Adicción

 …de la facilidad con la que el alma se adhiere a todo lo que ve, imagina, idealiza… surge el sufrimiento humano; la angustia por no poseer lo que se desea, la frustración y el miedo por perder lo que se quiere.

Adicción. Habitualmente entendemos por esta palabra la dependencia a algún género de droga, y de manera más amplia, cualquier tipo de dependencia o trastorno autodestructivo como pueda ser la ludopatía o similares. Aceptamos esta palabra con una connotación negativa, porque representa siempre algo que escapa al propio control de la persona, la voluntad queda mermada de tal manera que diríase  no existe.

Sin embargo, de una manera mucho más cercana, mucho más cotidiana, todos tendemos a ser adictos a algo; está en nuestra propia naturaleza del alma. Cuando algo nos agrada queremos, ansiamos, de corazón y con la mente, ese algo que nos cautiva, muchas veces incapaces de controlar la fuerza de ese deseo. Y en esta esfera entra todo rango de cosas, incluso por honestas y lícitas que sean. Los hay que son adictos al trabajo, o que gustan de estar a la última moda, los apasionados de un deporte que siguen frenéticamente a su equipo idolatrado – nunca mejor dicho- o los que se obsesionan con la práctica de un deporte o una afición cualquiera, (leer, cine, …) o una actividad consumista como salir de compras. Por supuesto están los que se obsesionan con su propio cuerpo y su imagen exterior, tan en boga hoy día, y los que su dios es el dinero y su acumulación. Entre la juventud, o bien las videoconsolas o bien las redes sociales, son como los totems modernos ante cuya privación un adolescente puede sufrir un melodramático síncope.

Surge pues la cuestión de determinar cuándo el deseo de hacer algo obedece a una intención lícita y justa y cuando ese deseo -desbocado- entra dentro del campo de la autodestructiva adicción. Y la respuesta se halla en la paz o desasosiego que esa actividad nos pueda generar, no por su ejercicio, sino curiosamente, en  su privación. Y es que precisamente la carencia del objeto de nuestra adicción es  causa, en nuestro espíritu, de ansiedad y frustración por no obtener lo que se desea. El que un niño juegue en una videoconsola no es malo ni bueno, pero el que ese mismo niño monte en cólera si por la circunstancia que fuere se ve privado de ese capricho, es síntoma de que dicha actividad ha pasado a convertirse en algo que desborda la voluntad y el carácter del niño, ha perdido el control, y claramente su persona empezará a verse perjudicada por esa circunstancia. Lo mismo puede aplicarse para cada una de las cosas en las que cada cual se vuelca. Un sencillo examen de conciencia, analizando nuestros enfados, comportamientos egoístas, malos humores o tristezas,  pueden desvelarnos a qué cosas materiales está sujeta nuestra alma de manera incontrolada, desapacible, siendo en suma, malas para nosotros.

Y otro de los síntomas que lleva aparejado todo género de adicción es el desorden, no en cuestión meramente material, sino en términos de responsabilidad. La adicción crea un desorden en nuestra lista de prioridades, pues obviamente el objeto de nuestro ansia está permanentemente en primer lugar, desatendiendo familia, trabajo, estudios, etc… es decir, todas aquellas materias en las cuales la persona se forma verdaderamente, y que, al descuidarlas, muestra la adicción su faceta destructiva más claramente, pues por estos desordenes se destruye o erosiona la vida familiar, se pierde el trabajo, se malgasta dinero, se desaprovecha la educación a recibir…

En el orden espiritual la adicción a algo es un deseo constante y tenaz por un objeto o actividad, con el mero fin de autosaciarnos, es decir, es un deseo egoísta que nos empequeñece interiormente. El prójimo pasa a ser alguien o bien que interrumpe nuestra actividad, y es una molestia, o bien es complemento de nuestra adicción, y pasa a ser simple objeto circunstancial de la misma, no verdadera amistad. En el egoísmo no hay verdadero amor. Como todo acto egoísta, la adicción rara ver proporcionará auténtica satisfacción. La mayor parte de las veces refunfuñaremos, sufrimeros o incluso caeremos en la ira o en la depresión cuando la realidad nos contradiga y no podemos “saciarnos” de la manera esperada. Y en caso contrario, atiborrados del objeto consumido, sea cuales fuere nuestra actividad predilecta, caeremos en una especie de aburrida melancolía. Como todo acto egoísta, sigue la pauta de generar primero una leve alegría o satisfacción, y después vacío y apremiante deseo de repetir.

El alma que no conoce a Dios, puesto que no tiene sino al propio ego como única referencia, tenderá a caer con más facilidad en este género de sometimiento.

Ha de tenerse en cuenta que incluso para las cosas buenas el ego puede apropiarse de las intenciones que la dirigen. Incluso en labores de solidaridad, el voluntario animoso de una ONG, empeñado, volcado en un afán noble -pero con una motivación errónea- puede verse arrastrado por su ego en una espiral de confrontación y discordia con sus propios compañeros. Esto sucede cuando el afán de hacer las cosas como a “uno mismo” la parece que es correcto, quiere imponerse como fuera a los demás. Olvida que el principal fin de su trabajo es la ayuda al prójimo, y sólo se centra en lo que a él mismo le satisfacería verse cumplido.

Este ejemplo último nos sirve para ver que incluso en tareas abnegadas- en las que se supone que se niega a uno msimo- puede suceder justo lo contrario- nos buscamos a nosotros mismos y nuestra personal satisfacción. Por ello es tan importante para el alma adentarrse en conocer el oscuro mundo de las intenciones que subyace en nuestro interior.

El cómo reconocer que una actividad que nos gusta, que es honesta, ha pasado a convertirse en nuestro ídolo particular, al cual somos egoístamente leales y adictos puede determinarse  con un sencillo examen de conciencia:

¿Qué sucede si no realizas esa actividad casualmente? ¿Cambia tu humor, te enfadas, entristeces, encolerizas? ¿Renuncias a estar con tu familia y a cumplir con tus obligacioes asiduamente por dicha “adicción”? ¿Percibes que tu ánimo depende en gran medida de que tus expectativas en dicha materia queden bien resueltas? ¿Estamos dispuestos alegremente ha prescindir de ese afán que tanto nos agrada cuando nos requieren para otras tareas? ¿Somos capaces de en determinado momento sacrificar, con amor, ese tiempo “nuestro”?

Un alma ha de hacer un importante descubrimiento interior en la vida: no hay adicción de ningún género que procure una satisfacción permanente, ni mucho menos la felicidad. Aún mayor descubrimiento le espera al que ya experimentó esto primero, y es que sólo el Amor a Dios sacia plena, verdaderamente, y colma de paz. Ésa es nuestra verdad del alma: está hecha para amar a Dios sobre todas las cosas… y el que es adicto a algo ya  demuestra fehacientemente  qué cosa ama en la vida.

Estos secretos se descubren, y experimentan, sólo, en la vida de oración.

Mateo, 6, 24; Ninguno puede servir a dos señores, porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro.

Más sobre este tema: Sobre la naturaleza del alma

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Una respuesta a “Adicción

  1. Muy bueno, esto hay que compartirlo

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