpla sus deseos y eso conforma una fe que tiene como pilar la siguiente premisa: “que Dios cumpla mi voluntad”, y no la que debiera conducirnos verdaderamente a su encuentro: “no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Suele ser habitual que no sean almas de oración, o si la practican, ese error en esa premisa de partida les impida dar un solo paso en la dirección correcta. Así, aunque se vive una vida con actos piadosos, su corazón no experimenta el gozo del Encuentro.

Otros, sin embargo, que inician el camino del encuentro de Dios a través de la oración, gozan en un primer momento de una plenitud y alegría que indudablemente se convierte en ese tesoro  encontrado en el campo,  que para adquirirlo, se vende todo cuanto se tiene.  El gozo que acompaña la práctica de la oración, que indudablemente tiene un verdadero carácter místico, parece ser una señal de confirmación de que se ha tomado el verdadero camino… pero el transcurrir de los tiempos hace que la dicha que se experimentó pareciera flor de un día, y con los meses y los años todo pudiera antojarse como una caprichosa emotividad pasajera, más propia de una ilusión adolescente que de una persona adulta. Hacia estos  que han vivido esta experiencia está dedicada estas consideraciones que siguen.

Con cierta frecuencia he visto este fenómeno y en parte yo mismo lo he vivido en mis propias carnes. Para estas personas que describo pareciera que los fundamentos de la fe se habían cimentado, desapercibidamente, sobre la emotividad, sobre una experiencia irrepetible y vívida, en la que el alma se sumía en la práctica de la oración: consuelo, gozo, plenitud… Estas almas quedaban absolutamente embelesadas por la vida de oración, que descubría ante ellas esa fuente de agua Viva a la que se refería el Señor. Es una experiencia de pura dicha. Y cuanto más se da, más tiende el alma a buscarla, diríase que es como aquella mariposa que revolotea junto a una vela que arde… cuanto más cerca del fuego es su vuelo, mayor es la atracción de la llama sobre ella…

Y ante el fin de esa dicha, surge un enorme desconcierto. En primer lugar nos invade una pena, tristeza y melancolía muy peligrosa para la propia fe del que la padece. Pareciera que todo lo que había experimentado no era sino fruto de una ilusión pasajera, un encandilamiento casi psicológico ante una idea romántica de la divinidad. El desconcierto y aridez interior configuran un nuevo paisaje: el desierto interior, en el que el alma se pierde y adentra, y es tanto más inhóspito y cruel cuanto más dulces y gozosos fueron los momentos de piadosa dicha. También puede venir un gran desánimo, pensamientos y tentaciones de que Dios no nos quiere, que hay algo que estamos haciendo rematadamente mal y hemos sido dejados de lado … y aunque es muy dañino esta manera de enfocar las cosas, en cierto sentido no está desencaminado este pensamiento. Tal vez no sea El, sino nosotros los que nos hemos apartado de El.

En estos casos habría que replantearse sobre qué fundamentos se basaba la vida espiritual.

La práctica de la oración es condición imprescindible para hallar el Amor de Dios en nuestro corazón, es el tiempo en el que el alma puede avanzar por la senda espiritual, crecer en amor, descubrir verdaderamente a Dios en su vida. La oración en muchas ocasiones es plena de paz y gozo, de emociones y lágrimas, de consuelo y ternura…. y otras veces será seco y árido tiempo en el que el alma parece ha perdido el rumbo.

Sin embargo, puede suceder que el alma, inconscientemente, se apega tanto a ese bienestar que procura la oración que ya solamente acude a ella en espera de revivir ese gozo, plenitud y paz. La oración ha dejado de ser un acto de amor en el que se le busca a El desinteresadamente y pasa a convertirse en un acto gobernado cada vez más por nuestro egoísmo, ávido de sensaciones y emociones agradables. Sin la madurez espiritual suficiente para detenernos y desandar lo andado, estos senderos nos conducen a terribles abismos. Sucede que sin darnos cuenta el ego se ha apoderado de nuestra vida de piedad. Esto sucede cuando estamos pendientes de lo que “sentimos” en la oración. Hemos olvidado, o tal vez nunca hemos sabido, que la dicha es consecuencia del deseo de amar a Dios sobre todas las cosas, que la paz es el síntoma de adecuar nuestra voluntad a la Suya, de que la plenitud no es sino un vaciarse de uno mismo para llenarse de El. Y hemos convertido dicha, paz y plenitud en tres ídolos que adoramos e idolatramos. Los hemos convertido en el fin de nuestra vida piadosa, sustituyendo a Dios por ellas…. y esto, incluso conociendo este riesgo, puede suceder sin darnos cuenta.

Es en esos momentos de desconcierto y aridez cuando debemos revisar las intenciones de nuestra vida de piedad, es cuando hemos de sentir que los pilares sobre los que se asientan nuestra vida de fe son firmes y sólidos, porque siendo esos pilares correctos, el alma permanecerá anclada en una sólida e imperturbable paz interior, desapegada de afectos y sensaciones que la vida de piedad pueda o no proporcionarnos.

La cuestión:  ¿cuáles son esos pilares capaces de sostenernos en los momentos de la aridez interior más insidiosa en la que sentimos nuestro corazón seco y resquebrajado y el abandono del Señor parece ponernos a prueba más allá de nuestras fuerzas?

Estos pilares de la fe son como piedras preciosas que cada alma ha de hallar en la oración, son experiencias, más allá de la emoción y el gozo, o la paz y la dicha. Son luces que iluminan al alma y la hacen comprender cómo es nuestra naturaleza, el porqué necesitamos del Amor de Dios, y por qué sin El todo es ceniza, todo es insípido. Es un conocimiento espiritual, el don del Entendimiento, que está más allá de la emoción, del sentimiento, con tal cualidad, que aunque el alma agradezca siempre las gracias que puedan darse en la oración, la sostiene firme y tenaz en su propósito de avanzar hacia El cuando tales fuentes de dicha se secan.

Son esas premisas que experimentadas, vividas y aprendidas por un alma en la oración, se marcan de tal manera que  resultan imposibles de olvidar incluso en la peor de las tempestades o en el más árido de los desiertos. Aquí se describen,… mas debe ser uno mismo el que las descubra y experimente en su vida espiritual,… en su tiempo de oración.

He aquí los pilares de la fe:  S0bre la naturaleza del alma.

Juan 8, 31-32; Dijo entonces Jesús a los judíos  que habían creído en él: si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.

Relacionado con este tema: Oración del alma que pide el don del Entendimiento

 

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Una respuesta a “Los pilares de la fe

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