El misterio de la humildad

Cuentan que le preguntaron a San Francisco por qué había recibido precisamente él extraordinarios dones, tanto en amor, alegría, pobreza…como en todo género de virtudes, y éste respondió con mucha sencillez: “porque sobre la faz de la tierra no había nadie que fuera más inútil e inválido que yo para esta tarea, de tal manera que todo lo que yo lograse quedase claramente en evidencia que no era por méritos míos, sino obra del Señor”

¿Nos es lícito creer o pensar que llegado a un hito del camino, un alma no pueda progresar en el amor de Dios hasta que no comprenda cuan verdaderamente inútil e infructuosa es su lucha por sí misma, que nada vale, y todo cuanto en ella pueda haber de bueno ha sido puesto en ella sólo por Dios?

Sí, verdaderamente así es. Y esto se cumple una y mil veces en nuestro lento camino de ascenso de la vida interior.

A menudo se entiende la vida espiritual como una “lucha ascética”. Lucha en tanto que tenemos que vencernos a nosotros mismos en inumerable cantidad de facetas, luchar contra nuestro ego, en suma. Ascética por cuanto nos eleva espiritualmente. Pero quizás esta lucha no estriba en ganar méritos y batallas por nosotros mismos, sino en un “desmontarse” a sí mismo, en el sentido de que es un desmontar nuestro ego… un comprender “nada somos, nada valemos por nosotros mismos” todo lo contrario a lo que clama esa negativa fuerza interior del egoísmo, que incluso para lo bueno quiere apropiarse de la vanagloria de alcanzar la excelencia o la santidad.

Nos referimos aquí a la primerísima de las virtudes: la humildad. El primer grado de humildad estriba en la comprensión que cada vez que seguimos a nuestro egoísmo sufrimos, y que para acercarnos a Dios hay que crecer en amor, y consecuencia de ese acercamiento experimentamos una plenitud vital. Pero si examinamos ese “alejarnos” del Ego comprendemos que nos hacemos menos pendientes de nuestros deseos y más pendientes de lo que nos pide Dios y del servicio al prójimo. La humildad es imprescindible para descubrir la rectitud de intención, el perdón, la renuncia a nosotros mismos, el abandono en las manos de Dios … es un constante doblegar al Ego.

Pero cuando más fuertemente se vive esta experiencia interior de nuestra inutilidad, es cuando “comprendiendo” lo que somos a los Ojos de Dios quedamos anonadados por nuestra pobrísima valía…. y tenemos que rendirnos ante la Misericordia divina porque comprendemos espiritualmente que por nosotros NADA valemos ni nada podemos, es en ese momento cuando el alma empieza a vivir interiormente un segundo grado de humildad: ¿qué somos sin las gracias que Dios nos ha concedido… sin su perdón y misericordia, su infinita paciencia y amor? Esta es la entrega, una experiencia que vive el alma en lo que aquí, en este blog, se denomina el séptimo círculo, y no es sino una rendición interior ante la magnitud de este descubrimiento. Nada tiene que ver con abandonarse a una vida disipada en la que no hay esfuerzo ¡todo lo contrario! El empeño de buscar a Dios se refuerza porque en este acto interior se reconoce que somos destinatarios de la misericordia divina y esta misericordia nos llena de amor y gratitud. Y a través de dicha entrega o rendición se logra un último grado de paz espiritual, si se me permite hablar de este modo.

Aquí la humildad es la puerta que nos permite acceder a un nuevo universo dentro de la vida espiritual, pues entendemos que todo lo hasta ahora obtenido no es sino gracia de Dios, y que todo progreso que quede por delante no será sino, por la misma razón, obra Suya.

Pero… ¿es posible aprender algo más de esta importantísima lección? Sin duda que sí. Una y mil veces tropezamos con los mismos defectos, frente a los cuales intentamos superarlos desarrollando sus virtudes contrarias. Esta lucha ascética se puede convertir quizás en nuevo territorio gobernado por nuestro ego sintetizado en un deseo similar a este: “quiero conseguir esta virtud”. Quizás en el camino espiritual sea un planteamiento erróneo. Quizás el verdadero camino está en la humildad que entraña reconocer en una oración  nuestras carencias; “Padre, mira cómo soy, de cuánto carezco. Te suplico te dignes concederme la gracia de la virtud que tanto necesito… o el don de ver en el prójimo a tu amado Jesús, para que me comporte con él como esperas de mí…   que tu Santo Espíritu infunda en mi alma la gracia de crecer en verdadera sabiduría…  en fortaleza…   en piedad!” ¿Quieres mejorar tu trato con el prójimo… tu presencia de Dios durante el día… tu capacidad de consolar… ser una fuente de alegría para los demás… y sobre todo encontrar el Amor de Dios en tu vida e iniciar la bendita andadura de la existencia espiritual…? Todos estos milagros se pueden dar en ti siempre que tengas claro que TODO  habrá de ser para gloria de Dios. ¿A qué esperas para pedirlo siendo consciente de tus carencias y miserias y qué es el Señor que permite llenar tu alma de gracias una vez humildemente te inclinas ante El?

Tanto hay que pedir y… ¡qué equivocadamente pedimos!… a menudo cuestiones exclusivamente materiales que faciliten nuestra vida… pero, ¿eso nos acercará a Dios? La mayoría de las veces no. La oración… todos los caminos espirituales parten y terminan en ella… ¡qué importante es!

Y este camino de crecimiento espiritual es el camino de la humildad. A partir del conocimiento de nuestros defectos, tanto pequeños como grandes, de nuestra lucha incesante por desarraigarlos, no podemos sino concluir que si no es una gracia o un don divino, nada podremos hacer por nosotros mismos, por mayor que sea nuestro empeño. Que todo tu camino interior parta de esta importante premisa: toda bondad que logres en esta vida no  será sino un don del Señor por el que deberás estar tan eternamente agradecido como realmente sorprendido, pues en ti experimentarás la acción poderosa del Espiritu Santo; serás Su instrumento en la tierra en tanto comprendas esta importante regla: NADA valemos sin DIOS, NADA podemos sin EL. Así, a tanto más rebajarnos nosotros, más puede Dios a través nuestro.

He aquí el verdadero misterio; a través de la humildad, lo extraordinario se hace sencillo.

Mateo 11, 29: y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas

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