El laberinto interior

Un rey mandó construir un sofisticado laberinto, pensaban sus cortesanos, que no era sino para entretenerse. Pero su verdadero objeto era comprobar la valía de cuantos se adentrasen en él, pues el laberinto sólo permitía salir al que mostraba ser verdaderamente sabio.

Toda persona creyente que desarrolle una verdadera vida interior ha de experimentar esta vivencia: cómo es la vida orientada hacia sí mismo y cómo es la vida orientada hacia Dios.

Habitualmente, cualquier persona que vive ordinariamente, centra todos los aspectos de su vida, en mayor o menor medida, a tenor de lo que le conviene. Desde amistades, familia, conocidos, … el mundo laboral, los vecinos… a todos aquellos aspectos materiales… todo gira en torno a lo que nos parece conveniente, y obramos en consecuencia. Esto es lo que denominamos sentido común, la fuerza de gravedad que sopesa nuestras acciones en función de nuestro propio interés. Tras esta fuerza poderosa se esconde como centro universal de atracción nuestro propio Ego. La vida que gira en torno al Ego no deja de ser una continua fuente de insatisfacciones, sea cual sea el aspecto de nuestra vida que miremos, siempre el Ego nos empujará a buscar más y mejores opciones. Es nuestra fuente de insaciabilidad y son pocas las personas que logran escapar a su enorme influencia.
Una de las virtudes que mejor anulan esta fuente de sufrimiento es la humildad. Hablo de una humildad interior, que frente a las pretensiones de nuestra autoestima, del trato que exige del mundo hacia nosotros, es capaz de barrer como un soplo esos castillos de pretensiones e idealismos fatuos de lo que la gente debería proporcionarnos – respeto, cariño, amor, entrega, reconocimiento – porque la humildad es el punto de partida desde el cual una persona puede darse, sabiéndose nada especial, sin el temor ni el miedo ni la vergüenza a no recibir contrapartidas, ni igual trato, ni ningún tipo de reconocimiento. Como nada espera del mundo ni de las personas, no existe insatisfacción. Y por supuesto nos referimos a una humildad serena, en nada que ver con visiones resentidas del mundo y la gente. Pero no es una humildad vacía, todo lo contrario. El alma está vacía de uno mismo, pero llenísima de Dios.
La humildad es un punto de partida, un buen punto de partida, el mejor… tal vez el único… y a partir de ese punto podemos echar a volar, pero para ello debemos encontrar en nuestro interior el deseo de bondad, de amor, porque caso contrario estaremos siempre sujetos al ego, encadenados a un potente imán que nos procura sufrimiento y angustia. Y qué difícil es escapar a este poderoso influjo que nos acompaña, latente, en nuestro interior, hasta el último día de nuestras vidas. Mil veces puedes escapar, huir de él, anularlo,… pero tarde o temprano, en una nueva situación difícil por la que atravieses, volverá a encadenarte… y habrás de buscar en tu interior de nuevo un camino de salida de ese mundo oscuro y tenebroso que es el Ego.
Y digo oscuro y tenebroso porque así resulta en comparación con el estado del alma que ha decidido buscar a Dios por encima de todo, porque en ese empeño está la fuerza que nos aleja, indefectiblemente de nuestro ego… y es la diferencia entre un estado y otro tal como la noche y el día. Y ese compromiso de búsqueda tiene un signo externo -la confesión- que se manifiesta en un estado real del alma, el estado de gracia. Porque el que ha caído en el poder del propio egoísmo, puede a través del arrepentimiento y de su signo visible, de un acto real y sentido con el corazón, a través del sacramento de la confesión, experimentar en su interior el cambio que provoca el compromiso de vivir cara a Dios en vez de cara a sí mismo. Y ese compromiso abre las puertas a la gracia de Dios, y es ciertamente, una presencia de ánimo difícil de expresar.
Pero aunque la salida de la oscuridad pasa por la confesión, antes el alma ha de encontrar el compromiso, su verdad interior, aquel descubrimiento de su propia naturaleza, esa dicotomía interior entre buscar el sentido de la vida en uno mismo o la vida encaminada a la búsqueda de Dios. Esa comprensión y esa luz sólo se alcanza mediante la reflexión profunda y silenciosa en presencia de Dios, la oración.
Todos los caminos de salida de nuestro laberinto interior pasan por la oración.

Lucas 1, 76-79: Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado; Porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos; Para dar conocimiento de salvación a su pueblo, Para perdón de sus pecados, Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, Con que nos visitó desde lo alto la aurora, Para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; Para encaminar nuestros pies por camino de paz.

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2 Respuestas a “El laberinto interior

  1. Estoy muy agradecida a Dios por haber encontrado tanta sabiduría a un click de distancia. Todos tus escritos me han llegado profundamente. Este proceso de despertar no es fácil y es reconfortante saber que no somos los únicos que estamos transitando el sendero. Deseo que sigas buscando tu iluminación y que nos sigas haciendo partícipes del proceso.
    Muchas gracias!!!!

  2. Dios te bendiga por ayudarnos a reflexionar acerca del único sentido valedero que tiene nuestra vida.

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