Sed como niños

Un sabio  contemplaba una noche estrellada y se maravillaba por lo vasto del universo creado, su infinita extensión, su inabarcable medida… y pensaba en qué palabras podría emplear para explicar la insignificancia del hombre en relación al universo que habita, cuyas leyes apenas empieza a comprender, y que convierten al ser humano en  una minúscula e infinitesimal parte de la Creación. Y entreteniéndose en esos pensamientos más hondamente comprendió el abismo que mediaba entra la inteligencia del hombre y la mente del Creador que todo lo ha hecho.

En la vida espiritual a menudo nos tropezamos con dificultades, y es que la lógica del mundo es muy diferente a la lógica espiritual. Vivimos en un mundo donde el sentido común, es decir, el buscar nuestro propio interés, es lo normal, y donde la lógica, la razón, gobierna naturalmente en nuestra forma de obrar. Pero curiosamente, en la vida espiritual, estos parámetros, el sentido común y lo razonable, muy a menudo son un estorbo, una manera equivocada de percibir e interpretar nuestra realidad interior. Expliquémonos. Amar es darse sin medida ni contrapeso. ¿Qué opina el sentido común sobre eso?… en esta sociedad donde el compromiso es volátil y los matrimonios que no se rompen escasean ¿quien ama sin reservas y se entrega sin cálculo alguno? De la misma manera ¿qué lógica humana nos lleva a amar a nuestros enemigos? Sí, indudablemente la vida espiritual es un camino muy diferente al que predominan en nuestros canones sociales.

Así mismo, y de igual manera, en nuestra vida ordinaria buscamos la respetabilidad y el aprecio de los demás. Queremos quedar bien, sobresalir y destacar. Vivimos en cierto modo pendientes de lo que los demás puedan pensar de nosotros, y si es algo positivo eso nos hace sentir bien, y si sucede al revés nos sentimos desdichados y despreciados por los demás. ¡El honor y el respeto del mundo nos resultan tan importantes! Este afán puede ser también extensible al que inicia su andadura espiritual pensando en qué grandes metas y ambiciones se abren ante él mismo, y de como también su vida, que pretende virtuosa, puede ser encomiable y fuente de respeto y alabanza. Y así nos preguntamos, ¿qué he de hacer para que mis méritos sean aún mayores?

Pero nuevamente la vida espiritual, el camino que nos conduce a Dios, lleva una dirección muy diferente a esa búsqueda de prestigio, respeto, reconocimiento. La luz de Dios en nuestro interior es muy poderosa, y quien se adentra en el conocimiento y búsqueda del Amor de Dios se encontrará muy a menudo, con el tiempo cada vez con más frecuencia, con la certeza de lo poco merecedor que es uno mismo de estar en Su presencia, de merecer Su amor. Y es que a la luz de la oración, conforme se acerca a Dios el alma, quedan en evidencias la podredumbres y egoísmos, no sólo de la vida presente, sino también de cuando no se buscaba a Dios o cuando ese afán no resultaba tan esencial, aunque a nosotros mismos así nos lo pareciera en ese entonces. El comprender esto y nuestra abismal distancia de la perfección puede provocar un hondo desánimo, un decir, “qué lejos estoy de la meta”,” es imposible que Dios pueda aceptarme”. Es curioso que esto no suceda sino cuando el alma ya ha superado muchos y difíciles obstáculos, y digo curioso  pues parece un desánimo más del principiante que del que lleva andado parte del camino.

Ocurre que cuando nuestra vida se ha ordenado, o al menos eso creemos interiormente, con respecto a Dios, porque mantenemos unas prácticas de piedad, porque experimentamos la dicha de su paz, y porque vivimos de acuerdo a lo que dicta su Amor, puede ocurrir, repito, que nos veamos como personas ejemplares dignas de imitar, que nuestras prédicas son eficacísimas y somos un modelo de virtud. Ante semejantes vanaglorias me imagino que nuestro Padre ha de sonreirse viéndonos con con tales pretensiones cuando en el fondo tan solo hemos dado unos titubeantes pasos en su dirección y apenas hemos mejorado escasamente alguna que otra virtud. Basta que El arroje un poco de luz en nuestra vida para que nos sintamos el más miserable de los cristianos, indignos de El por completo.

Y es que la vida espiritual requiere un empequeñecerse uno mismo para poder crecer interiormente. Cuanto más espacio quitemos a nuestro ego más espacio tendrá Dios.

¿Y cómo se deja espacio a Dios en nuestro interior? Sólo hay un medio, a través de la humildad.

A través de la humildad comprendemos que nada ganamos por nosotros mismos. Los cambios que puedan darse en nosotros nunca serán méritos nuestros, sino dones del Espíritu. Cuántas veces luché contra defectos durante años y bastó pedirlos humildemente en la oración, derrotado y convencido de mi imposibilidad de mejorar en sus correspondientes virtudes por mi mismo, para que el milagro se produjera. La humildad, este cierto convencimiento de nuestra incapacidad, es la fuente de la gracia. Me atrevería a decir que la debilidad de Dios son las almas humildes que comprenden verdaderamente su propia inutilidad, pues en ese entendimiento El halla el medio de expresarse verdaderamente, pues todo logro quedará claro para el alma que será manifiesta obra de Su gracia.

Vista así la vida espiritual, no podríamos sino que decir que ante Dios hemos de ser como niños, que en nada valemos por nosotros mismos. Como ellos requerimos de la atención de nuestro Padre celestial. Nada podemos sin El. En todo hemos de consultarle y casi pedir que sea El el que haga las cosas por nosotros, pues nos sabemos inútiles y desvalidos, demasiado torpes y poco sabios para  obrar en la bondad. Como un niño que no sabe ganarse el sustento por sí mismo y acude a su padre y en todo depende de él, así ha de suceder en nosotros en nuestra vida espiritual. A El siempre hemos de tender nuestras manos en la oración para que nos sostenga, nos guíe y nos de las gracias necesarias para seguir avanzando en pos de El.

En el Reino de Dios el alma no ha sino de rendirse una y otra vez a la gracia de Dios. Tened este convencimiento; nada podemos por nosotros mismos. No hay nada por lo que vanagloriarse.

Mateo 18, 1- 3: En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús diciendo: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: de cierto os digo, si no os volvéis y hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos

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