A través de las personas

Si quieres acceder a los secretos que esconde tu alma habrás de dirigir tu mirada interior hacia las profundidades insondables de tus pensamientos, deseos, anhelos… y comprender los orígenes abisales de dónde surgen… Y entonces estará en tu mano permitir que este reino oscuro y olvidado, se ilumine y reverdezca como el más magnífico de los paisajes que jamás hayas contemplado.

Si hay algo, que hoy día, se me antoja imposible, irrealizable, absolutamente inconcebible, esto sería abandonar mi fe, y tal acto sólo podría compararse al de aquel que se arrancara los ojos para no querer ver, o se cortara la lengua porque no quisiera hablar, o cualquier género de automutilación que nos privara absurdamente de un sentido.

Y es que verdaderamente la fe aporta un sentido, una percepción nueva, de la existencia, sentido a través del cual cambia la experiencia de la vida… , y en especial, ciñéndonos a uno de tantos aspectos que esta materia tan amplia entraña, sería aquel que se refiere a  cómo cambia la percepción de las personas el objeto del presente texto.

Podría decirse que sin este sentido, sin la fe, la percepción emocional, -es decir, el rango de vivencias y emociones que abarcan desde la felicidad y alegría hasta el otro extremo, el de la depresión y la angustia, en suma, aquel que incumbe a la experiencia vívida de los sentimientos humanos-, se deviene  oscura, estrecha, caótica, y en muchísimas ocasiones, frustrante… y en oposición a esto la fe brinda luz, amplitud, coherencia, plenitud. No se trata de decir que sin fe viviremos en la más absoluta oscuridad y tristeza interiores, no… sino más bien que no llegaremos a nuestro potencial de felicidad que como seres humanos estamos capacitados para alcanzar. ¿Por qué?

Como siempre, en todo cuanto se refiere a la vida espiritual, nos situamos en el terreno de una experiencia vital, algo que no es medible, ni comparable, ni repetible…  y es el testimonio la única guía, la única referencia para aquel que pueda encontrar utilidad y decidirse a emprender este venturoso camino, el espiritual, el de la búsqueda de la Bondad, del Amor, de Dios. Y como siempre digo, el sentido de estas líneas es animar a aquel que está indeciso, al borde del camino, pensando si tal esfuerzo merece la pena.

Ante las personas, la fe es verdadera luz interior

En la vida sin Dios, la relación con nuestros semejantes está supeditada a un único foco de atención, y digo único porque es ciertamente la única referencia que tenemos en nuestro interior, y esta referencia no es otra sino nuestro Ego. Así, de esta manera, las relaciones familiares, de pareja, de amistad, están supeditadas a una continúa conversación entre egos que imponen sus reglas, medidas… negociaciones. En los habituales desequilibrios de estas relaciones ego-céntricas surge el enfado, descontento, amarguras, rupturas, violencia, envidia, recelo, … el ego como único agente que ofrece criterio a nuestros deseos y pensamientos, a nuestras obras u omisiones, establece una suerte de código de conducta que habitualmente se engloba dentro de lo que se considera “sentido común”, es decir, de lo que haría el común de los mortales en el lugar de uno mismo. Sin Dios, lo mejor que se puede esperar de una persona es que actúe conforme a su sentido común… y esto no es ni más ni menos que obrar egoístamente, en mayor o menor medida. Por ejemplo, el sentido común no nos lleva habitualmente a participar e involucrarnos en acciones solidarias y de voluntariado que implican un esfuerzo continuo, un compromiso decidido, tiempo personal, gratuidad… El sentido común impone ciertos límites a nuestra capacidad de perdonar, de entregarnos a nuestra pareja, a nuestra capacidad de sacrificio, etc… etc… en suma, a nuestra capacidad de amar verdaderamente.

