La parábola del sembrador

El Sembrador sale a los campos. Su mano se hunde en la saca, toma un buen puñado de simiente, y la arroja al voleo…

¿Qué sucederá con ese Grano? ¿En qué almas caerá?

¿Seré yo tierra buena y fértil o tal vez no sea sino un pedregal o peor aún, un terreno yermo y estéril?

La experiencia y el paso de los años, me ha permitido constatar, que la inercia de las personas, del cómo somos y hacia dónde evolucionamos, tristemente nos arrastra, si no actuamos con efectividad para contrarrestar esa gravedad interior que nos somete, hacia pozos oscuros de soledad y egoísmo.

Los años nos estropean… los daños acumulados, sinsabores y amarguras… o el simple cansancio de buscarse a uno mismo constantemente, nos agostan, y acaban destruyendo nuestro espíritu  juvenil, nuestra alegría infantil, las ilusiones van desvaneciéndose, la vida se apaga, el amor se seca, nuestro corazón se endurece.

Erigimos nuevos espejismos tras los cuales emprender el camino porque aún nos da más miedo permanecer quietos en un mismo lugar -no perseguir una meta-, y es que en ese vacío de objetivos no hay sino angustia y depresión. Hemos de emprender la búsqueda de algo, algo que nos de la felicidad… y a menudo ese nuevo puerto hacia el cual partimos se desvanece ante nuestros ojos según lo alcanzamos… ¿tanto esfuerzo merecía la pena? Y esta rutina de estar siempre en pos de algo llega a cansar…

Echando la vista atrás, viendo tantas vidas, empezando por la misma mía, comprendo ahora que sólo una cosa merece la pena, y esta es  conocer el Amor. Y a la luz de este conocimiento, de esta experiencia, comprendo por qué tantas veces equivoqué el camino y me adentré en territorios que maltrataron y destruyeron mi corazón, que apagaron mi alma por completo.  ¡Tantas veces hablé de amor cuando lo que realmente decía era egoísmo!

Si ésta es la introducción a esta parábola del sembrador, tal vez te preguntes a qué viene este discurso. Te explicaré

Te hablo de una tierra quemada

que mil veces ha ardido

su aspecto es de ceniza

nada crece en ella

En este páramo ni una estrella brilla en su cielo

así que en su oscuridad y negrura

no se ve ni se percibe

no se siente, ni se conmueve

pues es su corazón mismo   piedra y escoria

Más el que está en este páramo mortal

porque nunca ha visto la luz

porque desconoce que su alma puede reverdecer

en esa oscuridad,

no comprende qué sucede,…

en la oscuridad no ve su propia oscuridad

¡Ah, esa es la tierra donde

se siembra la semilla del Reino!

Y entonces… siendo cómo es el alma que está lejos de Dios un paraje desolado, que en esa oscuridad absoluta en la que vive, no distingue lo bueno de lo malo, qué es Dios y la bondad, qué es el mal y el egoísmo, que desconoce el Amor, ¿cómo esa tierra puede pasar de la muerte a la vida? ¿Podría ser fértil un paraje cómo este?

Cuando leemos la parábola del sembrador, nos dice Jesús que hay distintos tipos de tierra que reciben la simiente, esto es, el mensaje evangélico que establece amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Muchos son los que la dureza del terreno, pedregoso, incluso carbonizado, no permite siquiera que la semilla brote, o si lo hace sus días de vida sean contados. Otros muchos la acogen porque les atrae el mensaje, pero ante las primeras dificultades se retiran y abandonan sus buenos propósitos. En este mundo hedonista son pocos los que se esfuerzan en poner por obra esta vivencia del alma, pero su espíritu inconstante les impide igualmente que este propósito llegue a cuajar en una experiencia que lo cambia todo. Por último está la buena tierra.

¡Ah! la buena tierra… pero… ¿cómo es posible que lo que fuera un territorio tan poco proclive cómo yo mismo lo era… cómo tantísimos otros como yo, que lejísimos de la fe, para nada podríamos pensar que fuera nuestra alma precisamente un lugar donde semejante semilla pudiera brotar?

Sin embargo algo sucede… he aquí el milagro, y he aquí la explicación.

Lo que hace buena la tierra… lo que predispone a un alma a escuchar la llamada de Dios, la comprensión de que estamos hechos para hallar su Amor y vivir en El, no es una cualidad personal diferente que unos la posean y otros no… de hecho todos, teniendo la misma naturaleza espiritual, tenemos la misma predisposición a vivir esta experiencia. Lo que hace que un alma se convierta en esa buena tierra que permite germinar el mensaje del Amor por muy agostada y estéril que parezca en un inicio, es un propósito tan simple como sorprendente, y este es el de conocer a Dios, esto es, practicar la oración.

La diferencia entre aquellos que emprenden con débiles propósitos la senda espiritual, de aquellos que no cesan en perseverar a pesar de mil tropiezos que pudieran tener y de que las condiciones de este terreno, el alma misma, fueran pésimas, es que estos últimos, no sólo han escuchado la Palabra -no sólo oyen-, sino que la han entendido y el entendimiento implica un esfuerzo. Este entendimiento que todo lo cambia, es un don, pero un don que debe buscarse. Sólo se puede comprender a Jesús cuando se ora, y en oración y en disposición de que actúe el Santo Espíritu, un alma se adentra en el misterio del conocimiento de sí misma, y de su Hacedor, he ahí el Entendimiento. La oración es el esfuerzo que permite pasar del mero “oír” al tan distinto “entender”. Es la práctica de la oración la que transforma el alma, la que convierte la ceniza en tierra húmeda y fértil, la que resquebraja corazones de piedra y les devuelve su humanidad, la que obra el milagro…

No, nuestras almas por muy oscuras y tenebrosas que puedan parecernos a veces,  esperan la luz y aguardan la simiente, para reverdecer,… para ser relucientes espejos en los que se refleje para todos los hombres la luz del Amor.

Sí, todos podemos ser esa buena tierra.

Mateo 13, 19-23: Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino. Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza. El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa. Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno

Enlaces relacionados:

Una parábola sobre el Amor

Oración del alma que pide el Don del Entendimiento


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2 Respuestas a “La parábola del sembrador

  1. Agradezco palabras de tan singular calibre, pues releídas una y otra vez, como todo hábito que se arraiga en el ser humano, acaba dejando huella.
    Qué triste es la vida sin un propósito firme que nos de la estabilidad emocional y espiritual que necesitamos todos…! Tras una vida de experiencia, voy entendiendo dónde se esconde la verdad. Porque, aunque accesible, permanece escondida ante unos ojos que no cesan de ver lo puramente físico. Mucho despojo necesitamos de trapos sucios para llegarnos hasta ella.
    Gracias de nuevo.

  2. esto me hace pensar que clase de tierra soy

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