Parábola sobre la mirada del alma

A veces los hombres somos como grandes hogueras resplandecientes visibles desde muy lejos. Otras veces somos como el faro que rasga la noche e ilumina una porción de tierra y mar durante una fracción. Rara vez sucede que somos estrellas que como un sol iluminan y dan calor a paises y continentes enteros. Pero la mayoría de las veces  somos un pequeño fuego, siquiera unas brasas,  que apenas bastan para alumbrar a unas pocas personas.

La intención lo es todo. Hasta que no descubres esto no podrás descubrir tu libertad.

A menudo nuestra concepción de la libertad es tan material que creemos que es algo que ejercemos muy de vez en cuando, esporádicamente. Los compromisos, el trabajo, las obligaciones… hasta lo que nos apetece hacer, todo condiciona el uso de nuestro tiempo, -nos queda poco tiempo “libre” decimos- y en última instancia, esa escasez de tiempo y “libertad” condiciona  la propia vida. Sin embargo hay una perspectiva, un descubrimiento interior, que lo cambia todo; somos libres, inmensamente libres, y ejercemos esa libertad en cada instante de nuestra vida. Descubrir esto es empezar a vivir… pero primero  debes adquirir conciencia de tu propia libertad, y sobre todo y en segundo lugar,  una vez consciente de las opciones que tienes, en cada segundo de tu existencia,  saber elegir correctamente.

La mirada del alma es la intención. Dime cuál es tu intención, qué es lo que te mueve, cuál es tu pasión… y te diré dónde mira tu alma… aunque tal vez no oigas lo que te gustaría escuchar. Son dos los lugares a los cuales puedes dirigir la mirada del alma, he ahí tu libertad. En primer lugar la mirada del alma está fija en ti mismo. El ego es la primera fuerza que hipnotiza nuestra alma y desde que adquirimos conciencia todo a nuestro alrededor se somete a su disciplina. El otro lugar hacia el cual puede el alma dirigir su mirada es a Dios.

El alma emite una luz portentosa, pero he aquí que de pronto ese rayo de luz se dobla, se arquea sobre sí mismo, y vuelve a la fuente de la que brotó. El alma que debiera ser una lámpara encendida se apaga porque la luz que surge de ella recae sobre ella misma…. no llega a nada ni a nadie, no ilumina. Esto es lo que hace la persona que emprendiendo cualquier acción, o incluso simplemente pensando, todas las intenciones recaen sobre sí mismo. Es la persona que disfruta pensando en lo que tiene, o la que sufre pensando en lo que no tiene. Es la persona que disfruta del bienestar de sentirse contento consigo mismo por cómo es su vida o la que se angustia por lo contrario. Es, a fin de cuentas, la persona que todo lo que emprende, piensa y desea lo hace teniendo como  última instancia su propia conveniencia. Esta forma de ver la vida es universal y caso de que no hayas despertado sincera y completamente al amor, el egoísmo atrapa la luz que emites y la apaga instantáneamente y por completo.

Cuando se descubre el amor todas las intenciones se pretende que sean lo más rectas posibles, es como el rayo de luz que surgiendo de la lámpara llega lo más lejos posible, ilumina. A mayor rectitud de intención, es decir, cuanto más pura y bondadosa es la intención, mayor es la claridad y luminosidad de una persona.  Lo que piensas y emprendes lo haces con el ánimo de contentar al prójimo, bien sea tu pareja, tu familia, tus compañeros de trabajo, conocidos y allegados, y en suma, cualquiera con el que te tropieces, incluso tus enemigos. Procuras que todo sea hecho en busca de la suma bondad, es decir, tu mente, tu corazón, tu palabra… todo, intentas que sea agradable a Dios. En ese deseo o compromiso todo lo que irradias buscas que sea puro… esa es la única luz que puede escapar de la gravedad de tu ego… es la única manera de resplandecer. Es tan sumamente difícil alcanzar esa pureza  que en primer termino basta con intentarlo para empezar a progresar en la vida espiritual. Se es una pequeña luminaria que apenas alumbra.

La diferencia entre un alma apagada y una iluminada es la intención con la que esa alma mantiene su mirada, o bien fija en sí misma y se convierte en una lámpara apagada, o bien, mirando más allá de ella, buscando a Dios, se ilumina porque sus intenciones son como rayos de luz,  no mueren en ella misma, y resplandece.

Tu luz  es la intención que no muere en ti mismo.

¿Y cómo es la luz? Amor, alegría, consuelo, paz, … bondad.

Lucas 11, 33-36: “Nadie pone en oculto la luz encendida, ni debajo del almud, sino en el candelero, para que los que entren vean la luz. La lámpara del cuerpo es el ojo; cuando tu ojo es bueno, también todo tu cuerpo está lleno de luz; pero cuando tu ojo es maligno, también tu cuerpo está en tinieblas. Mira pues, no suceda que la luz que en ti hay sea tinieblas. Así que, si todo tu cuerpo está lleno de luz, no teniendo parte alguna de tinieblas, será todo luminoso, como cuando una lámpara alumbra con su resplandor.”

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