Así pues, siendo esta la principal regla que rige la relación entre las personas sucede en primer lugar que puesto que es el Ego nuestro única medida y criterio, la idea del amor resultante es tan pobrísima y corta, que limita y mutila tan drásticamente nuestro potencial humano que ciertamente no hallo otra manera de explicarlo para quien no vive la fe como una experiencia vital, como aquél que carece de un sentido, como la vista, el oído, el habla… Al ser el Ego quien establece lo que se considera es amor, y ser uno mismo principio y fin de toda medida, sucede que para el Ego no hay “amor” si no existe correspondencia recibida, no hay “amor” si no existe una adecuación a lo que esperamos del Otro, … y en suma, la relación con los demás está absolutamente supeditada a lo que recibimos de los demás, en un constante juego de “yo doy esto… a ver qué recibo a cambio”. Eso… eso no es amor. Y al ser el amor lo que nos hace brillar, iluminar la vida… si no ardemos en amor, ¿qué hacemos sino permanecer apagados cubiertos de cenizas en una existencia en la penumbra?

Si pudiéramos ver el mundo de las intenciones que cada persona esconde, si estas fueran visibles como rayos de luz… ¿qué descubriríamos en este nuevo mundo en el que cada persona podría decirse es un potente emisor de haces de luz? Seguramente descubriríamos asombrados que hasta en nuestras relaciones que entendemos más sanas y desinteresadas, en lugar de ser focos de luz, no somos sino sumideros de energías en las que absorbemos gran parte de la propia luz que deberíamos emitir. Si tuviéramos tiempo para la necesaria introspección, ¿no descubriríamos cuán apegados estamos a las contraprestaciones de nuestra pareja, familia, amigos… y que fácilmente prescindiríamos de ellos si nos sintiéramos traicionados en mayor o menor medida? ¿Cuántas historias de amor o amistad que parecían sustentarse en un juramento eterno de lealtad no eran sino meros bucles egoístas de intenciones, que se vinieron abajo y apagaron como todo aquello en lo que el Ego toma parte y debilita? Al ser el Ego quien establece las condiciones del amor, tan pronto se desprende de algo, espera la recepción de la contrapartida. Este es el escaso margen, la escasa amplitud de las relaciones con las personas, y por ello el Ego, como medida de la relación con el prójimo, siempre será fuente de insatisfacción y angustia, porque verdaderamente, encierra a nuestra alma en un espacio reducido, asfixiante.

Y por el contrario… en el alma de aquel que busca a Dios, el prójimo no es sino el medio por el que hallar y manifestar la bondad, el amor. Conociendo este interés por llegar a Dios, sabiendo que el amor es Su esencia y que manifestando amor no hacemos sino adentrarnos en El, en esta experiencia, el prójimo no es sino el medio por el que expermientamos a Dios, y así sucede que es verdaderamente imposible decir que se ama a Dios a la vez que te despreocupas de quien tienes en derredor porque en el empeño de “darse” y de alcanzar a Dios se huye de cualquier género de recompensa o gratificación, de reciprocidad o espera… es decir, se experimenta la plenitud del amor. Y es que verdaderamente el que vive así la fe, experimenta que el prójimo es otro Cristo. Y Dios, infinitamente inabarcable, infinitamente amor, infinitamente insaciable, hace que nuestra alma crezca tanto como nuestras intenciones alcancen, como la fuerza de nuestra alma permita… Y así nuestro corazón se ensancha y crece y el alma respira libremente en esa enorme amplitud interior.

Porque en esta búsqueda de la Bondad de Dios, toda persona es el medio de hallarla. No hay excepciones, ni condiciones, no hay reglas ni medidas, ni distinción por conveniencias o simpatías o exclusión por enemistades y antipatías… Toda persona es susceptible de recibir nuestro amor, nuestra actitud de darnos… y en descubrir esta capacidad del alma y esta regla universal por la que todo hombre hace su vida plena, en la experiencia de este amor sin medida, reside el incuestionable valor de la fe, que es el medio, el camino, que nos conduce a un gran descubrimiento, una gran experiencia, que todo hombre y  mujer ha de vivir: el hallazgo del Amor, el encuentro con Dios.

Y es que a Dios sólo se llega a través de las personas.

1 Juan, 4, 8: El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.

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2 Respuestas a “A través de las personas

  1. Hermoso. Gracias¡¡

  2. He leído con atención este artículo y me considero indentificado con sus ideas que, por otra parte, son ideas universales que pertenecen a lo que yo he didicado muchas horas de estudio y está en los Principios de la Escuela Universal de Psicología.
    Gracias por darme esta ocasión de expresar mi agradecimiento y animar a seguir siempre buscando la verdad en el sentido de la vida del hombre.
    Agradecido, Moisés

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