Parábola del administrador infiel

Un hombre que había triunfado en la vida se despertó un día con una curiosa sensación. Se sentía como aquel actor que protagonizaba una aparatosa obra de teatro, con un numeroso elenco de actores,  inmejorable atrezo y magnífica puesta en escena … pero él, desde lo alto del escenario, contemplaba la pantomima de sus compañeros de reparto y el artificio del cartón piedra del decorado. “Así pues”, se hizo esta profunda reflexión, “¿estoy viviendo para mí o para que los demás me admiren?”

Es más que conocido el caso genérico de aquel, que habiéndose encontrado en trance de muerte y que milagrosamente salva la vida, una vez recuperado, ve la vida con ojos diferentes. Deja de prestar atención a unas cuestiones que antes consideraba importantes, y se centra más en otras que son las que empieza a valorar como de una categoría superior. Ni que decir tiene que estos valores a los que se aferra ese “resucitado” son muchísimo más humanos, mientras que aquellos de índole material pasan a un segundo plano. ¿Por qué?

La cercanía de la muerte pone cada cosa en su sitio. El considerar que nuestro fin no sólo es próximo, sino inmediato, hace que todas nuestras metas y aspiraciones mundanales se desvanezcan como un espejismo en el desierto. ¿De que nos sirve algo que es absolutamente inalcanzable? Nos damos cuenta que para nada nos llena… es más, comprendemos que lo único que nos puede llenar es el cariño, el amor, la humanidad. Las personas que han estado en un trance de muerte a veces se recuperan con un síndrome denominado “la alegría del resucitado”, es decir, de aquel que contempla la vida con nuevos ojos y descubre que nuestro fin personal está, verdaderamente, a la vuelta de la esquina. Y en esa segunda oportunidad que tienen de vivir no quieren equivocarse.

No hay sabiduría más grande que esta: comprender que todo lo material es absolutamente transitorio. Es absurdo basar nuestra felicidad en construir un castillo de arena que tarde o temprano se desmoronará. Lo más que conseguiremos con ello es pasar la vida entretenidos pero… qué lástima, perder la vida en un puro entretenimiento cuando podías estar ¡viviéndola! Y… ¿cómo se vive la vida? Sólo de una única manera, llenándola, cada instante de cada minuto, de amor. Ah, que doloroso resulta incluso, cuándo has descubierto esto, que a veces se te han pasado horas sin crecer en amor. Quién ha descubierto esta verdad no habrá día que concluya sin que de una manera u otra su corazón haya buscado ese crecimiento interior en el amor. Sin eso, habrá sido un día perdido, un día sin Vida.

De esto habla la parábola del administrador infiel. Este administrador no es sino aquella persona que ha descubierto la verdad inmutable del ser humano, nuestra alma está hecha para amar, y no hay mayor amor que el que se profesa a Dios, y en contraste a este descubrimiento percibe que los bienes y circunstancias materiales obedecen a un señor caprichoso, el mundo, que tarde o temprano, cuando lo considere, acabará por “despedirnos”. Puesta nuestra mirada interior en la búsqueda de Dios, todo lo material que nos rodea en esta vida girará en torno a la satisfacción de ese máxima búsqueda. Así pues, el que ha descubierto el poder del Amor será infiel al señor del mundo, y utilizará de los bienes materiales de los que disponga transitoriamente en esta vida para servir a Aquel que realmente le proporciona la paz, la dicha y la vida eterna.

Este es el sabio que ha sido iluminado, y comprendido el artificio del mundo, como el actor que observa la tramoya desde el escenario. Cuando has estado en lo alto y comprendes que quizás, lo único que te llena del  éxito es la admiración de los demás,  la envidia que te puedan tener, o el sentirte “mejor situado” que el resto,… Ah, qué iluso puede ser aquel que observa al actor desde la grada pensando que le gustaría vivir en ese escenario… ¡si es puro cartón piedra!

Lucas 16 18: Dijo también a sus discípulos: Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y éste fue acusado ante él como disipador de sus bienes. Entonces le llamó, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo acerca de tí? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo. Entonces el mayordomo dijo para sí: ¿Qué haré? Porque mi amo me quita la mayordomía. Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que haré para que cuando se me quite de la mayordomía, me reciban en sus casas. Y llamando a cada uno de los deudores de su amo, dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi amo? El dijo: Cien barriles de aceite. Y le dijo: Toma tu cuenta, siéntate pronto, y escribe cincuenta. Después dijo a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Y él dijo: Cien medidas de trigo. El le dijo: Toma tu cuenta, y escribe ochenta. Y alabó el amo al mayordomo malo por haber hecho sagazmente; porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s