Generosidad

Un ángel miraba  a la multitud de hombres necios, que se afanaban durante sus vidas en atesorar riquezas, posesiones, saber… y asombrado decía para sí: ah, qué gran ceguera la del hombre… ¡si el alma humana sólo es feliz cuando da!

¡Qué difícil es crecer en amor! … y ciertamente que resulta casi imposible si no es por medio de la oración.

Una persona llena de amor, que vive el amor como una actitud universal hacia el prójimo, dispuesto a desear el mayor bien a cuantos le rodean, incluso a los que se consideran nuestros enemigos, puede percibir que en muchas ocasiones esa disposición se basa en un saber escuchar, consolar, participar de alegrías y tristezas… se trata de una disponibilidad hacia el prójimo en el sentido de ser capaces de transmitir alegría y esperanza, perdón y reconciliación, paz y tranquilidad. Pero no siempre se tratará de lo que podemos hacer desde nuestro interior. En muchas otras ocasiones se necesitarán de medios materiales, y entonces es cuando la bondad se traduce en generosidad.

Y es que podemos ser generosos por nuestro natural carácter… ¿pero lo somos de corazón? No te estoy hablando de ser generosos en cuestiones que no cuestan, porque obviamente, todos tenemos una mayor o menor predisposición a ser espléndidos… o tacaños. Hablo de que,  sea cual sea nuestra predisposición interior, innata, a ser bondadosos o generosos, siempre surgirán situaciones en las que nos solicitan ayuda – tanto por nuestro tiempo, tanto por los recursos que dispones hacia  los demás – de una manera tal que nuestro primer juicio interior dictamine: “esto es excesivo”. Es cuando el Ego se subleva argumentando que ese acto, esa generosidad, va más allá del sentido común, de lo que deberías hacer, de lo que es correcto. Surge un desasosiego; me gustaría ayudar, pero no hasta ese punto.

La generosidad abarca áreas muy diversas. No es sólo la capacidad de ayudar al que lo necesita con bienes materiales, sino también es la capacidad de poner a disposición de quien lo necesite nuestros propios bienes. Es curioso como el egoísmo se interpone incluso en las actividades más simples y nos plantea: “si reúno a mis amistades en casa me estropearán el sillón nuevo”, “me dará mucho trabajo”, “gastaré mucho dinero en preparativos”, “ese favor me supondrá un gasto de gasolina”, “esa persona nunca hizo nada por mí”…. Lo malo es que a veces nos lanzamos a ser generosos pero sintiéndonos fatal, porque lo que nos empuja a serlo es un “qué pensarían de mi si no lo hago”. Ah! qué terrible error, que oportunidad perdida, ¡qué nefasto es vivir encadenado al propio egoísmo! Huimos del dolor causado por el qué dirán al dolor causado por el desprendimiento. En ese caso habrás sido generoso en apariencia, pero…  ¡que ocasión perdida para crecer en amor, alegría… de acercarse a Dios!

Ah, que espléndido y maravilloso es buscar a Dios en la oración, al topar con un obstáculo como éste, y hallar el amor dentro del propio corazón, para que ese malestar generado por nuestro egoísmo se disuelva, se disipe como una mala neblina y el sol de la mañana nos haga llegar su luz y calor. Busca el amor de Dios en tu interior, ese deseo puro de amarle por encima de todas las cosas, pues de la intranquilidad y el desasosiego que provoca el egoísmo pasarás a la dicha y felicidad que causa el amor. Ese será el síntoma de hallar la recta intención en tu interior. Esa recta intención que busca complacer a Dios sólo se dará cuando el compromiso de la discreción sea absoluto y firme y cuando el propósito de generosidad cuaje en tu interior sin ningún ánimo de obtener correspondencia, ni ahora, ni nunca. Que nadie sepa de tus buenas obras, que nadie las vea, sólo nuestro Padre, esa ha de ser la intención que guíe tus buenas obras. Vive el desprendimiento de las cosas del mundo con la mirada del alma fija en Dios y la alegría será perenne en tu vida.

Buscar a Dios es crecer en amor… amparando en la discreción nuestras buenas obras… perdonando… renunciando a uno mismo…. desprendiéndonos de lo mundano… rindiéndonos  a la voluntad de Dios… pero hay mucho más, en cantidad, en calidad, de ese crecimiento. Mira si no la vida de los santos…  cada día podemos dar un paso en la buena dirección ¿estás seguro que no dejaste pasar ninguna oportunidad de crecer en amor? Cada paso nos acerca más a Dios, un camino largo, sí, pero lleno de armonía, que sólo culmina en una entrega absoluta y total, como Jesús nos enseñó: Nadie ama más que el que da la vida por sus amigos. ¡La vida!, ¡ciertamente no hay grado de amor mayor que ese!

Y en este camino de crecimiento no mires lo bienes materiales – y siempre temporales-  como un pobre fin en tu vida, sino que sean medio por el cual el amor inunde tu alma. Y es que todo en esta vida puede verse en clave de amor… ¡qué alegría descubrirlo!

Lucas 16, 9: Así que os digo: Haceos amigos con los bienes de este mundo. Así, cuando tengáis que dejarlos, os recibirán en las moradas eternas. El que es de fiar en lo poco, lo es también en lo mucho.

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