El final de los tiempos

Un rey decidió  conocer la lealtad de sus súbditos. Tomó a su ministro más reputado y a un humilde y anciano campesino, y a ambos les comunicó que había decidido juzgarlos y que caso de no hallarlos merecedores de confianza, los mandaría ejecutar. El ministro, alarmado, contrató importantes abogados y elaboró una sofisticada defensa, no exenta de sútiles amenazas veladas al monarca. Sin embargo el campesino se limitó a decir con voz serena: “soy pobre y humilde, mi casa está abierta para vos y mis tierras libres para vuestro tránsito. Nada puedo temer de mi señor pues en nada he podido engañarlo”

Desde que el hombre es hombre, la consideración del fin del mundo siempre nos ha fascinado. Tanto mitologías como teorías científicas, desde las profecías de Nostradamus a las de los santos de la Iglesia, la recurrente predicción del fin del mundo de una manera u otra nos cautiva. Sin embargo estas páginas se dedican exclusivamente al crecimiento interior, así pues, ¿qué es lo que puede aportar la consideración de este asunto en nuestra vida interior, si es que puede aportar algo?

Lejos de lo que pudiera parecer, sea cierta o no la presunta proximidad de este cataclismo mundial, las vivencias derivadas de la lecturas de estos temas pueden implicar un crecimiento interior, una oportunidad espiritual, digna de tenerse en cuenta, porque siempre se cumple aquella ley espiritual que dice  que  todo lo que provoca una pérdida de paz interior nos brinda a su vez una oportunidad única de crecimiento. Eso sí, en este caso se requiere un grado de fortaleza espiritual sin la cual difícilmente podrá resultar algo bueno. Y es que la consideración de este tema, tiene que ver, poco más o menos, con la reflexión sobre la finitud de nuestra propia existencia, un asunto que muchos esquivan abiertamente por desagradable… ¡pero es nuestro destino ineludible!, al menos en lo que concierne a lo  material.

Si quieres investigar en internet sobre este asunto desde una perspectiva de creyente, o al menos de persona con inquietudes espirituales, te propongo que indagues este recorrido en tus búsquedas en google: Garabandal, Medjugorge, Anguera. Son tres lugares que tienen en común ser célebres por sus apariciones marianas. Para completar el circuito también la lectura de “la Verdadera Vida en Dios” -tienes un enlace en esta misma página- ayudará, no sólo por ser una lectura espiritualmente muy recomendable, sino también porque contiene referencias al tema que nos ocupa. Pero como antes advertía, este comentario que lees no está destinado a valorar si son ciertas o no dichas profecías, si no más bien a contemplar su influencia en nuestra vida interior.

Al parecer según los entendidos, no es lo mismo el fin del mundo que el final de los tiempos, un paso previo que según “muchos” se halla próximo. Al margen de profecías mayas, peliculas hollywodienses y demás, la consideración de un cercano “fin de los tiempos” a nuestro mundo de hoy significaría, según lo que se puede deducir de la lectura del libro del Apocalipsis, un castigo a la humanidad por lo mucho que se ha alejado de Dios. Pero castigo no como un medio de venganza y resentimiento divino, sino como un acto de justicia y misericordia. Justicia porque castiga a la humanidad que ha apostatado y elegido el mal. Misericordia, porque a través del castigo emerge una humanidad renovada espiritualmente, más plena y próxima a Dios.

La consideración del final de los tiempos como completa y brutal erradicación de nuestro modelo de civilización actual supone para el individuo que lo considere como una posibilidad real y cercana -abandonado toda consideración de índole morbosa que para nada sirve- todo un terremoto interior. El comprender que todo lo que nos rodea, incluidos nosotros mismos, puede desaparecer de un plumazo, desbarata toda la estructura de preocupaciones-planes-proyectos que podemos construir en nuestro interior. Esos frágiles andamios se deshacen como un castillo de naipes ante la consideración de un acontecimiento de tal magnitud. Si haces el recorrido que te propongo al principio de estas líneas y lees respecto al tema propuesto sufrirás probablemente una conmoción interior: es posible que una gran intranquilidad se apodere de ti. ¿Es mala?

Como toda situación en la vida interior recordaremos algo que ya se ha dicho más de una vez: uno permanece alejado de la paz interior, y por ende, de la felicidad, tanto tiempo como se quiere, no porque nos agrade la intranquilidad, sino  porque el recuperar la paz dependerá de cómo encaremos interiormente y con qué propósitos, las revelaciones que conciernen a este tema, es decir, depende de nuestra voluntad encaminada en la dirección correcta.

