Los espejismos del ego

¿Acaso sólo existe lo que puedes ver y tocar? ¿Dónde queda aquello que experimentas en tu corazón; amor, ternura, compasión… angustia, vacío, depresión?

Quizás la realidad espiritual del ser humano sea intangible e invisible, pero su naturaleza es tan manifiesta como la más elevada de las montañas, tan insondable como el más profundo de los mares.

En nuestra vida apenas meditamos sobre nuestro comportamiento, y mucho menos aún lo hacemos sobre nuestros deseos. Habitualmente vivimos en la insatisfacción y en el vacío, sin comprender su porqué. De hecho evitamos incómodas introspecciones y simplemente seguimos adelante guiados por una luz fatua a la que, si hubiéramos de poner un nombre amable, llamaríamos sentido común, sentido que cuando se descubre la vida espiritual, se comprende a qué desolados y perdidos parajes nos ha conducido.

El sentido común es el “hacer lo que nos resulta más conveniente” y puede incluir en esa ecuación la percepción del prójimo, pues sabemos que nuestras malas acciones pueden ser castigadas, y las buenas recompensadas. Así, nuestro comportamiento se gobierna por un correcto sistema de premios que se desean , de castigos que se eluden.

Sin embargo el que vive gobernado por esta brújula no experimentará ningún género de progreso espiritual ni de conocimiento personal. Es un criterio de supervivencia, pero no de crecimiento. La razón de ello estriba en que no hemos descubierto aún el secreto que guarda nuestra alma; la influencia maligna de nuestro ego por un lado, la pletórica esencia del amor- Dios-, por otro, dos poderosos focos que determinan, en nuestro interior espiritual, por qué experimentamos lo que sentimos.

En la pauta y guía que nos proporciona el sentido común es el ego quien nos gobierna, y está en nuestra naturaleza espiritual que cualquier acto o deseo dirigido por este polo de atracción sólo genera insatisfacción, porque no es sino en esencia, un acto del alma que podemos calificar como malo. Todo lo contrario a lo que sucede cuando nuestro foco de atención, hacia el que dirigimos nuestras intenciones, es Dios. Expliquémonos.

El ego presentará siempre cúmulos de circunstancias que no se dan en nuestra vida. De hecho, basta alcanzar una meta, para que al poco tiempo la insatisfacción de una vida por él gobernada regrese, presentando otras circunstancias ideales como deseadas, o incluso en un irónico requiebro, hacer más deseables las anteriores, que abandonamos por las actuales.

En el ámbito material el ego también generará insatisfacción, sean cuales fueren los bienes adquiridos, logros profesionales satisfechos, aspectos o cualidades físicas alcanzadas. Siempre se puede tener más, siempre se puede destacar y tener un mayor reconocimiento, siempre se puede despertar aún más admiración….

Ni que decir tiene el comentar qué experimenta el alma que seducida por la maldad, comete actos malvados, pues a la breve satisfacción que sigue al logro, le sucede para siempre la amargura, vacío, remordimiento y sufrimiento que ese mal genera en su interior.

El ego genera una sed insaciable,… y sus metas no son sino espejismos.

Incluso de las cosas buenas intenta aprovecharse. Desarrolla cualquier género de virtud que te permita experimentar el dulce sabor de la bondad en tu corazón, y si no previenes y estudias tu alma, al poco tiempo, esa virtud  empezará a ser utilizada por tu ego, no como medio sino como fin para “ganar” esa satisfacción interior, y así sucederá que la vanidad y el orgullo corrompen lo que en principio era bueno.

Incluso el amor puede ser desvirtuado por completo. Para el que no se conoce, que no percibe la dirección que toman las intenciones que gobiernan su vida, sucede que no puede reconocer, ante la multitud de deseos diarios que gobiernan una relación sentimental, cuando estas intenciones son egoístas, cuando son puras en amor. Hoy día es muy habitual hablar del amor en la pareja refiriéndose exclusivamente a la mera satisfacción sexual y a poco más. De esta manera el cónyuge no es sino un objeto que nos satisface, que cubre nuestras necesidades… es aquel que nos ha de proveer la felicidad. Y esta percepción de las personas es consecuencia en gran medida de los valores difundidos por los medios de comunicación; cine, televisión, pornografía, etc…  Así llamamos amor a la mera necesidad egoísta cubierta, sentido de posesión, estatus, complementariedad…

En esta percepción donde no hay luz interior para dirimir amor y ego no se comprenden de dónde surgen los sentimientos, en qué consisten… ni mucho menos, por qué se apagan.

Y esta percepción equivocada nos estropea y envilece, las personas se hacen meros “objetos” y nuestro deseo de felicidad nos puede llevar a una vorágine de buscar a nuestra “pareja ideal”  en una interminable sucesión de “objetos” que probamos y desechamos.

A menudo se considera que ha de seguirse los propios “sueños” como norma de vida que procura la felicidad, pero si esto no es sino una excusa para emprender el camino en pos de los designios de nuestro ego, nos aguarda una vida funesta, y sobre todo, vacía…. el mismo vacío de aquel, que avanzando en una dirección creyendo descubrir algo, no halla otra cosa al llegar, sino que era pura ilusión.

De igual manera, el que considera que el amor entre dos personas requiere de la libertad de permitir que cada cual persiga esos “sueños” no ha comprendido la verdadera naturaleza del amor, que es un desvivirse por la felicidad del otro.

Y el que sólo conoce su ego no es consciente de su poder, ni que vive encerrado en un reino de tinieblas, y tan solo comprende, ocasionalmente, que muchas metas en esta vida no son sino espejismo y artificio, tan pronto se alcanzan, se desvanecen. De ahí, el dicho tan común que sentencia: “lo importante no es la meta -que como vemos, es pura ilusión-, sino el camino”,… porque efectivamente, para el que sólo tiene el ego, tristemente, no hay otra cosa.

Juan 8, 34: Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.

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Una respuesta a “Los espejismos del ego

  1. Si he vivido y todavía paso por eso. Incluso un consejero me dijo que ya no leyera tanto, sino que me guiara por el sentido común….

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