Hablar de Dios

Un hombre quiso incendiar el mundo. Pero su fuego no prendía ni ciudades ni bosques y su llama no quemaba la carne. Muchos quisieron poseer su fuego, porque era una luz que resplandecía en el interior de los hombres, pero sólo en algunos  permanecía. Ese fuego se propagaba por la palabra, pero ardía en los corazones y era una llama viva de amor.

Una persona no puede simular lo que le nace de su interior, pero sin embargo a veces sucede que existen cristianos, y por ende, movimientos cristianos, en los que parcial y ocasionalmente se actúa con espíritu voluntarista, que cifran su grado de éxito en función de parámetros humanos, es decir,  de un resultado contable, de un número determinado de personas a las que han convencido para participar en un acto religioso concreto, en sus actividades evangélicas, etc… todas las cuales no son sólo legítimas, sino muy loables. Pero sucede que en ocasiones los allegados participan más por hacer un favor que por auténtico interés. Sucede también que las personas que promueven la actividad se mueven a veces con las mejor de las intenciones, pero son las mejores intenciones …”humanas”

Ser buenas personas es algo meritorio y muchos encuentran en esta meta un atractivo a la fe. Enfrentados a este reto hacen de su vida una entrega enorme en la que sacrificada y abnegadamente se empeñan en vencerse  a sí mismos y también fruto de ese empeño, y en muchas ocasiones motivados por las personas en las que confían, también emprenden una fatigosa, tanto para ellos como para sus amistades,  actividad proselitista. Así se hace a través de conversaciones en las que no se tratan vivencias personales, experiencias interiores, sino frias cuestiones doctrinales y dogmáticas en las que el corazón nada tiene que decir. Sucede, al igual que ocurre cuando se empeñan en vivir la fe, que notan como en su interior algo chirría… por un lado les complacería cumplir todo lo que su fe les reclama, pero por otro lado falta motivación para dedicar tiempo a su vida espiritual y cuesta mucho más hablar de Dios y de la fe con quienes les rodean de lo que les gustaría, es algo forzado. Seguramente, si estuvieran en otro entorno  donde nadie les pidiera cuentas de su vida, la fe se diluiría suavemente y su escasa vida espiritual se marchitaría rápidamente.

¿Qué sucede? Muchos cristianos se aferran a un “código de conducta” cristiano que puede traducirse en una serie de actividades diarias o semanales de carácter religioso , en un cierto espíritu de sacrificio, en un buen comportamiento,.. en suma, ven la fe como cosas que deben hacerse – incluso la práctica de la oración va incluida en ese paquete de actividades – pero su alma no ha comprendido aún verdaderamente, íntimamente, enraizadamente, que es la fe que te acerca al Amor de Dios la que da plenitud a la vida. Si no te llenas de ese amor que es pleno y que es como un fuego con el que desearías prender el mundo…¿de qué te sirve tu fe?  La fe, vivida  sin el hondo entendimiento de esta convicción y sin la gratificante experiencia que proporciona, es una pesada carga que no ofrece ningún género de alivio y no es de extrañar que de esta manera mucha gente no sólo abandone este camino, sino que tan siquiera lo emprenda. Puede ocurrirnos  que  asistamos a estas actividades religiosas mientras la mente permanece en otro sitio, muy alejada de lo que hacemos.  Ocurre que estas actividades “religiosas” no son sino ocupaciones que rellenan nuestro tiempo y que en el fondo hemos aceptado porque nos agrada ese objetivo de “ser mejores personas”… y está claro que es algo que no se pierde de vista… pero sucede que también se anhelan otras cosas y el corazón sigue pletórico de multitud de ambiciones y sueños que muchas veces ni siquiera están supeditados a ese primer y gran mandamiento que deseado ardiente e intensamente nos abre la estrecha puerta del nacimiento a la vida espiritual: amar a Dios sincera y profundamente con todas nuestras fuerzas y por encima de todas las cosas. Sucede que no hemos encontrado aún ese tesoro interior por el cual estamos dispuestos a venderlo todo. Aún no nos hemos convertido verdaderamente. ¿Y cómo vamos a hablarle a nadie de un fuego que ni siquera  hemos encontrado? Por ello, antes de hablar a Dios a los demás, hay que asegurarse que uno mismo arde en ese amor verdaderamente en su interior … porque una vez que lo hayas encontrado no habrá muro ni barrera, ni obstáculo ni miedo, ni temor ni respeto, que te impida explicar lo que siente tu corazón.

Ah! Y es que Dios no quiere nuestro tiempo… para arder de amor ¡quiere nuestro corazón!

Lucas 12, 49: He venido a prender fuego a la tierra y ¡cómo desearía que ya estuviese ardiendo!

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2 Respuestas a “Hablar de Dios

  1. Pingback: Trackback

  2. Tienes razón hay mucha gente que se dice ser cristiana, creyente, que vive según la palabra de Dios… pero no es así, lo hacen para intentar sentirse bien ellos mismos y ser mejor vistos a los ojos de los demás. YO, soy consciente de que no vivo la plenitud espiritual que tu describes. Que más quisisera! pero… ojala la alcance.

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