En primer lugar, ante la presunta inminencia de acontecimientos de caracter doloroso, una persona se llenará de temor; temor por uno mismo, por sus seres queridos, por perder todo lo que se es o se posee… El miedo ante la catastrofe no es sino, como todo lo que implica una pérdida para el Ego, una inquietud, una angustia… un sufrir. Sucede que en este caso el grado o nivel de la angustia puede ser incluso mayor, porque ahora además, dentro de estas consideraciones de “pérdidas”, se añade un elemento intranquilizador completamente nuevo: posiblemente el alma encara por primera y verdadera vez la cuestión de  si realmente la vida que hemos mantenido hasta la fecha es verdaderamente agradable a los ojos de Dios,… o no. El descubrimiento de esta perspectiva, de Dios como Juez, hará que se produzca en nuestro interior una importante sacudida. Descubrimos que una cosa es cómo nos vemos nosotros mismos, otra distinta es como nos ve Dios a nosotros. El conocimiento de esta alternativa, su vivencia interior, abre la puerta de uno de los siete dones del Espíritu Santo: el Santo Temor de Dios.

En primer lugar, para reencontrar la paz interior -nuestra brújula en el camino que nos lleva a Dios- hará falta un firme y renovado propósito de acercarse a la voluntad de Dios en cada momento del día, de cada día de cuántos nos queden por delante. (Lo primero que habrá de hacerse para buscar esa voluntad será la práctica de la oración). En este propósito, aunque puede haber una sacudida motivada por el “temor”, lo importante es que el imán que empuje el alma, sea, como en todo lo anterior, el amor, auténtica fuente de paz y dicha. Así, el primer grado de paz no se halla  sino en un renovado propósito de crecer en el amor a Dios sobre todas las cosas.

No obstante queda algo por aprender. El segundo grado que ha de alcanzar el alma para ganar una paz aún más profunda es la del conocimiento cierto de que, ante el fin de nuestras vidas, sea de una forma, sea de otra, habremos de acudir a la Misericordia de Dios, sabiendo  que a pesar de intentar buscar su voluntad cada día con más empeño, nuestra naturaleza es absolutamente imperfecta y nada somos sin El. Nuestra garantía de paz ha de ser la Misericordia de Dios, que en su infinito amor por nosotros pase por alto nuestra débil voluntad, nuestra incapacidad de correspondencia a su bondad infinita. Ah, pero no caigas en un fácil engaño con esta amable consideración. ¿Tiene sentido que quieras la Misericordia divina en un futuro, cuando teniéndola hoy y ahora a tu alcance – a través del sacramento de la confesión – la rehuyas y la desprecies?  Decía Jesús a Santa Faustina  que quien rehuya la divina Misericordia habrá de conocer la divina Justicia. -Y aprovecho para recomendar la lectura de los diarios de esta santa, hermosos textos centrados reiteradamente sobre el descubrimiento de la Misericordia de Dios- .

Como siempre, una vez que el alma vence satisfactoriamente una perturbación, un sufrimiento, se produce un avance,  y en este caso no es nada desdeñable. Sucede que  una vez  experimentada la consideración de este tema, y recuperada la paz interior, se empieza a percibir la existencia diaria de una manera completamente nueva  y verdaderamente muy positiva. Veamos qué ha cambiado.

Si una persona entiende el “final de los tiempos” como algo que podría  vivir en primera persona, esta convicción, por leve que sea, supondrá  un importante empujón en la intensidad con la que  experimenta su propia vida. Lejos de convertirse en algo que amarga o inquieta, el alma que aprende a encontrar la paz a raíz de las dos consideraciones antes expuestas, experimentará una completa capacidad de vivir cada instante plenamente, porque las preocupaciones por el futuro se acaban difuminando, se disuelven como azucarillos en agua. Es el presente con sus posibilidades reales de crecer en amor, de vivir en caridad y armonía con el prójimo, de ejercitar el trato con Dios… es el ahora lo único que vale, porque el desconocer cuán próximo o lejano se encuentra el final de todo, de nuestra vida, en suma, acaba haciendo más relativos que nunca nuestros sueños y metas futuros, y estos no parecen sino lo que verdaderamente son; lejanos espejismos. No es que haya que abandonar todo proyecto futuro, sino que éste se sitúa en su justa medida en nuestra escala de intereses, y aún siendo importantes, meritorios, necesarios… nunca nos descentrarán del “ahora”, del “hoy”. La posibilidad de una vida plena es ¡ahora mismo!. Y es que… alcanzada esa paz interior que ni siquiera el “final de los tiempos” es capaz de remover… ¿que nueva paz o felicidad nos puede aportar el pensar  ahora en metas y objetivos futuros, más improbables cuanto más lejanos, más quiméricos cuanto más imaginarios?

Lucas 21, 34-35 ; Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día. Porque como un lazo vendrá sobre todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra.

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