Presencia de Dios

Aunque la lluvia sea fina y sus gotas minúsculas, nada en sí mismas, poco a poco calan la tierra, y la anegan, y forman tenues arroyos, que se funden en torrentes impetuosos, que a su vez desembocan en vertiginosos ríos, …algunos tan caudalosos y anchos que no se distingue una ribera desde la otra.

Pero tal afluencia sería imposible sin cada una de esas minúsculas pero valiosísimas partículas de agua que en su día cayeron del cielo…


Todo ser humano tiene a su alcance un tesoro extraordinario; el tesoro de la felicidad, de la paz.

Sin embargo vivimos de espaldas a él, y lo buscamos en dónde realmente jamás lo hallaremos.

Perseguimos fuera de nosotros lo que solo en nuestro interior puede darse

Este tesoro se nos da gratuitamente, porque no necesitamos aportar sino nuestro tiempo…

un tiempo escaso, minúsculo, diario.

Pero ese tiempo, día tras día, es como  fina lluvia.

En sí misma parece que no moja, que no cala…

Pero atesorada, jornada a jornada, hace brotar un manantial de gracia,

de él fluye una fuente de vida,

y se desborda en un río de conocimiento

Ese tiempo es el rato de oración que has de practicar a diario

En él se atesora la verdadera paz,

la experiencia de un viaje interior,

que no es sino el descubrir el Reino de Dios

Experimentar verdaderamente que la naturaleza de tu alma

sólo halla en Dios su perfecto descanso.

Y querrás que la dicha de este encuentro inunde tu día

Así recolectarás celosamente la gracia que como fina lluvia se derrama sobre ti

y escrupulosamente procurarás que tu vida se empape de este torrente de amor que brota en tu corazón

Primero sentirás como el que se acerca a un manantial a saciar su sed

así dispuesto acudirás diariamente a tu rato de encuentro espiritual con El

Pero después, con el tiempo, hallarás que la fuente de amor que nace en la oración se desborda

y va llenando cada instante del día,

y encontrarás la cercanía, la Presencia de Dios

en cualquier momento, en cualquier lugar,

en el que puedas hallar un instante de recogimiento,

de oración

en la que el alma mire a Dios.

Y en esta facilidad del encuentro

se halla la dicha de la vida contemplativa

de aquel que en todo momento siente, dentro de sí, la paternal presencia de Nuestro Dios.

En esa mirada interior, sostenida y permanente, se esconde el secreto del don del divino abandono

de aquel que vela espiritualmente y desconoce el temor a la prueba

porque sus ojos siempre permanecen despiertos

y luminosa y resplandeciente su alma

Marcos 14, 38: Velad y orad, para que podáis hacer frente a la prueba, pues el espíritu está bien dispuesto, pero la carne es débil.

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