Mortificación

Una vela que ilumina, se consume,..  una hoguera que arde, se consume, … una estrella que brilla, se consume,  pero ninguna luz es tan poderosa como el alma que arde y se consume en el amor.

En estos tiempos de hedonismo la palabra “mortificación” hace que a muchos, incluidos los cristianos, se nos ponga el vello de punta. Parece que sale a relucir aquello de la doctrina de la Iglesia que resulta caduco, trasnochado y arcaico. Se nos viene a la mente gente poco más o menos que se autotortura sanguinolentamente, personas con graves problemas de autoestima, acomplejada y asediada por los remordimientos. Pero ya hemos visto que la vida de un cristiano consiste en lo siguiente: nacer al Amor, crecer en el Amor, colmarse de Amor. ¿Qué tiene que ver la mortificación con esto?… y, en primer lugar, ¿qué es la mortificación exactamente?

Precisamente a través del conocimiento de cómo es el amor verdaderamente es cuando descubres lo que es la mortificación… y también, por la misma razón, se descubren qué cosas parece que son mortificación y no lo son. Exploremos una vez más los caminos del Amor, pero esta vez en pos de esta dirección en concreto; la mortificación, o lo que es lo mismo, la renuncia a uno mismo.

El amor, darse a los demás desinteresadamente, es una actitud en la vida que nos colma de plenitud cuando la mirada del alma está fija en Dios, porque al estar nuestros ojos en El vemos en el prójimo a un hermano. Esta actitud en la vida, llena y da pleno sentido a cada instante de la existencia, por monótona y sencilla que pueda aparentar ser. Esta caracterización de lo que es el Amor tan sencilla y breve esconde muchos tesoros. “Darse a los demás”… ¿qué significa para ti? Para mi implica estar más pendientes de su felicidad que de la mía. Implica comprender cuáles pueden ser las necesidades del prójimo en un momento dado… , y supone estar dispuesto a plegar nuestras personales preferencias en pos de las del prójimo. Esta capacidad de renunciar a nosotros mismos no es sino el primer y más elemental de los medios  por el cual un alma se mortifica -muere a sí misma- y crece en amor.

En segundo termino está aquella mortificación ejecutada como una renuncia a nosotros mismos que no tiene en ninguna otra persona repercusión de clase alguna. Es aquella que se ejecuta exclusivamente para los Ojos de Dios. Queda en secreto entre nosotros y El. Es nuestra ofrenda particular, un ejercicio del alma que se recuerda a través de ella que quiere crecer en Amor de Dios y ofrece su pequeño mérito, en forma de molestia, renuncia, ayuno, incomodidad, … con el fin de crecer en amor… y el amor es su fruto. Este género de mortificación esta vinculada a la penitencia o al desagravio, y para explicarlas te preguntaré lo siguiente: ¿alguna vez has obrado mal con alquien que querías y después, arrepentido, entregas un ramo de flores… o tal vez otro regalo que demuestre tu arrepentimiento? Ese gesto, lleno de amor, no es otro que la penitencia. El desagravio también es un acto de amor, aunque a través del mismo quieres hacer llegar tu amor a quien ha sufrido un mal por parte de otro y tú con tu gesto amoroso te esfuerzas en consolar. Como ves, ambas actitudes tienen como contrapartida el amor puro, en este caso ofrecido y buscando a Dios. Pero estas exigen de nosotros un grado superior en rectitud de intención y sobre todo, un serio examen de conciencia… pues ¿qué sentido tiene este género de mortificaciones si después somos incapaces de ser generosos, abnegados, serviciales, sacrificados por los demás? Resulta precipitado hablar de este concepto si no existe en nuestra vida un compromiso sincero respecto al prójimo. Si no estamos llenos de amor en las cuestiones que respectan a las personas que nos rodean, si no participamos en tareas de voluntariado en la medida de nuestras posibilidades reales, si no existe algún género de compromiso respecto al prójimo… ¿a qué viene esta mortificación más elevada?

Y… ¿qué significa  esto de mortificarse? Cuando renuncias a ti mismo sucede que te vacías de ti… de tus aspiraciones, deseos e intenciones, por muy legítimas que puedan ser… pero a cambio de ese vaciarse de lo que el Ego te reclama, -incluso en cuestiones justas y honestas-… el alma que se entrega por el bien del prójimo ¡se llena!,  te llenas de Amor. Y es que resulta que el alma sólo se puede llenar de Amor… , el alma humana es así, ni más ni menos, y la mortificación bien entendida, lejos de resultar algo desagradable y caduco… ¡nos hace felices! Sí… así es. Y sin embargo nos viene a la mente cristianos que conocemos que ni son felices ni nada parecido. ¿Será que no son almas mortificadas?… ¿o será tal vez que no saben mortificarse correctamente? Una respuesta afirmativa a cualquiera de estas cuestiones sirve para efectivamente decir que sí, es imposible ser feliz si no existe interiormente el espíritu de la renuncia a sí mismo o ésta no se lleva a cabo correctamente… y esto es así de manera universal, da igual que es lo que una persona crea o deje de creer,  es la naturaleza del alma humana y no la podemos cambiar.

