La pareja ideal

Un apuesto joven fue a consultar a una sabia y reputada anciana  cuál podría ser su consorte más adecuada, pues era él, ciertamente, muy solicitado por las chicas del lugar. La anciana mujer escrutó sus modales elegantes, y aguardó paciente mientras el joven,  de elocuencia consentida, enumeraba virtudes y defectos de cada pretendiente, sus conveniencias e inconveniencias, haciendo lo propio  de sus  personales cualidades. Tras permanecer escuchando por largo rato, finalmente alzó la mano y le interrumpió, dictaminando:  Muchacho, el problema es que tú ya estás enamorado… de ti mismo.

Lo primero que ha de decirse en relación al título de este artículo es que es un tanto engañoso, porque, por definición, la pareja ideal, no existe. De hecho por eso la denominamos así. Si acaso, este título ofrece un buen señuelo que pudiera servir para apercibir a más de uno – pues el que escribe vivió durante años seducido por esa idea – en cuanto estamos sujetos a formas de pensar que constriñen nuestra vida en moldes reducidos, siendo nuestras exigencias en materia de amor como los barrotes en los que encerramos el alma y le impedimos que logre eso que tanto ansiamos, esto es, el mismo amor. Estos barrotes no son sino la lista de virtudes y cualidades que nos gustaría tuviera nuestra pareja. Esta lista a menudo se convierte en una necedad que amarga muchas relaciones ya establecidas, pues nos hace pensar que si nuestra pareja fuera de tal manera, o tuviera determinados gustos, aficiones, o lo que fuera… uno mismo sería mucho más feliz. Desgraciadamente muchas veces dejamos que los asuntos del amor queden gobernados, para nuestra desgracia, y nunca mejor dicho, por el egoísmo. Así, la primera cuestión que hemos de dictaminar cuando consideramos lo idóneo de una relación, es si ésta está fundada sobre los sólidos pilares del amor, o en los fangosos y arenosos territorios del egoísmo.

Cuando una persona mantiene una relación sentimental con otra, y más si esta relación tiene un trasfondo o transcendencia proporcionada por la fe, son dos las cuestiones que debe considerar a fin de determinar la solidez, seriedad y futuro de dicha relación.

La primea cuestión que ha de plantearse en nuestra conciencia es si nuestro amor a nuestra pareja  se traduce en un firme compromiso: mi disposición a poner todo en juego a fin de conseguir y procurar la felicidad de él, o de ella, en todo momento y lugar, ahora y siempre. Este compromiso, sentido y deseado con autenticidad,  traducido en un comportamiento, en un estar “junto a”, en mil detalles que se manifiestan en actitudes, palabras y hasta miradas,  es una fuente permanente de amor y dicha y es el verdadero cimiento del matrimonio. Si esta disposición está en tu corazón tienes ganado muchísimo, pues esta es verdaderamente la actitud del que ama.

En segundo termino otra cuestión ha de plantearse a la par. Si bien uno mismo está dispuesto a todo por su pareja, ha de considerarse también qué se va  a entregar, esto es, tu propia vida y todo tu corazón -en virtud del compromiso que mantenemos en nuestro interior- y esto implica una actitud de poner todo lo que eres y todo lo que tienes en sus manos. Este pensamiento de “dejarlo todo en sus manos”… ¿qué sensación te procura? Si por ejemplo él o ella es una persona bondadosa y amable, el riesgo de esa entrega se aplaca inmediatamente con un sentimiento de confianza y certeza. Si por otro lado la persona que se postula como futuro consorte, es de carácter frívolo y superficial, lo más probable es que las dudas asalten tu corazón, y estas señales de incertidumbres son un claro síntoma de que el compromiso que se va a instaurar entre ambos no es sólido ni mucho menos.

Desgraciadamente los corazones de las personas, y hablo en sentido espiritual, enferman. Hoy en día más aún, quizás por el hecho de que la naturaleza espiritual del alma humana queda constantemente en entredicho en nuestra sociedad materialista. El mensaje evangélico ha de buscarse concienzudamente en nuestro interior a pesar – y este “a pesar” tendría que ir subrayado sobremanera- de los valores mundanales -y malvados en muchas ocasiones-, con los que los medios de comunicación y entretenimiento nos saturan, en los que la bondad y el verdadero amor son despreciados e incluso hechos objeto de burla.

