Humildad radical

No hay victoria personal más grande… que la completa derrota de sí mismo

Cuán profundo es el misterio de la vida espiritual, pues, así como en la vida del mundo todos los hombres anhelan destacar, ser admirados, tenidos en cuenta, estimados, respetados… en el espíritu lo que se nos pide es todo lo contrario, pasar desapercibidos en nuestros méritos, estar al servicio del prójimo, no imponer nuestros valores ni ideas, ser sufridos y sacrificados respecto a los demás… ¿qué clase de lógica demencial es esta que en todo va contra lo que nos dicta el sentido común?

Sólo el que está lleno de amor es capaz de comprenderla.

Una de las cuestiones más sorprendentes para el que empieza a involucrarse personalmente en las labores de voluntariado es descubrir cuánta pasión personal se vuelca en cuestiones que deberían ser desinteresadas. Resulta desconcertante como en la vida doméstica o en la vida profesional  se hallan obstáculos que no se traducen necesariamente en roces personales, pero cuando se abordan labores que se hacen por “amor” surgen las discrepancias y los desencuentros, porque el mismo empuje que nace de nuestro interior y nos lleva a esas actividades, también nos hace vehementes y efusivos.

Sí, sucede que el mismo afán que nos lleva a querer llevar a la obra los buenos deseos que inundan el corazón,  se traduce en muchas actitudes equivocadas que tienen fiel reflejo en la vida de los apóstoles cuando se preguntaban, e incluso debatían y discutían entre ellos, quién sería el mayor en el reino de los cielos. Es el mundano afán de sobresalir, nuestra naturaleza íntima que se muestra, queriendo exponer a la luz pública nuestros méritos. Es el mercadeo de nuestra labor caritativa “Ved compañeros cuán buena es mi labor” Y en ese afán de sobresalir y de querer el reconocimiento público nos alejamos del servir humilde que nos pide el Espíritu.

El que se inicia en caminos espirituales siente que se adentra en un universo nuevo, y la imaginación exaltada le dibuja mil aventuras posibles, en donde uno mismo se yergue en protagonista destacado. No es malo querer la santidad, llenarse del Santo Espíritu, pero nada tiene que ver eso con vernos a nosotros mismos como seres cercanos a la milagrería espectacular o a una iluminación interior que cause admiración. ¡Hay que huir de esas visiones y fantasías!

El camino de Dios siempre va por senderos, nunca por avenidas. Y esos senderos son caminos de humildad. Y… ¡qué difícil es vivir en humildad! Requiere de un duro entrenamiento, y un profundo conocimiento íntimo de uno mismo.

La humildad es la disposición permanente a servir a los demás, a considerar al prójimo como un señor, como a un hermano querido, como la persona en la que volcar nuestro amor…  no importándonos cuál parece ser nuestro criterio ni nuestra conveniencia. Y esa actitud de servir no es un “servilismo” vacío y agrío, porque eso tampoco conduce a Dios. Un servir lleno de amor y ternura, que anula nuestro ego y sus afanes, pero que no anula nuestro juicio crítico, sino que el juicio, libre de todo reproche, recriminación o afán protagonista, es emitido y se expresa con paz serenísima. Y esto es imposible de alcanzar sin oración, sin una oración profunda, continuada, permanente. Sólo sintiendo la cercanía de Dios podemos llenarnos de su amor.

La humildad está firmemente adherida a nuestra capacidad de perdonar. Si no sabes perdonar no sabes lo que es la humildad. Pero es mucho más que eso. Si no sabes perdonar una afrenta  en el momento en que la sufres tampoco vives en la humildad. Sin duda, es en esa capacidad, casi instintiva, de anular el orgullo y vivir en esa actitud de servicio y amor al prójimo, donde reside el secreto de la humildad, cuyo principal fruto es una serenidad imperturbable. El que sabe perdonar descubre su ser indestructible, pues reconoce que no hay daño sufrido que le haga mella, sabiendo que el amor todo lo puede, todo lo cura. Pero el que sabe ser humilde está tan cerca de Dios… que su amor le ha curado antes incluso de sufrir daño alguno.

El humilde es libre de toda atadura, pues todo lo ve desde la óptica de Dios, se ha desasido de las pesadas cadenas del ego.

Mateo 20, 26-27; Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo

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