¿Vives … o te entretienes?

Un caminante llegó a una encrucijada. Multitud de caminos se abrían en diferentes direcciones que parecían conducir a espléndidos castillos, maravillosas ciudades o imponentes parajes. Numerosas indicaciones advertían al viajero de las excelencias de cada ruta y era fácil dejarse tentar por las promesas de diversión que aquella publicidad indicaba. Sin embargo al caminante le llamó la atención un discreto y solitario sendero, apenas distinguible, que serpenteaba hacia las montañas. Las únicas advertencias que figuraban allí eran de carácter austero. “Si quiere transitar por este camino escarpado habrá de llevar poco equipaje y encontrará pocos lujos”.

He hablado con personas respetables que me cuentan su vida. En raras, ocasiones cuando la narración termina y se adentra la conversación en el terreno de la confidencia, se descubre que a veces, una vida muy ocupada nada tiene que ver con lo que significa una vida plena.

Antes me resultaba absolutamente imposible, e incomprensible, la diferencia entre ambas cuestiones porque, cegado por el ansia de hacer cosas, lograr objetivos, conquistar metas, me parecía lógico no vivir en plenitud porque estaba a la espera de conquistar lo perseguido. El hecho de estar en el camino de lograrlo ya me procuraba una placentera satisfacción, pero era siempre a costa de ser consciente de que mi sacrificio actual representaba mi dicha futura. Lo que sentía y apaciguaba mi intranquilidad no era otra cosa sino una efímera sensación de anticipo. Sin duda de esta experiencia vivida también por muchos otros arranca la célebre máxima que dice más o menos: lo importante no es a dónde te lleva el camino, sino éste en sí mismo. Es curiosa esta aseveración porque en el fondo te está reconociendo que el objetivo, como más tarde verás cuando lo alcances, no merecía la pena, así que  más vale que saborees ese tiempo que se  escurre en su búsqueda. Inmediatamente, cuando logres lo ansiado, habrás de buscarte otro fin. ¿Cuán vana resulta la meta entonces, si más bien parece como la zanahoria que se nos pone delante para que sigamos andando, verdad? ¿De veras crees que no es importante a dónde vas, sino el camino en sí mismo?

¡Qué grandísimo error! Entre otras cosas es la victoria del relativismo, da igual lo que hagas… mientras persigas tus sueños. Pero claro, cuando has experimentado llegar a la cima que durante años has escalado y comprendes el valor relativo de tus anhelos… o cuando hablas con personas mayores que tras una aparente vida plena, llena de trabajo, de reconocimiento público, incluso de amor, al menos, como digo, aparentemente… y te reconocen privadamente que no experimentaron la plenitud, sólo la búsqueda de la meta, ¡ah!, en ese momento confirmas que sólo hay un verdadero camino, una auténtica verdad, una vida plena para la cual estamos hechos y que nadie puede cambiar, aunque sí negar o desconocer.

Sí, podemos pasar la vida ocupados y entretenidos, haciendo lo que se nos presenta como más apetecible. Desde disfrutar viajando, divirtiéndose con las amistades, desarrollando aptitudes personales y profesionales en grado heroico, cultivándonos intelectualmente, o aplicando nuestro tiempo libre en lo que nos apetezca… pero si la vida solo se te queda en eso, es más que probable que simplemente te estés entreteniendo. ¿Cómo reconocer la diferencia entre Vivir y entretenerse?

La diferencia estriba en la felicidad. Paradojicamente la felicidad y la paz interior es algo que se degusta y se halla en el silencio y el recogimiento interior, no es compatible con el entretenimiento. Sin embargo vivimos en la sociedad del hiperentretenimiento. Existen multitud de cachivaches y ocupaciones diseñadas para entretenernos, y en cierto sentido está muy bien de una manera u otra cultivarnos; bien leyendo un libro, o escuchando música, practicando deportes y todo género de actividades… aunque en la mayoría de las ocasiones el entretenimiento es de índole audiovisual -que requiere en general pocas dosis de esfuerzo intelectual-. En suma, no podemos degustar la paz y la dicha si estamos ocupados… de hecho, me atrevería a decir, que ocupamos nuestro tiempo a fin de evitar el doloroso encuentro con nosotros mismos que acompaña al silencio.  Porque en la soledad con nosotros mismos nos enfrentarnos a los problemas sin solución de nuestra vida, y eso causa angustia. A cierta edad se comprende, cuando se mira el futuro, que son muchos los infortunios que nos esperan. Tal vez efectivamente sea cuestión de tiempo el que se resuelvan, para bien o para mal, pero está claro que la respuesta de la sociedad ante el dolor del alma es “entretenerse”… y aquellos que no logran asirse a una meta vital, o un entretenimiento, caen víctimas de depresiones y melancolías. En tanto que no halles la solución al conflicto interior con el que todo ser humano ha de enfrentarse no conocerás la dicha ni la paz, simplemente, estarás entreteniéndote.

Vives cuando no temes la soledad contigo mismo, sino que incluso la buscas, porque en ella encuentras la fuente de la vida, la inspiración del amor, porque sabes que en ella ahondas en el trato con tu Creador, trato en el que El, poco a poco, te muestra cual es la naturaleza de tu propio ser y cómo, en la medida en la que te acercas a El, descubres que ese camino  es aquel para el que estás hecho, un camino que transformará tu vida. De ese encuentro surge la paz interior que reconforta, da absolutamente igual cuáles fueren tus circunstancias, las metas alcanzadas o malogradas, porque de todos los caminos posibles, sólo hay uno que merece la pena andarse, y es el de la Vida espiritual.

Esta búsqueda interior vista exteriormente parece desabrida e incómoda. Es el áspero camino ascendente que nos conduce a las montañas, nada atractivo en comparación con otros goces que nos puede dispensar la vida y que nos seducen con mucha más facilidad, caminos anchos y cómodos de andar, llenos de fantásticas promesas de diversión. Probablemente, como yo, has andado esos caminos… ¿has encontrado algo que mereciera la pena o aún esperas lograr eso que parece tan tan tan importante?

Mateo 7, 14; En cambio es estrecha la puerta y angosto el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran.

Más sobre este tema: La sed del espíritu

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