Familia y valores cristianos

Creo que a las personas alejadas de la fe siempre llama mucho la atención la defensa que desde la Iglesia se hace de la familia y en muchas ocasiones he observado en algunas un cierto regodeo cuando las legislaciones de los países tergiversan, destruyen o menoscaban los valores que desde el cristianismo, se atribuyen a esta institución. Precisamente, debido a la carencia de verdaderos valores y a la confusión por la cual lo importante no son las personas sino la manera en la que estas se relacionan, eliminando todo tipo de objeciones sobre lo que está bien o está mal, ha surgido esta profunda crisis en nuestra sociedad en la que la familia ha salido tan mal parada.

Pero… quizás la culpa principal del desastre que la cultura occidental vive en relación a la familia la tenemos los propios cristianos. Me explico.

Como tantos otros nací y recibí una educación cristiana. Sin embargo aunque no puedo decir que recibiera ningún género de mal ejemplo por parte de mis progenitores, -¡todo lo contrario!- tampoco puedo decir que fuera educado para la vida espiritual, desgraciadamente, y esa carencia hizo en mí los mismos estragos que en la mayoría de los jóvenes cuando adquieren un cierto espíritu crítico e independencia, alejarme de la fe y crear una profunda ruptura generacional con mis progenitores. Es quizás este aspecto el  que más me preocupa hoy día cuando veo como hemos sido educados… y como educamos a nuestros hijos repitiendo y ahondando aún más gravemente, los mismos errores.

Todo individuo, desde que nace, tiene una fuerte tendencia egoísta, que año tras año, a medida que crece y desarrolla su personalidad, va consolidándose. De hecho la crisis adolescente suele ser un momento donde dicho egoísmo se hace definitivamente patente, momento a partir del cual surge la grieta de la unidad familiar que posteriormente degenerará en una abierta ruptura que supondrá que los hijos dejan de contar, confiar, apoyarse, en los padres y la comunicación entre progenitores e hijos se acaba…muchas veces para el resto de sus vidas.

¿Por qué sucede esto? Si atendiéramos familias que no tienen un legado espiritual que transmitir parece la secuencia natural obvia. Sin embargo en la persona de fe, que ha descubierto el Amor de Dios en su vida, el ver a sus hijos encaminarse por la senda del egoísmo…el vivir esa ruptura familiar debe suponer una gran frustración.

Desgraciadamente incluso en las familias cristianas simplemente se piensa que dicho carácter -de cristiano- se obtiene por cumplir con una pauta sacramental: la primera comunión y las catequesis preceptivas de los hijos y acudir a misa regularmente los domingos. Basta con este leve esfuerzo para como por ósmosis en un alma fructifiquen todo tipo de virtudes y valores… No nos engañemos. Obviamente semejante grado de compromiso con la fe hace imposible que los padres no puedan desarrollar ningún género de vida espiritual, y sin ahondar en el conocimiento de Dios, en su Amor, nada podrán transmitir a sus hijos porque ellos mismos apenas tendrán nada que aportar. No conocen el Amor… no pueden hablar de El, no saben transmitir un mensaje que ellos mismos apenas saben balbucear, del que carecen incluso de experiencia vital.

De esta manera sucede que los hijos no reciben una educación en el amor, sino si acaso, una educación en la virtud “normativa”, esto es, una educación  que se basa en decir esto está bien o esto está mal “porque lo digo yo”. De esta manera, cuando estos hijos crecen, establecen su propio reglamento de conducta usando ese mismo criterio “porque lo digo yo”, de manera que las familias se dividen profundamente y a veces muy desagradablemente -aunque formalmente puedan mantenerse las apariencias- porque en el seno de la misma han cristalizado permanentes conflictos de egos, que como heridas mal cicatrizadas, son fuente de dolor y resentimientos durante vidas enteras. Esta ruptura hace que los hijos y padres estén separados por muros infranqueables que impiden toda verdadera comunicación, y sobre todo, verdadero amor. No se ha educado desde el amor, sino desde el egoísmo en la que la máxima menos desafortunada es un triste “no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hagan a ti”… grisáceo lema moral que acerca tanto un alma a Dios como la aleja… más bien esto último, pues no se habla de Dios, sino de ¡uno mismo!

La mayor dificultad de la vida espiritual, en relación a los hijos, es que, aunque el ejemplo es importante, no basta en absoluto. Para dar una educación en valores no sólo el adulto debe ser un insigne estandarte de dichos valores, sino desarrollar la habilidad de ser capaz de trasmitirlos, educando a los hijos tanto con el ejemplo como con el correspondiente “sermón”, que no puede ser despachado a diestro y siniestro, sino buscando aquellos escasos momentos en los que los hijos, sosegados y sin reconciliaciones pendientes con su progenitores, son capaces de atender brevemente una sencilla explicación.

Y aún así, a menudo he observado que estos sermones educativos carecen realmente de valores cristianos. Tan sólo exponemos razones que en el fondo obedecen a lo que son nuestros intereses egoístas de cómo nos gustaría que fueran nuestros hijos, que hicieran lo que nos apetece cuando nos apetece… exigencias que obtienen la rebelión, tarde o temprano, de a quienes va dirigido el discurso. No educamos en el Amor, fuente de todo verdadero valor y virtud, porque lo desconocemos en nuestra vida.

Educar en el Amor a un hijo es tratar de mostrar que la felicidad y la plenitud en su vida será una realidad en la medida que sea capaz de vivir para y por los demás, empezando por su familia,… de que será feliz en la medida que sea capaz de hacer felices a los demás. Y esto se puede y debe explicar primero ¡viviéndolo uno mismo!… después, buscando los ejemplos más sencillos, evitando las discusiones y favoreciendo las reconciliaciones, enseñando a perdonar de corazón, siendo capaces de renunciar a nuestras aspiraciones y deseos por el bien de los demás, mostrando la paz y alegría de nuestro corazón, no porque sea una máscara con la que vivimos y que oculta una vida de resignación, sino porque nuestro corazón está pleno, henchido, de Dios… Ah, pero para explicar esto a fondo primero uno debe vivirlo en su propia vida, tener la experiencia, haber andado esos caminos… ¡y esto nos lleva a la imperiosa necesidad de hacer oración a diario! En ese tiempo cambia el corazón de las personas, mejoramos realmente, siempre que permitamos a la gracia de Dios operar en nosotros. Cuando un alma experimenta esto comprende la bendición que supone vivir cara a Dios, es capaz de trasmitirlo, y por supuesto, busca que sus hijos conozcan y vivan este Amor.

El amor a Dios sólo encuentra su cauce a través de las personas. Si no se materializa a través de las mismas corre el riesgo de pudrirse en hipocresía. Por ello es en la familia donde una persona encuentra su primer y natural cauce para vivir en el amor, es por ello que la familia resulta tan importante para la felicidad y la plenitud de una persona, y es en la familia verdaderamente cristiana donde la comunicación, el compartir, el vivir el verdadero amor, tiene su sentido más pleno.

Mateo 20,1; Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia…

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