Y es que si conoces este blog sabrás ya que uno de sus principales lemas es el siguiente: “La intención lo es todo”. Incluso aparentando la bondad en un acto, lo importante es la intencion.   Puedes salvar al Titanic de hundirse y acto seguido rescatar a miles de refugiados de una epidemia de tifus en Africa… parece una acción meritoria, altruista, llena de bondad… pero si en tu interior lo has hecho por vanidad y no por amor, te sentirás bien mientras la gente te alabe, pero cuando dejen de hacerlo te verás obligado a recordárselo a amistades y conocidos para que tu Ego pueda seguir inflado un poquito más de tiempo… – por cierto, muchos se  se pasan la vida así, ¿verdad?, recordando ansiosamente a todos sus méritos y logros- . Cuando haces algo por amor se necesita de la discreción para evitar que ni la vanidad ni el egoísmo estropeen la bellísima rosa del amor que brota en el jardín de tu alma, -y disculpadme esta frase tan cursi-. Pero es así, lo único que te llenará interiormente y adornará verdaderamente tu alma es el amor. Entonces… ¡qué importante es descubrir por qué hacemos lo que hacemos! ¿No?  Precisamente por esto es tan importante, tan vital, tan sagrado, el tiempo de quietud en el que nos contemplamos a nosotros mismos a la luz más poderosa y potente que imaginarse pudiera: la luz de Dios. Estoy hablándote del tiempo de oración. Hacer mortificación sin hacer verdadera oración supone embarcarse en un velero y adentrarse en alta mar sin timón, ni cartas de navegación… ni un simple sextante… es ir a ciegas. ¿Dónde llegarás? Posiblemente llegues al puerto de la desesperación, extraordinariamente amargado en poco … o mucho tiempo, dependiendo del grado de fortaleza estoica que poseas.

Desgraciadamente todos olvidamos lo trascendente que es la intención. Pensamos que lo importante es hacer las cosas. Un día nos dicen que tenemos que ser abnegados… y hacemos una lista pensando que ya estamos en pos de la santidad, pues la santidad no es sino hacer una serie de cosas que tenemos en una lista. Sí… muchas espiritualidades de diversa índole se explican a través de un plan de vida, y desgraciadamente no es tan sencillo. A veces esta lista de tareas se convierte en una pesadísima carga que echamos en los hombros de nuestros hermanos, a los que incluso siendo niños en vida interior, le exigimos la fortaleza de un atleta espiritual. Y ser cristianos es llenarse de amor, no una lista de cosas que hacer. Si no descubres cómo llenarte de amor en una mortificación, sea de la clase que sea, no la hagas, porque tu intención no es recta, sino que acude a la oración y encuentra en tu interior el verdadero fruto con el que tu renuncia adquiere valor; amor. Si no te llenas de paz cuando renuncias a ti mismo en bien del prójimo, acude a la oración y encuentra el sosiego, la intención correcta. Si no vives la mortificación con alegría…y me refiero a que no estas alegre, sino con pesar,  es que no la haces con amor… y entonces no estás haciendo mortificación… estás haciendo otra cosa bien distinta: alimentando la autocompasión tal vez, engordando un raro espíritu de ego estoico,… otra cosa en suma, pero ni es cristiano ni es amor. Entonces es cuestión de parar. Tal vez estas intentando levantar un peso excesivo para tu edad espiritual.

La renuncia a uno mismo es un paso que el alma tiene que aprender a dar. Fíjate que no te hablo de lo externo. Ayunar es fácil… hacerlo con la intención correcta es dificilísimo. Ceder un derecho que nos corresponde en bien de otra persona es fácil… hacerlo sin que nadie se entere, ni siquiera el beneficiado, no lo es tanto… y lograr que sea un acto de puro amor, muchísimo más difícil aún. No, no son fáciles los caminos del amor… de hecho, ninguno de los pasos que se describen en estos “siete círculos” del alma lo es, porque una cuestión es que nuestra naturaleza racional comprenda lo que significa un concepto, y otra cosa absolutamente distinta es que el alma mire y obre en la dirección correcta… ¡eso es algo que cada cual aprende por sí mismo! Al principio costará más. Cuando descubres la manera, el medio de sortear el obstáculo… ¡qué alegría!… y cada vez costará menos.

Aprender estos caminos del alma exige tiempo y mucha luz… esto es,  tiempo de oración. La paz interior es siempre la brújula, si no la encuentras en lo que haces, es que estás errando el camino, pues todo lo que te lleva al Padre te da paz. Ora, siempre ora, porque … ¡qué rápidamente puedes aprender con la ayuda del Espíritu lo que de otra manera jamás conocerías!

Juan 12, 24 De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.

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