Confianza rota (II)

Un alma que ha perdonado es como un faro que irradia alegre luz e ilumina a cuantos le rodean.

En mi vida anterior, en aquella en la que mi “yo” era la medida de todo, cualquier daño sufrido, afrenta, despecho, mala acción… independientemente de la intención con la que fuera hecha, obtenía de mí la respuesta consistente en un alejarse de la persona de la cual procedía el mal. Sí, la mayor parte de las veces seguramente  no actuaba dejándome llevar por un orgullo incontrolable y prefería alejar de mi vida al causante del daño… pero bien seguro que en otras ocasiones no rehuiría la confrontación. En cualquier caso, de lo que no me cabe duda, es que ante el mal, fuera cual fuera la respuesta adoptada, mi corazón se empequeñecía. Era incapaz, ignorante absoluto, de entender lo que significaba buscar el Amor. En su lugar, en mi interior se erigía una formidable muralla defensiva, tras la cual arrojaba a todos aquellos que no merecían mi confianza. Mi autoestima se tranquilizaba y mi orgullo quedaba así satisfecho.

¡Cuántos vivimos o hemos vivido tras esas murallas! Pero la seguridad de esa muralla tiene un terrible coste vital, un precio muy elevado que se paga indolentemente, sin darnos cuenta de lo que hacemos. Y es que la muralla nos impide sentir, nos impide amar…. ¡nos impide vivir! Y quizás lo que es peor, nos deja encerrados en compañía de un  carcelero insoportable; nuestro ego.

Cuando en este blog se describen las dificultades del alma que busca a Dios, que quiere crecer en el amor, muchas veces se utilizan símiles en las que el alma, que debiera ser el Reino de Dios, es un inmenso país que debemos conquistar y que consta de los más diversos territorios. Cada uno de ellos tiene una particularidad, por así decirlo, una orografía característica, y además, en cada uno de ellos existen diversos grados de dificultad. En el caso que nos ocupa, en el perdón, la capacidad de perdonar, también sucede de igual modo. Y utilizando el mismo símil, que entiendo es especialmente acertado, diría que el perdón es como superar un terreno abrupto. En ocasiones puede ser una suave colina, en otras ocasiones una montaña agreste… y en otras, toda una cordillera de roca arisca, inabarcable a la vista, sus estribaciones se pierden en el horizonte. Y por insalvable que nos parezca el obstáculo, siempre existe un sendero serpenteante  y sinuoso, nada fácil ni cómodo, que cruza esos dominios… ¡y qué espléndido es el territorio que hay más allá!

Hay algo seguro para todo aquel que vive su vida siguiendo la senda del espíritu – la que nos conduce a Dios- y es que ese camino te lleva ineludiblemente a superar todo obstáculo, por más agreste, difícil, inaccesible… imperdonable, que en un momento dado algo nos pueda parecer. El sendero siempre acaba descubriéndose a aquel que lo busca…, aunque en ocasiones nos resulte muchísimo más difícil y arduo. Y …¿cómo descubrirlo? Sólo hay un medio, ya que para situarse en el plano espiritual y caminar por estos senderos de amor sólo tenemos el medio de la oración.

¡Qué milagros suceden en el alma del que ora! ¿Cómo es posible que el rencor, o la desconfianza, o el recelo… todas esas podredumbres, se disuelvan y desaparezcan en nuestro interior y tras ellas quede un alma más plena, más crecida en amor, de una cualidad superior, tanto más cuánto más difícil haya sido el obstáculo superado?

Sólo el alma de oración sabe de estos milagros.

Lucas 11, 4; Y perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden


Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s