Pedagogía divina

Y el hijo, sin volver la vista atrás, abandonó el hogar paterno. Ya nadie le diría nunca qué era lo mejor para él. Disfrutaría de la vida y haría lo que le apeteciera,… ¡viviría para sí mismo!

A menudo las personas limitamos nuestra libertad, nos automutilamos espiritualmente, no nos damos cuenta de la enorme, de la gran libertad de la que disponemos, y ante  esa vasta amplitud del territorio que se extiende en nuestro interior y que nos permitiría crecer y colmarnos de amor caso de descubrir sus caminos y recorrerlos, nos limitamos a a la pobre existencia del caracol encerrado en cu concha, ciegos, empeñados en cerrar los ojos y no querer ver.

Incluso las personas de fe muchas veces perdemos de perspectiva el don de la libertad. Asumimos que nuestra vida cotidiana ofrece escasas posibilidades, no somos personas importantes, y nuestros actos de caridad se reducen a contadas ocasiones en las que “hacemos” algo bueno… y así nos sentimos satisfechos porque en el escaso tiempo libre del que disponíamos aportamos nuestro granito de arena. Por supuesto, eso no es malo, todo lo contrario. Lo malo es el 99% del tiempo restante,  lo vivimos apagadamente, cumpliendo formalmente nuestras obligaciones… y haciendo lo que nos apetece…

Pero, de vez en cuando sucede algo en  nuestras vidas que nos sacude de nuestra laxitud interior. Tal vez sea una mala coyuntura laboral o económica, una catástrofe o accidente, un grave problema familiar o la salud propia, o de alguien querido… sucede el terremoto y entonces descubrimos que nuestras manos no tienen donde asirse, y que nuestros ojos, siempre cerrados, intentan abrirse en busca de luz…. pero todo es vacío y oscuridad. La fe incluso no parece sustento ni luz porque… ¿cómo vivíamos nuestra fe? ¿Era Dios realmente el centro de nuestra vida?

Y aún a pesar de lo duro que pueda ser la sacudida en nuestra vida, pocos hallan la verdadera senda que lleva a la paz. Tantos que acuden a remedios medicinales para aplacar la angustia del alma, y tantos que caen en desesperaciones y tristezas sin fin… No descubrieron la libertad cuando la vida les sonreía… tanto más difícil resulta descubrir la libertad cuando se sufre… Aún así obra el dolor como un aldabonazo, sonoro y fuerte en nuestra alma. El dolor despierta a algunos de su sopor y les permite descubrir la luz del Amor… y a otros los termina por hundir en la desesperación del egoísmo. Así, algunos, como aquel hijo, recuerdan, intuyen, que tal vez sí existe un hogar paternal, un hogar espiritual, al que todos pertenecemos, en el que todos nos realizamos, en el que la vida es paz y es plena… y con esa esperanza emprendemos un camino de búsqueda, mientras cargamos nuestro morral con esperanzas y arrepentimientos….

Y en esta vida quizás no hay certeza más segura de que todos hemos de sufrir, es una circunstancia connatural al ser humano y al mundo que nos rodea. El sufrimiento es fragua para el alma que se purifica a través del arrepentimiento… y fuego de llama que no cesa para el alma que se reconcome en su desgracia. Es lamentable que sea ante el dolor cuando una persona puede descubrir su esencia espiritual, y así,  como un niño que está aprendiendo una difícil lección, sea capaz de, a partir de la fe, empezar a comprender el sentido de la vida… El que ha vivido en sí ese difícil y dichoso nacimiento a la vida espiritual comprende que ese dolor puede ser la antesala de un venturoso parto, por muy terrible que pueda parecer la condena que la vida nos ha impuesto. Pero aún sabiendo el camino, ¡qué difícil es indicárselo al que sufre!

A menudo he encontrado a personas de profunda fe y espiritualidad, cuyo nacimiento a la vida del espíritu vino de la mano de una terrible circunstancia que truncó sus vidas. Este infortunio, que a muchos otros seguramente arrastrará incluso a males peores, a estos que se elevaron a lo espiritual, obró el milagro de la purificación, de la alegría, de la paz… del encuentro con Dios.

Podríamos entonces preguntarnos: ¿Dios nos castiga en esta vida para que acudamos a El? No, no creo que jamás se pueda hablar de castigos. No, El se asemeja más bien al padre que ve a su hijo alejarse de El, girar la vista hacia otro lado mientras abandona la casa paterna porque quiere vivir su vida para sí mismo…. y así, el padre desconsolado, no puede sino aguardar paciente, el regreso, si se produce, de su hijo. Esa es la naturaleza de la libertad de la que gozamos… y que tan tristemente desperdiciamos.

Pero la vida y la física del mundo imponen sus reglas. Es más, muchas desgracias no son sino consecuencias de nuestros egoísmos y avaricias…

Y El nos espera siempre, dispuesto al perdón, dispuesto a escuchar al alma que sabe arrepentirse, que descubre, que en nuestra vida, gozamos de un don imperceptible pero maravilloso, que es la libertad de poder elegir, -en cada segundo de cada día, en cada instante, en cada momento, hagamos lo que hagamos-,  mirar a Dios con el alma, …vivir en su presencia y llenar cada uno de nuestros pensamientos, actos y deseos, de un Amor que colma, sacia y apacigua el alma de todo hombre.

Y cuanto mayor es el ánimo de amar a Dios mayor es el arrepentimiento por haber abandonado su hogar, y cuanto mayor es el arrepentimiento, mayor es el gozo con el que El nos abraza y recibe.

Lucas 15, 21-24: Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies.  Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta;  porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.

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4 Respuestas a “Pedagogía divina

  1. que reflexão maravilhosa, obrigada

  2. hermoso… gracias!!!

  3. muy lindo , si señor

  4. Pingback: La parábola del hijo pródigo | Siete círculos

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