La intención lo es todo

El mundo de las ideas pertenece a la superficie y todo lo que piensas es visible.

Sin embargo, lo que Sientes, lo que Vives, pertenece a otro nivel de consciencia.

Es el mundo de las intenciones, que está oculto.

Para conocerte, para Vivir, has de sumergirte en él…

… pero para ver, necesitarás luz.

Generalmente las personas prestamos atención a nuestras ideas y razonamientos. Nuestra consciencia es eminentemente racional, y como tal, sucede que las ideas son “visibles” a la razón. Pero el observador atento ha de darse cuenta de cómo, tras una misma idea, subyacen muy diferentes intenciones. Sin embargo, las intenciones pasan desapercibidas a la razón. De hecho ¡a menudo conviven diferentes intenciones tras una misma idea! Así, una idea es como una gruesa cuerda, compuesta por mil hebras que son las intenciones. ¿Serías capaz de distinguir una de otra?

Parece que no tiene importancia el que en nuestro interior podamos acomodar intenciones encontradas, pues pensamos que si lo que estamos haciendo es bueno, o conveniente… da igual determinar hasta que punto qué intenciones conviven en nosotros bajo lo que pensamos o hacemos. ¡Ah! pero qué importantísimo es ver, escudriñar, comprender cada una de ellas. Si vieras tus intenciones y supieras encaminar las acertadas en la dirección correcta y eliminar aquellas que son malvadas… ¡cómo cambiaría tu vida! Hacer eso salvaría matrimonios, amistades… evitaría sufrimientos y angustias… encontraríamos el camino de paz que nos lleva a Dios…

Cuando un marido dice que quiere a su mujer… ¿qué nos dice realmente?… ¿que haría lo que fuera por ella?… o … ¿qué la necesita porque no sabría que hacer sin ella? La primera revela una actitud de amor, de darse. La segunda una actitud egoísta, de necesidad. Ambas conviven dentro de una misma idea: “quiero a mi mujer”… ¡y seguro que pueden coexistir multitud de intenciones más dentro de esa misma idea! Cuando expresamos esa idea… podemos estar viviendo en mayor o menor medida intenciones puras en el amor y otras contaminadas por el egoísmo.

Si te dijera que la intención con la que obras en cada instante de tu vida determina tu felicidad en ese momento

Si te dijera que si supieras encaminar tu intención en la dirección correcta vivirías en paz y plenitud… ¡permanentemente!

Porque en el amor el alma humana se colma, y en el egoísmo encuentra insatisfacción y sufrimiento. Estamos hechos por el Amor para el Amor.

Tenemos la felicidad al alcance de nuestra mano… pero no sabemos como asirla porque  no tenemos luz para adentrarnos en el invisible mundo de las intenciones.

¿Quieres saber cómo eres?, ¿qué es lo que hay de bueno en ti, -y me refiero a bueno a todo aquello que te hace pleno- y qué hay de malo – y en esto me refiero a todo aquello que te hace sufrir-? Está distinción es sumamente importante, porque si fueras capaz de eliminar todo aquello que te resta como persona, que te empequeñece, que te frena… ¿cómo serías? ¿No serías acaso un ideal de ti mismo, capaz de expresar todo lo bueno que hay en  tu ser en potencia? ¡Ah!, si todas nuestras energías se volcaran en la dirección correcta…¡qué cambio! Qué diferente sería el mundo.

Cada vez que haces algo, incluso simplemente, piensas, una maraña de intenciones se entremezclan, como si entrelazaras los dedos de ambas manos, con tal fuerza que pareciera imposible separar  unos dedos de los otros… ocurriendo que algunos de ellos representan el bien, la capacidad de hacerte de ese simple acto una persona plena porque son intenciones en el amor, mientras que otros, que representan el mal, el egoísmo, anulan la capacidad de los primeros y hacen de nuestras vidas una continuidad de situaciones relativamente insatisfactorias. Qué importante es darse cuenta de esto: a menudo una acción o un deseo de hacer algo abarca tal cantidad de intenciones tan distintas, desde la vanidad a la generosidad, ¡todo se mezcla!…. ¡Ah! , ¡si pudieras desentrelazar esa madeja y quedarte sólo con lo bueno! ¡qué cambio tan espectacular habría en tu vida!

