La señal del amor

En las cambiantes vicisitudes de la vida, a menudo impera el conformismo con lo que cada cual somos. En cierto sentido entraña una cierta madurez el ser consciente de nuestra situación como consecuencia de los actos realizados en nuestro pasado, para bien o para mal… y fruto de esa asunción responsable miramos al futuro intentando enmendar aquello que consideramos fue un error. Muy a menudo, en esta forma de ver y analizar nuestra vida, existe una moderada autosatisfacción y también un cierto conformismo vital.

En muchas ocasiones esquivamos nuestra responsabilidad achacando a otras personas o circunstancias la culpa de los malos tragos de la vida… El considerar que existen factores que escapan a nuestro control es razonable…- siempre que se aplique con objetividad-, y es lógico que proporcione una razonable serenidad, o al menos, que evite remordimientos y frustraciones. En otras ocasiones el conformismo en el que vivimos viene motivado por una serena satisfacción por lo que somos, y aunque desconocemos lo que es una vida plena, de la comparación que podemos realizar con otras personas y circunstancias obtenemos una razonable estabilidad interior. No entro a valorar ni siquiera aquellas consideraciones que nos llevan a sensaciones de vacío, carentes de alegría vital o incluso de angustias y tristezas, que parten de análisis aún más insatisfactorios.

Sin embargo la regla en la que se mide la plenitud en la vida no viene determinada por muchos de los elementos que entran en juego en nuestro análisis de lo que somos verdaderamente. Lo que se trata de ver con este preámbulo es que a menudo, en la vida ordinaria, se consideran elementos que tienen que ver más con nuestro egoísmo que con lo que verdaderamente llena el alma. Sucede que aquella persona que ha descubierto esta verdad, este tesoro, inmediatamente deja de perder el tiempo y energías en aquello que no es verdaderamente importante, y emprende una vertiginosa carrera por atesorar un don que sólo se revaloriza cuanto más se dispensa: el amor.

Hablo de un descubrimiento  colosal… y más profundo de lo que a primera vista sugiere. Sucede que se descubre que la vida plena en el amor nada tiene que ver con el matrimonio, o la familia, o la amistad, o la vida consagrada a Dios… sino que todos esos ámbitos son sólo los medios a través de los cuales ese amor puede expresarse plenamente. Cuando una persona no comprende como un célibe puede ser absolutamente feliz y vivir una vida de gozo es porque no ha comprendido la naturaleza del amor, que se resume, no en un determinado conjunto de circunstancias vitales, sino en una actitud frente a la vida: amar. Y esta actitud de amar como lógica en la vida interior de una persona sólo puede tener un epicentro, un foco irremisible de atracción, que cuanto más se conoce, más se desea: Dios.

Este deseo imperioso de alcanzar a Dios hace que nuestra mirada interior descubra al otro, al prójimo, no como una persona en la que existe una reciprocidad en la comunicación, en la que se concibe el dar siempre en consonancia con un esperar recibir. En el amor sólo existe un medio unidireccional de comunicación, se desea dar, se desea amar, porque más allá de la persona, el cristiano ha descubierto a Dios, y así, toda intención en el trato con el prójimo que espera un retorno de la clase que fuere, no puede alcanzar a Dios y no es amor. En cambio toda aquella acción basada en la gratuidad, en la ausencia de la necesidad de correspondencia, es libre para llegar a Dios, y sucede que es un acto de amor que colma. Por eso sucede que lo importante no es hacer sólo lo correcto, sino la intención que subyace tras lo que hacemos, deseamos, pensamos.

Cuando se descubre la gratuidad del amor se descubre la esencia del amor. El alma se libera del terrible peso que entraña esperar correspondencias, agradecimientos, reconocimientos, … Sucede que el “yo” que cada cual es, se expresa en toda su plenitud, pues no se está sujeto ni al “qué dirán” ni  a cualquier género de influencia externa, de retorno, de reciprocidad… elimina la coacción del ego que reclama vanidades y orgullos. El alma conoce su afán de llegar plenamente a Dios a través del prójimo y en ese afán, valorar apreciaciones de otras personas nada influye. Y una de las consecuencias más claras de esta capacidad es la de manifestar más claramente y sin ambiguedades los sentimientos de amor hacia nuestra pareja, amigos, familiares… El amor que busca a Dios nos hace más humanos, nos lleva a manifestarnos plenamente tal y como somos, nos conduce a la espontaneidad y la ternura. No nos anula o vacía, lejos de eso, nos hace plenos.

El amor es como un inmenso océano,

una vez lo descubres en ti

y te adentras en él y surcas sus aguas,

más aún anhelas trazar nuevas singladuras

y perderte en sus horizontes.

Así, el que descubre el Amor,

quiere amar más,

incondicionalmente,

sin medida,

a Dios sobre todas las cosas

y al prójimo como a sí mismo.

La señal del verdadero amor es esta:

Cuanto más se ama, más se quiere amar

Juan 13, 35: En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros

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