Llevar la Cruz

Un hombre encapuchado cargaba un pesado fardo a su espalda, que le obligaba a andar encorvado y a gemir de dolor. El peso le forzaba a mirar al suelo y la capucha caía sobre su rostro, ocultándole la luz, de manera que apenas vislumbraba sus propios pies al avanzar. En esto le llegó una ráfaga de viento y su rostro quedó descubierto y la mirada despejada. Así vio que no estaba sólo en el camino. Una multitud como él avanzaba penosamente compartiendo la marcha, cabizbajos y apesadumbrados, incapaces de ayudarse entre sí, pues cada cual ya tenía bastante con lo suyo.

Cuando la adversidad es absoluta, cuando la contradicción nos aplasta, cuando nuestra nulidad es evidente, cuando nos sentimos solos y abandonados,… es entonces cuando el hombre siente verdaderamente que descansa sobre la roca de su fe.

Todos sufrimos en esta vida, y ante el dolor, todos los hombres somos intimamente iguales

Sí, no importan nuestras convicciones, si tienes o no tienes fe alguna… da igual nuestro estatus social, nuestra edad o nuestro sexo… ni siquiera nuestras circunstancias por mejores que puedan parecer, nos librarán del sufrimiento, de la ausencia de paz, de la adversidad.

¡Qué equivocados están aquellos que piensan que les falta una o dos circunstancias en su vida para gozar de paz interior, o la felicidad!

Incluso los que han descubierto la vida espiritual no están a salvo del sufrimiento,… pero, ¡qué gran diferencia entraña el dolor para aquel que ha emprendido la búsqueda de Dios! Como cambia la vida cuando el alma fija su mirada en Dios

Porque el que busca a Dios, experimenta ciertamente como una vivencia interior, que en la adversidad y el sufrimiento halla el alma el medio de crecer en Amor. He aquí el gran misterio del cristiano, que en el amor a la cruz halla la fuente de plenitud,…. la única fuente de plenitud; el Amor. Es el misterio desentrañado por Jesús, con sus palabras… y con su vida. Incluso su propia muerte fue una muerte plena de Amor.

Cuando se sufre por algo es porque de la manera en que deseamos ese algo no está purificada en el amor de Dios. Cuando todo ha sido puesto en sus manos y amamos su voluntad, el sufrimiento cesa y el alma crece en amor, es capaz de amar más… y más.

Así sucede cuando buscamos a Dios rectamente y dejamos de buscarnos a nosotros mismos y nuestra felicidad

Cuando perdonamos a quien nos ofendió

Cuando humildemente pedimos perdón a quien ofendimos

Cuando renunciamos a nosotros mismos buscando la felicidad de los demás

Cuando nos abandonamos en las manos de Dios y nos desasimos de las cosas de la vida

Cuando nos enfrentamos al final de nuestra existencia y descubrimos el descanso en la misericordia divina

Cada vez que encontramos a Dios en la adversidad el alma crece en su amor y se colma… así sucede que el sufrimiento nos ha elevado y purificado.

Y el momento en el cual el Espíritu actúa en nosotros y produce esa experiencia, ese milagro del reencuentro,  es en el tiempo de oración

Pero en ocasiones el sufrimiento no cesa con la facilidad que deseamos… a pesar de desear y buscar a Dios…

Aunque mantengamos la mirada interior en Dios, en buscar satisfacer su voluntad, la pena que sufrimos es mayor a nuestra capacidad interior de apartarnos de nosotros mismos, de renunciar a nuestro ego. Hay ocasiones así, en las que por más que el alma quiere aferrarse únicamente a Dios, El se esconde de ti, ¿para qué?..¿por qué?

Tal vez para que el alma aprenda a buscarle aún con más ímpetu y decisión. Porque el que ha experimentado este crecimiento en el amor, ante el convencimiento de esa certeza espiritual, sabe que estar alejado de su Dios es un sufrir, es un error, es un pecado… y ante la experiencia del sufrir comprende esa lejanía, que quiere remediar ante todo con todas sus fuerzas. En esos momentos en los que busca arduamente a su Señor, el alma comprende su propia debilidad y miseria, su absoluta dependencia de Dios y por eso, como dos enamorados que se han mantenido apartados por largo tiempo, el alma que reencuentra a Dios tras su ausencia, halla que su deseo de no apartarse de aquel a quien ama es más decidido y fuerte que nunca.

El sufrir es el síntoma de la imperfección, de nuestra lejanía del Señor, y la paz interior es el síntoma del reencuentro. Pero con cada reencuentro estamos más cerca de El, más llenos de El, más puros en El. Así pues, para acercarnos a nuestro Padre hemos necesariamente experimentar la adversidad, y el vencer a nuestro ego. Y así, el cristiano, aunque  goce de la paz interior y no  desee el sufrimiento, tampoco habrá de temerlo.

Y la dicha y el gozo del reencuentro hace que la adversidad merezca la pena, porque nos llenamos de Dios.

Sucede que el sufrimiento para el alma de fe es una transición a un estado más pleno, una purificación de amor, un vaciarse del ego y llenarse de Dios.

Pero… ¿qué hacer en esos momentos de intenso dolor y agonía que parece que todo se nos viene abajo y en los que siquiera en la oración parece el alma hallar reposo?

Medita entonces en la Pasión del Señor, y siente tú mismo, sobre tus hombros, el duro madero de la Cruz, y que tu dolor, ofrecido a El, sea también un dolor de Redención.

Dile entonces a Jesús con tu corazón, en la oración: “Señor, hoy y ahora, yo estoy compartiendo tu dolor y tu agonía”

Juan 19, 17-18:  Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota, y allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en medio.

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Una respuesta a “Llevar la Cruz

  1. la verdad que con cada item que leo crece mi esperanza de poder conocer el camino para acercarme a dios

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