La Verdad os hará libres

Un hombre bienintencionado pidió en oración la capacidad de comprender a las personas, de ver su interior como si fueran transparentes, de entender sus deseos y aspiraciones, de llegar a cuantos le necesitaran con las palabras y consuelo debido, de oir a aquellos que clamaban ayuda, pues deseaba servir a las almas y a Dios como mejor fuera posible. Y viendo Dios que su intención era recta, se lo concedió. Fue entonces cuando el hombre oyó el perpetuo y largo gemido de sufrimiento de la Humanidad doliente.

Estamos esclavizados por el pecado… y no nos damos cuenta. Sé que es una mala frase para empezar un artículo pero es que como no comprendemos ni siquiera cuáles son las cadenas que nos atan… ¡cómo expresar esta idea tan importante y tan universal!

La satisfacción de nuestras aspiraciones personales en la vida parece que es la meta de nuestra existencia particular. ¿Cuál es el sentido de la vida si no ese? Muchos dicen que es el instinto marcado por miles de años de evolución el que nos condiciona, y así, el sentido de la vida es propagar nuestros genes a través de nuestra descendencia. Pero conozco muchas personas con hijos, incluso con diferentes parejas, cuya vida no es ningún paradigma por cuanto se refiere a paz interior o felicidad. Los hay que hallan el sentido a la vida en el crecimiento personal a través de la erudición y el conocimiento… pero los he visto sufrir y reconocer que llega un momento que todo cansa. Finalmente sucumben al deseo fácil de la vida entretenida. Caen derrotados porque toda aspiración vital que no cuenta con el esquema básico de cómo somos realmente nace viciada, no procurará satisfacción plena, cansará. Y esto sin hablar de aquellos que buscan simplemente metas materiales, con las que por supuesto, nunca se saciarán.

La mayoría permancemos atados por una pesadísima cadena, tan firmemente sujeta a nosotros que estamos convencidos que forma parte de nuestro ser. De hecho nos movemos al unísono de la cadena, identificando nuestros deseos con los caprichosos tirones que nos da, tan intrínsecamente unidos que nos parecen somos una misma cosa, y así unas veces en una dirección, otras veces en la contraria, nos empuja violentamente,  impidiéndonos siempre encontrar sosiego y plenitud en nuestra vida. Es como el amo que tira de la correa de su mascota, siendo ésta incapaz de comprender y dominar el camino que el dueño emprende en cada momento.

La paradoja de nuestra existencia es que hemos sido creados para ser felices y sin embargo en la búsqueda de esa felicidad no hallamos sino angustia… y como mucho, breves episodios de dicha, escasos, aislados. ¿Por qué sucede esto? Sucede porque en la búsqueda de la felicidad es esa pesada cadena de hierro la que tironea de nosotros, siendo cada deseo insatisfecho una dolorosa sacudida y sucediendo además, que cada vez que conseguimos algo, inmediatamente se nos impele a correr en otra dirección, nuevamente empujados por ese yugo inexorable. Lo curioso es que… ¡pensamos que somos libres!

Crees que eres libre porque puedes elegir en la tienda de ropa la prenda que más te gusta… o que en su día elegiste a la mujer que hoy es tu pareja… o el momento en que ibas a tener hijos… o por la carrera profesional por la que optaste… pero yo no te hablo de esa libertad. Te hablo de la libertad de elegir entre la causa que va a llenar tu vida de plenitud y dicha o aquella otra que nunca te proporcionará verdadera felicidad y paz, sino esporádicos destellos de una felicidad que no puedes retener, ¡tan fugaz y efímera!

Es la perenne disyuntiva entre  satisfacer a Dios, buscar al Amor y aprender a amar y crecer en el amor, o satisfacer tu ego, que no es otra cosa que caer en el dominio del pecado, y torturarse en un lento encerrarse en sí mismo.

Y es que sucede que estamos hechos para amar a Dios sobre todas las cosas. Una vez descubres esta Verdad en ti mismo … empiezas a Vivir, porque ante ti se extienden los vastos e inmensos territorios de la vida interior, capaz de llenar de amor y plenitud hasta el instante más anónimo e insignificante de tu vida… y efectivamente, descubres la libertad pues te desprendes de una pesadísima carga que hasta la fecha te había hecho gemir de dolor, sojuzgado, amargado, entristecido, angustiado… tu egoísmo, el pecado.

Juan 8, 31-32; Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en Él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres.

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