Conócete a ti mismo

Un maestro decía a sus alumnos; la enseñanza y la vida comparten una misma paradoja, sólo cuando nos damos cuenta de que nos hemos equivocado es cuando verdaderamente estamos listos para aprender.

A menudo decimos, yo soy de tal o cual manera. Nos identificamos con una serie de virtudes y defectos,  inherentes a nosotros, e incluso no dudamos en atribuirnos dichos “méritos” a una aleatoria condición que marca nuestra vida, el signo zodiacal. El “ser” de una manera determinada, el tener un determinado carácter, es algo de lo cual a menudo sentimos un cierto orgullo y hasta presumimos de lo que hablando objetivamente, no puede sino considerarse un defecto. Pero en esa afirmación de cómo somos existe un “o lo tomas o lo dejas, yo no voy a dejar se ser como soy”

En suma, pensamos que nos conocemos porque sabemos cuál es nuestro carácter.

No, eso no tiene nada que ver con conocerse a sí mismo. Podría decirse como el que ve las ondas sobre la superficie de un lago, y viéndolas deduce; “alguien tiró una piedra”. El conocimiento no radica en las ondas que ves, sino en por qué se tiró la piedra, por qué las ondas son cómo son, por qué a veces vemos esas ondas y otras veces no. Eso requiere un auténtico conocimiento de quienes somos. De hecho, este conocimiento de cómo es cada uno nos acerca a los demás, porque, sencillamente, todas las personas  somos íntimamente idénticas. El conocerse profundamente a sí mismo te abre las puertas para el conocimiento del espíritu humano. Comprendes como es la intención que nos mueve la que nos define verdaderamente.

Pero sucede en el camino del propio conocimiento que es justo en las ocasiones en las que podemos aprender   cuando menos aptitudes tenemos para ello. Cuando estamos atenazados por los nervios y preocupaciones, cuando estamos llenos de enfado o incluso ira, cuando hemos perdido el dominio, cuando la melancolía y la tristeza nos vencen, cuando las circunstancias nos han alterado, ese resulta ser el preciso momento en el que verdaderamente podríamos conocernos. Es justo en esas circunstancias de descontrol cuando deberíamos centrarnos y mirar en nuestro interior e indagar en la fuente del desasosiego.

En el momento en el que somos capaces de aplacar el ánimo y someternos a ese escrutinio interior podemos comprender la naturaleza del sufrimiento, por qué lo sentimos, donde está su origen. Comprendiendo el origen del dolor y viendo la naturaleza de nuestra reacción descubrimos los misterios del alma.

Si eres capaz de aplicar este análisis observarás siempre que la ausencia de paz tiene su origen en una demanda, en una necesidad no satisfecha. Nos falta amor, cariño, reconocimiento… hemos perdido a alguien que necesitabámos, o algo que teníamos, carecemos de bienes que nos gustaría tener, o un aspecto físico determinado,… nos han ofendido, ultrajado o menospreciado….por no mencionar el gran aniquilador de la paz interior, el miedo… Hablo del miedo a perder cualidades, circunstancias de nuestra vida, posesiones, atributos… La pregunta es; ¿Quién te plantea esas necesidades? Observa que esa necesidad de poseer algo de lo que careces se halla en tu propio ser. El comprender esta sed del espíritu dentro de cada uno es vital, porque es la fuente de todos los desasosiegos, y en el medio para saciarla se halla una fuente de paz, de invulnerabilidad. (Si quieres leer más sobre esto: La sed del espíritu)

Pero no nos desviemos. Lo que es digno de reseñar es que cada perturbación del alma es una fuente de conocimiento propio. Puedes limitarte a sufrir la pena, la ira, el odio, la tristeza, el miedo, la angustia… o puedes indagar dentro de ti, y comprender la raíz del dolor… ponerle nombre a esa fuente. Yo lo hice y decidí llamarla “ego”. Y también entendí que yo no soy mi “ego”. Yo soy libre de elegir lo que él me dicta, y seguir sufriendo… o elegir afrontar esa misma circunstancia que me altera de otra manera, por otro camino, y ese otro camino no es otro que la búsqueda de Dios, un camino absolutamente liberador. Así entiendes que, en el fondo, todos tenemos libertad de elegir cómo somos, siempre hay dos opciones radicalmente opuestas, y entre ambas, un sin fin de combinaciones intermedias.

Para el alma que se inicie en este camino de libertad sucederá que, acostumbrada a vivir en paz, cualquier perturbación se convierte en un terremoto, rapidamente y casi como un acto reflejo, cuando pierda dicha tranquilidad, realizará la oportuna introspección, se dará cuenta de en qué momento el egoísmo tomó el control, y hallará el medio oportuno para cambiar. Los siete círculos de los que se trata en este blog no cuentan sino cómo es esa senda espiritual, de cómo hallar la paz interior,  y de cómo aprender a recuperarla para cada una de las circunstancias que nos apartan de ella.

Tenemos ocasión de aprender cómo somos cuando no vivimos en paz. No te conformes con vivir en la turbación, el enojo, la melancolía,  el pensar “yo tengo la razón” mientras el odio, la rabia, o el desasosiego conviven contigo. Aprende a buscar  la paz en tu interior.

Juan 14, 27; La paz os dejo, mi paz os doy;  Yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.

Más sobre este tema:

La intención lo es todo

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