¿Qué conclusión podemos sacar de todo lo dicho? Lo principal es  aprender a mirar al corazón de las personas, – y nuestro propio corazón también, obviamente-  y no contentarnos con aspectos superficiales. Atendiendo a las cualidades del corazón comprenderás y conocerás mejor los problemas de las relaciones.

El corazón de una persona que no sabe perdonar, por ejemplo, nos habla de amarguras y rencores sin fin. Por muy amable que sea esa persona contigo inicialmente, una relación con un corazón que adolece de la verdadera práctica del perdón significará que acumulará sobre ti, año tras año, cada uno de los errores que cometieras, en un listado cada vez más largo de recriminaciones perfectamente memorizadas,  de tal manera que el más mínimo desajuste accionara el resorte de una interminable discusión. A la larga esta relación dificilmente no acabará desbaratada.

Un corazón que fuera en exceso sensible, por una cuestión de egoísmo, exigiría más tarde o más temprano, un trato tan delicado que ni en tu mejor forma y predisposición pudieras lograr, y el no conseguirlo procurará una permanente sensación de insatisfacción en el otro, y un consolidado complejo de incapacidad y remordimiento en uno mismo.

Un corazón volcado en el propio egoísmo colocará mucho antes que ese excelso grado de compromiso que debiera situar a su pareja como el centro y lema de todo deseo y pensamiento, multitud de preferencias personales que su ego considerase en cada momento más apetecibles: el trabajo, el deporte, los amigos o amigas, el ordenador… cualquier género de afición que se tuviera, … todo ello se pondría por delante de la relación, socavando el afecto, erosionando el amor que se pudiera profesar inicialmente, hasta destruirlo por completo.

Un corazón que se fija en lo superficial;  pasarlo bien, la figura física, cuestiones de vanidad diversa como modas, objetos de consumo, viajes, etc… observará a su pareja a través de este prisma, y en tanto le sea útil lo conservará… pero por el mismo motivo, si  aparece un medio (otra persona) que le procure un mejor nivel de apariencia y bienestar no tardaría en cambiar el uno por el otro. Ésta es la naturaleza de lo superficial.

Un corazón de piedra es aquel que, por los sufrimientos y desengaños de la vida, ya no puede amar. Su ausencia de confianza en el género humano le impide dar el paso que significa el compromiso que exponíamos en primer lugar. Prefiere mantenerse a resguardo del mundo y de las personas y no exponerse a nuevos daños. Tal vez no sufrirá. Lo que también es seguro es que no amará.

Quizás el mensaje más positivo de toda esta retahíla de peligros y enfermedades enumeradas  es que los corazones no sólo enferman, también sanan. Si estas inmerso en una relación donde tú o tu pareja, adolecéis de alguna de estas “enfermedades” tal vez deberíais reflexionar en común sobre estas cuestiones. Siempre se puede cambiar una relación fundada sobre el egoísmo por otra fundada sobre el amor.

¿Cómo sanar un corazón? Este blog no habla sino sólo de una cosa, desde la primera página hasta la última. Habla de crecer en Amor. Es un Amor con mayúscula porque el centro de todo verdadero y profundo amor es Dios mismo, y el medio por el que alcanzarlo y conocerlo es la oración.  Es un camino hermoso, cargado de la sabiduría que entraña el conocimiento propio de cómo es uno mismo, un conocimiento que supone humildad, por saberse no mejor que nadie, y también supone hermandad, pues reconoces en ti los mismos impulsos, necesidades, y en suma, la misma naturaleza del alma, que  los que ahora reconoces como hermanos.

Mateo 6, 21; Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

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Una respuesta a “La pareja ideal

  1. Siendo el amor tan hermoso, no es tan fácil. De ahí que conseguir la pareja ideal, basada en el amor; sea un poco dificil.
    Pero lo anterior es por aprendizaje, por egoísmo , por facilismo. No somos capaces de amar de verdad; Siendo el amor como lo explicó San pablo, como lo enseña Jesucristo, en realidad,en nuestrta sociedad, practicarlo es bien difícil. Pero podemos cambiar; pedirle al Espiritu Santo que nos ilumine; que Dios nos de Sabiduría.

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