Somos sembradores

Un niño tomó una semilla y la sembró. Afanosamente la regó y preparó la tierra en su derredor. Sin embargo al ver que el árbol que esperaba ver crecer no surgía raudo, que su tronco no emergía de la tierra como un surtidor ni veía las ramas expandirse y cubrir el cielo, … que tan siquiera  aparecía el más mínimo brote, y así, día tras día, impaciente y triste, dejó de preocuparse por lo que había plantado. Años más tarde cuando ya no estaba allí para verlo, el más grande de los árboles proporcionaba una amplísima y fragante sombra a los que a él se acercaban atraidos por su verdor.

Todo lo que haces, dices, piensas, tiene una enorme repercusión… pero no sólo sobre ti -para bien o para mal- , también sobre cada una de las personas que te rodean… y mucho más allá de ellas.

Decía Thomas Merton que las guerras, y en general todos los males de nuestro mundo, no son sino la suma de nuestros pecados individuales. Y es cierto. Nuestros egoísmos, menores, mayores, nuestras maldades se acumulan una tras otra, elevando una marejada incontenible de avaricia y egoísmo, que como una ola salvaje, rompe más allá de fronteras y culturas, esparciendo el fruto del mal mucho más allá de donde se sembró.

Como no nos detenemos a reflexionar sobre lo que es nuestra vida esto pasa sin que nos apercibamos. Tanto para bien como para mal, cada una de nuestras acciones –  incluso más importante por no resultar tan obvio – nuestros pensamientos, desencadena una oleada de réplicas, un suerte de eco de bondad… o maldad. Cuando por nervios, mal humor, estres, descargamos sobre quienes nos rodean  palabras que contienen  antipatía, exigencia, recriminación, estas se propagan como las ondas que un piedra hace al caer en el agua… en multitud de direcciones. Al que hemos incordiado con nuestras prisas o malos modos propagará el mal a su alrededor,… salvo que lo sepa contener, salvo que sepa perdonar. Nada es causa ni efecto directamente en el maremandum de las infinitas pequeñeces diarias, pero en ese caos en el que nos movemos las circunstancias son como las gotas de agua de una ola…parece que nadie es culpable en exclusiva, pero no podemos eludir que cada cual tiene su indiscutible parte de responsabilidad. Sí, quizás la primera cuestión sobre la que debamos reflexionar  acerca de las consecuencias de nuestras obras, pensamientos y palabras es en el hecho de que ignoramos por completo que concatenación de acontecimientos pueden precipitarse tras ellos, tanto para provocar el bien como el mal.

Y a partir de ahí surge una consideración realmente formidable. No podemos cambiar el mundo, la ola es demasiado grande para nosotros pero… ¡sí podemos intentar cambiar nosotros!, y esa sí que es una batalla que podemos ganar. Pero lo más increíble de ese cambio es que no sabes donde te va a llevar, ni el bien que va a esparcirse a partir de tus pequeñas acciones de bondad, y es que desconoces por completo a donde te conducirá tu capacidad de amar si te dejas llevar absolutamente por su poder. Con la misma facilidad con la que se esparce el mal puedes esparcir el bien. No puede haber aventura más fascinante que esta en la vida que esta; crecer en amor… y ver como esa onda se propaga más allá de ti mismo hasta perderse en el horizonte.

Y una vez que has emprendido este camino quisieras ir acompañado, porque comprendes que descubierto el amor ¡cómo podría trasnformarse el mundo! Descubierto el secreto quisieras compartirlo… pero es como intentar detener la poderosa corriente de un río… cada persona sigue el curso de su vida y apenas presta atención a tus palabras. Cada uno sigue su propia vida encadenado a sus propios afanes y preocupaciones…. y podría cundir el desaliento al comprender que las personas en su libertad, eligen ese dejarse llevar.  Es entonces cuando comprendes que nada de lo dicho y hecho se pierde, lo único que sucede que el fruto de las buenas obras, de las buenas palabras y deseos no está en tu mano recogerlos. No te impacientes nunca. Sucede que Dios no se mueve en nuestros plazos ni con nuestra lógica.  En nuestra ingenuidad infantil nos comportamos  como el niño que pretendía ver surgir a ojos vista un árbol al que lleva toda una vida alcanzar su plenitud.

Juan 4, 37: Porque en esto se cumple el proverbio: “uno siembra y otro cosecha”

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Una respuesta a “Somos sembradores

  1. Gracias por el fruto de un árbol tan bien plantado como lo es este texto.
    Realmente alimenta el alma.

    Vamos a plantar entonces!

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