Pero claro… ¿cómo es posible que una persona se conozca si no se empieza tan siquiera por intentar comprenderse a sí misma? Para ello necesitará dos elementos: tiempo y luz. Tiempo, porque nada es gratuito. Así como el estudiante que prepara una asignatura ha de dedicar un tiempo al estudio, así mismo acontece con cada uno. Sin tiempo, sin regularidad, sin orden, jamás podrás gozar del disfrute del propio conocimiento, de avanzar en un venturoso camino que no es otro que el de la verdadera sabiduría.

Y necesitarás luz… porque en nuestra oscuridad interior, ¿cómo distinguir lo que es bueno de lo que es malo? ¿De veras piensas que es una elección personal el determinar lo que sienta bien al alma de lo que no? ¿crees que lo bueno o lo malo obedece a meros criterios sociales y paradigmas estetico-psicológicos? Que no te oscurezcan la mente ese tipo de planteamientos fríos y relativistas. La búsqueda de la bondad que hay en ti sólo puede tener como referencia la búsqueda de la máxima bondad, que es Dios. Efectivamente, sin Dios, no tendrás referencia, no tendrás luz… y así podrías determinar lo que arbitrariamente a ti se te antoja bueno o malo…y efectivamente, jamás alcanzarás ni la plenitud ni el propio conocimiento pues nunca distinguirías las intenciones que te elevan de las que te hunden. Estarás siempre atado, esclavizado por tu Ego. De hecho creerás que tu Ego eres tú.

Ah, pero en este momento, cuando digo “bien” y digo “mal” no te estoy hablando de un rígido corsé ético-moral con unas reglas establecidas que hay que aprender de memoria. Bien es amor. Mal es egoísmo. La bondad colma al alma. La maldad causa vacío y ansiedad, nunca da plenitud. El amor es la intención que busca la voluntad de Dios, que no es otra que vivir en actitud de amor hacia todos. El egoísmo es la intención que busca tu satisfacción directa, mira en el exterior de uno mismo a fin de proveerse de lo que parece que ha de saciarnos. La bondad es darse. La maldad es apropiarse. Y la comprensión de esto se traduce no en unas normas de comportamiento externo, sino en la sabiduría íntima de cómo es uno mismo. ¡Es una experiencia! Y qué experiencia…. La actitud ante la vida, una vez se vive en este conocimiento, cambia por completo, pero no porque tu raciocinio ha asumido un pesado código de reglas morales – eso ya lo hacían los fariseos y ya sabemos con que éxito- sino porque de corazón quieres, deseas, anhelas, vivir para el Amor.

¿Y cómo habrás de descubrir con el tiempo y con la luz  esto de lo que te hablo? En el escrutinio de lo que es uno mismo se ha de comprender que nuestros deseos, aspiraciones, intenciones… hasta para la cosa más nimia, tienen dos objetivos posibles; satisfacernos a nosotros mismos, o satisfacer al prójimo, y en última instancia, a Dios. Y no es fácil determinar esto salvo que empieces a indagar frecuentemente dentro de ti. Descubrirás que el alma está hecha para amar a Dios, porque El es  Amor, el único fin último de las intenciones que te harán alcanzar la auténtica plenitud. La circunstancia en la que confluyen los dos factores que necesitas para este viaje; el tiempo y la luz,  no es otra que el tiempo de oración. En él, lleno de humildad, es como poco a poco se inicia el lento conocimiento de cómo se es realmente, en ese tiempo has de aprender, en tu amplísima libertad, a elegir  el amor y abandonar  el egoísmo.

En la oración el alma ha de aprender a encaminar sus intenciones a Dios.

Juan 7, 16-17: Jesús les respondió: La doctrina que yo enseño no es mía, sino de aquel que me ha enviado. El que está dispuesto a hacer su voluntad podrá experimentar si mi doctrina viene de Dios o es mía.

Juan 8, 12: Jesús volvió a hablar a la gente, diciendo: Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no caminará a oscuras, sino que tendrá la luz de la Vida.

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Conócete a ti mismo

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